Revista poética Almacén
Colaboraciones

Las prácticas literarias del conflicto

Enrique Falcón
Otros textos de Enrique Falcón


I. LA CULPABILIZACIÓN DE LA CULTURA
(el texto como acción intolerable)

II. DESARROLLO ARGUMENTAL
(estrategias disidentes de acción en grupo)

III. UNA ESTÉTICA DEL DELITO
(algunas estrategias textuales de conflicto)

IV. LA TRAGEDIA, LA CULPA Y EL HUMOR


I
LA CULPABILIZACIÓN DE LA CULTURA
(el texto como acción intolerable)

i) A pesar de estar sometidas a procesos políticos de elisión, sobrevaloración o naturalización, la historia de las producciones culturales es la historia de las ideologías.
ii) La actuación conjunta de todos los mecanismos de construcción textual que intervienen en la escritura literaria conllevan necesariamente la inauguración de una determinada imagen de la realidad, y esta imagen se vuelve solidaria con un determinado posicionamiento ante el mundo: dicho posicionamiento es ideológico, es político. En otras palabras: la literatura no es una estructura inocente.
iii) En la medida en que “la existencia refljada en el signo no tanto se refleja propiamente como se refracta en él” , cada texto realiza un particular gesto ideológico, haciendo de su producción un resultado de facturaciones, selecciones y distorsiones de lo real.
iv) “Toda obra de arte muestra un doble carácter en indisoluble unidad: es expresión de la realidad, pero simultáneamente crea la realidad, una realidad que no existe fuera de la obra o antes de la obra, sino precisamente sólo en la obra.”
v) Así como el decir es, también, una forma de hacer y de presentarse en medio del mundo de una seleccionada manera, el texto resulta ser un lugar desde el que se efectúa una modalidad de acción, ya que se construye como espacio real del que se desatan unas determinadas conformaciones ideológicas y no otras.
vi) A este despliegue del texto en tanto acción hay todavía que sobreponer el conjunto de relaciones que, en términos dialécticos, cada texto mantiene con otros, a lo largo de coordenadas temporales rescatables dogmáticamente en forma de tradiciones de escritura y a lo largo de ubicaciones sociales de producción cultural. Estas relaciones de afrontación, selección mutua y preferencia intertextual son, de este modo, parejas a la confrontación que en una sociedad concreta se establece entre diferentes ideologías, entre diferentes construcciones de lectura, actuación y organización simbólica del mundo.
vii) En el juicio de algunos pensadores contemporáneos, además, el “proyecto cultural” parece haber ocupado el lugar del “proyecto ético” de épocas anteriores. Paradójicamente, a pesar de la actual tendencia a renunciar a los últimos restos del pensamiento en jerarquías, la primacía –en la diferenciación de las subesferas de la sociedad– ya no corresponde a la política, sino en todo caso a la esfera de la cultura (sic ).

* * * * *

Ninguna sociedad es tampoco inocente.


: pluralización del mundo : autonomización de las esferas de la vida : conformación de la estructura ocupacional y de las diferencias de renta como columna vertebral de la estructura de clases : estetización y retoricidad de la pragmática política visible : sustantivación del capitalismo como monopolista y financiero : escepticismo civil ante las grandes causas : descentralización productiva : facturación de la estructura de las relaciones económicas como contrafigura de la coerción ideológica : paso de la sociedad de peligros a la sociedad de riesgos : hiperformalismo democrático : concentración del control y de la propiedad del capital industrial y financiero en manos de pocas empresas : consignación de zonas de marginación y exclusión social y bolsas de pobreza : apariencia de pluralismo en las opciones : integración axiológica y pragmática del proletariado : elevación como paraclase social del nuevo cognitariado técnico : sobreimpacto de la revolución tecnológica sobre el empleo : ideologías de la acumulación : retirada hacia lo privado : ensalzamiento postindustrial del consumo : intercambiabilidad de los individuos : minimización del sujeto : temporalidad de lo presente acelerado efímero : fragmentación del pensamiento : estilización de la vida como obra de arte consumista : sublimación del éxito en aspiración vital : renuncia de la búsqueda de un sentido global y de conceptos integradores sociales : aceptación de lo banal y pesquisa de lo lúdico : trivialidad e imposibilidad de la neutralidad valorativa : antievolucionismo histórico : militarización de la economía y de la sociedad : eurocentrismo descriptivo y defensivo : racionalidad eficacista : desalternatividad de las posibilidades parlamentarias : reactivación de los nuevos movimientos sociales : precarización del empleo : limitación del principio universalizador del estado del bienestar : homogeneización de las ofertas en los mass media : superestructuración del estado como punto coordinador neutral y fluido : deslocalización y desinstitucionalización de la sede soberana del poder : serialización en cadena de redes coorporativas poderosas : N.O.I. (geografía del hambre y de la miseria, endeudamiento acumulado de los países pobres, políticas de ajuste estructural, división internacional del trabajo, clientelismo del liberalismo real, discriminación medioambiental, degradación de los términos del intercambio Norte-Sur, superestructuración dominante de los organismos internacionales de ayuda multilateral, transferencia neta de capitales de Sur a Norte, empobrecimiento progresivo de las masas campesinas, desequilibrio del consumo, proteccionismo económico en el Norte, masivización de las exportaciones de armamento, abismo tecnológico, choque cultural, programación neocolonialista de la ayuda vinculada, saqueo energético y acaparamiento de los recursos, fragmentación de las clases en el Sur, multinacionalización financiera del control, explotación comercial, lógica del lucro, modelo de desarrollo contra el hombre) :

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L
as ideologías determinantes necesitan atravesar el medio cultural para poder reproducirse, pero resultaría ingenuo pensar demasiado rápido en la existencia de dos exclusivas construcciones ideológicas, separadamente compactas y entre sí enfrentadas –una de carácter oficial y otra de carácter alternativo– que pudieran darse en liza en la representación imaginaria de nuestra cultura. La presunta heterogeneidad que determinados análisis (procedentes, por lo general, del pensamiento conservador) de la postmodernidad atribuyen a las “culturas del gusto” y a su multiplicidad genérica, resultaría, desde este otro punto de vista, estar unificada a nivel pragmático en el momento de actuar conjuntamente en la globalidad de los intercambios sociales. La rearticulación del nuevo modelo de los capitalismos avanzados se ha efectuado a expensas de anarquizar –aparentemente– el mercado y el escaparate de las producciones comerciales, enmascarando con ello el conflicto real entre política (y cultura) y economía, más explícito en todo caso en épocas anteriores.
Asumiendo su pertenencia a uno de los bandos que establecen las bases de este conflicto, la ideología que da sentido a este orden (capitalista) de cosas reorganizaría automáticamente dicha anarquización de la oferta cultural. Por ello mismo no conviene olvidar que el llamado capitalismo desorganizado, pese a sus estrategias actuales de descentralización, no deja de ser capitalismo, y capitalismo real. La democratización del arte –supuesta, en todo caso– parece estar consiguientemente descansando sobre una imagen espectacular de destellos que, pese a su diversidad, confluyen en un mismo punto totalizador de intereses: el mercado.
La apariencia de este modelo así descentralizado convive, por lo tanto, con lo efectivo de la existencia de un centro caracterizado, en primer lugar, por negarse a sí mismo su propio estatus de centralidad y, en segundo lugar, por organizar –fielmente a sí mismo– esta descentralización, heredera de la búsqueda de caminos (de expresión literaria, por ejemplo) que había abierto la modernidad. Como ocurría en las antiguas sociedades politeístas, el modelo polimorfo (con su caos aparente y su supuesta oferta libre de posibilidades) es, en realidad, un mensaje, no varios.
Lo que parece autorrepresentarse es, pues, más bien una sola constelación ideológica de estatuto oficial, gestionada desde las funciones de dominancia del control social históricamente dado, y que (esto hay que subrayarlo) acoge en sí misma –absorbiéndoselas y fiscalizándolas– una multitud plural de producciones ideológicas, las cuales mantienen entre sí relaciones, en diverso grado, de variabilidad, oposición o compensación mutua.
De este modo (y por el hecho de formar todas ellas parte de un conjunto organizado y progresivamente hiperflexible), frente a la ilusión de una pluralidad de voces ideológicas divergentes en estado de simultaneidad temporal, habría que afirmar por el contrario la constitución de un modelo cultural imperante donde se autorrepresenta una coralidad sin demasiadas fricciones (a niveles más específicos, Arnold Gehlen llamó a esta coralidad cultural «caos de información ligeramente ordenado»), dotada de matices sobre los que se proyecta el carácter unitario de dicho efecto coral. Éste, además, por ser tranquilizador, se vuelve eficazmente ideológico.
Paradójicamente entonces, la constitución de la imposibilidad de encontrar normas comunes se ampara en la facilidad actual de hacer más común la norma que legitima el orden dado de las cosas. Desde la teoría política, Klaus von Beyme ha advertido así –a la hora de enfrentarse al predominio de los subámbitos culturales en nuestras sociedades– que esta apariencia cultural representa la forma actual de dominación de la economía en la postmodernidad .
Cada producción discursiva (una escritura literaria, en este caso) en situación de emergencia irá históricamente entrando en determinados procesos de asimilación y absorción por parte de esta constelación dominante y en el contexto de lo que Gilles Deleuze ha llamado una “sociedad de control” .
La capacidad de absorción ideológica de dicho modelo es tal que llega a hacerse operativa, en extremo, sobre textos ideológicamente diseñados desde posiciones explícitamente revolucionarias. Este tipo de textos, como mucho, serán capaces de provocar –desde su inicial transgresión– reacciones de rechazo, escándalo o calculada irritación en grupos culturales muy localizados. Pero las propuestas textuales que intentaban en un principio autorrealizarse como “armas cargadas de futuro” quedan, de todos modos, neutralizadas tan pronto son presentadas en sociedad por las plataformas de este poder cultural de apariencia pluriforme, fagocitando así la vocación de aquéllas de actuar como textos socialmente transformadores.


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EL ESPÍRITU DE ESTE ENSAYO, sin embargo, es proponer a debate si es factible pensar y hacer posible, desde estrategias divergentes, la constitución de producciones culturales –en concreto, literarias– que resulten ser inasimilables, intolerables y delictivas para la constelación ideológica que hoy diseñan culturalmente nuestras modernas sociedades de control.
Es decir: proponer unas estrategias tales que resulte decididamente conflictiva (y no interesada para los centros de poder) la posibilidad de que dichas producciones intolerables –mucho más allá de suponer una alternativa “generacional” a las estéticas oficiales contemporáneas– sean realmente integradas en dicha constelación de dominio multiforme. La capacidad de desplegar esta posibilidad reconoce en ella su inacabamiento, negociando en todo caso con la incertidumbre, puesto que el espacio en que ha de moverse es el espacio de la resistencia.


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Para ello, en un primer término resulta conveniente destacar que, en la encrucijada social de estos procesos de absorción de lo disidente, y desde la misma producción literaria de una sociedad, parece alzarse (desvelando la pervivencia de un imperialismo de la individualidad creadora) la cuestión de la “intencionalidad de autor” como mecanismo crítico funcional de poderoso efecto para eludir y anular desde el comienzo el debate ideológico.
El que un autor sea, en cualquier medida, consciente o no consciente de que es un productor de ideología es, en realidad, un fenómeno independiente del irreversible carácter ideológico del texto producido. Incluso un autor intencionalmente comprometido en no querer producir ideología alguna acaba produciéndola, puesto que el tan autoproclamado “fin de las ideologías” constituye hoy, ya de por sí, una constelación ideológica a menudo pertinentemente solidaria con los discursos conservadores de los centros de decisión y poder (caracterizables por la presentación naturalizada de sus respuestas históricas).
De manera inversa, desde el otro polo de la relación “autor-texto-discurso institucional”, éste último vendrá caracterizado por desplegar, como táctica de consenso y de seducción social, la presentación (dentro de las relaciones culturales) de esta supuesta aniquilación de las ideologías como un proceso perfectamente naturalizado (perfectamente explicable por las leyes naturales), sensato y universal. Se elimina así, mediante una cuidada estrategia de ignorancia objetiva para con lo otro, todo posible foco radicalmente alternativo a ese mismo discurso institucional ya dado. Sólo cuando se le haya encontrado a aquel foco de disidencia un uso concreto (una utilidad pragmática en las producciones sociales de cultura) podrá ser tenido en cuenta, para ser absorbido, por las dinámicas de control del paradigma oficial.

...encarnar un modo de pensamiento y de praxis vivos
si intentamos ser tan radicales
como la misma realidad...
El objetivo de inocular en los productores culturales la identificación entre texto desobediente y extravagancia se alcanza, de este modo, con la eficacia social que ofrecen los mismos valores de pragmatismo, 'objetiva' sensatez liberal e integración comunitaria. En las modernas democracias occidentales, donde los discursos institucionales están interiorizados por la población, dicha estrategia de inoculación cultural viene, de modos distintos, acompañada por mecanismos de autocensura localizables ya desde el inicio de los procesos creativos, puesto que siempre resultará más socialmente rentable introducir imperceptiblemente la figura del censor en la del mismo productor de textos.
A la pregunta de cómo funciona literariamente la represión, Wellershoff contestó que «mediante las formas convencionales de escribir: en ellas se reproduce y confirma el mundo como algo ya conocido» . Sin embargo, y reconociendo la funcionalidad de las tareas de reactualización de lo que supone “lo convencional”, la autocensura ha de ir todavía más lejos que eso: segura de la libertad de sus propias opciones, desconoce el mundo ininterrumpido de las posibilidades de escritura.
Por ello mismo (y a diferencia de otras situaciones sociales en que la existencia objetiva de una censura exterior provocaba el desmantelamiento crítico mediante la denuncia, la oposición a veces abierta, del discurso totalitario del poder censor), en las modernas sociedades de control interiorizado la primera rebelión del productor de escrituras habría de ejecutarse como rebelión ante sí mismo, contra ese censor sutilmente asumido y justificado que, en última instancia, ignora paradójicamente la posibilidad y la necesidad de esa misma rebelión.
Fuera ya del mundo de las producciones culturales estrictas, procesos semejantes de indiferencia y supuesto no-alienamiento se dan en otros órdenes de la vida social. Y así, la adecuación positiva del individuo con respecto al doble lenguaje del poder democrático (universalización de la solidaridad y universalización de los mecanismos políticos de desigualdad ) se efectúa a través de un poderoso engranaje de adaptación social de la persona: la autojustificación de su nivel y estilo de vida , cuya identidad simbólica descansa sobre la legitimación de las prácticas del consumo.
Las modernas sociedades occidentales –que se instituyen como verdaderos centros de privilegio y bienestar social– tienen en esta autojustificación su más eficaz arma reguladora de la armonía y de la conservación comunitarias (superactivando el poder de “elaborar” el consenso y poniendo en el lugar de las víctimas al resto de la humanidad).
En este sentido, las formas culturales suministran los materiales para la construcción de subjetividades y la confirmación de un determinado tipo de identidad, señalando y dando sentido a las cosas. El individuo deseará ser marcado por ellas con el fin de lograr su integración .
Paralelamente, los efectos publicitarios, sugestivos e integradores de la industria cultural y de los medios de comunicación de masas (tal como están reglados) convertirán dicha autojustificación individual en un fantasma de apariencia pluralista, libremente elegido o intercambiable y personalmente defendible –saqueando, si es preciso, la dignidad de los débiles. La “teoría del conflicto” desarrollada por John Rex , aunque partía en sociología de lo que parece ser un intercambio social mutuamente beneficioso para las partes, descubrió en esta relación elementos de coerción y explotación que parecen normativos tan sólo porque los oprimidos no tienen poder para hacerles frente.
En tanto la cultura suministra también los principios del movimiento y de la acción individuales, el efecto de repetición sincronizada y homogénea de respuestas ante el mundo por parte de los individuos que conforman una sociedad de control es parejo, así, a la ilusión de originalidad y libertad que cada uno de esos individuos tiene de sí mismo . Dicha ilusión, en el fondo, en poco puede dañar al discurso institucional, ya que el objeto final de esas supuestas libres elecciones personales coincide, simbólicamente y en último término, con el doble lenguaje de aquel discurso. La concepción institucional manejada sobre lo democrático tiene en este fenómeno una teleología funcional que garantiza la conservación de las desigualdades, de la marginación de importantes sectores de la población mundial y, en definitiva, de la injusticia.

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A
nte la amenaza delictiva, perturbadora y rebelde de un supuesto texto poético, las ideologías determinantes de época (caracterizadas por afirmarse como universales y por tener como objeto el hacer invisibles las relaciones de poder de las que ellas mismas forman parte) han mostrado normativamente su eficacia en desplegar, sobre el carácter primario de la producción textual, toda una malla de definiciones contruidas con materiales defensivos de muy rentable efecto: “ejemplaridad”, “subjetividad”, “belleza exquisita”, “emoción”, “sensibilidad inaudita”, “espontaneidad”, “verdad eterna”, “tradición”, “hondura del corazón”, “personalidad compacta creadora”... Wellershoff calificó de “platonismo secreto” a la tendencia de abstracción –en la crítica y la historia literarias– de producir lugares comunes cómodos y encerrar así la experiencia en su modelo institucionalizado.
En el caso concreto de la poesía española en castellano, la tarea de revisión actualizada de esta malla de apriorismos ha sido históricamente asumida –desde mediados de los años ‘80– por las poéticas, la logística de grupo y la crítica oficial de la etiquetada poesía «de la experiencia», llamada desde entonces a capitalizar fiscalmente importantes y estratégicos sectores de poder cultural.
En sus sucesivos análisis de desmantelamiento, el equipo “Alicia bajo Cero” ya ha descrito con suficiente valentía crítica las bases y premisas ideológicas de esta toma de poder cultural protagonizada por el ramificado discurso de la poesía de la experiencia y sus consignas. Desde postulados que responden a una posición que se quiere no sólo crítica, sino conscientemente parcial y militante (y que, además, pretenden ser una forma de acción transformadora), el criterio que da coherencia a las conclusiones de este equipo es “literario” en sentido estricto, es decir –tal como al menos se afirmó desde sus comienzos–, fundamentalmente pragmático, después de haberse dejado guiar por un proyecto de comparatismo crítico entre los diversos niveles de representación sociopolítica, económica, cultural e ideológica.

«no queremos que nos dejéis jugar en paz»–
Con el fin de presentar este proceso de denuncia iniciado por “Alicia bajo Cero”, ofrezco –dado su radical interés– de manera enumerada las premisas, denunciadas por este proyecto crítico, desde las cuales se han ido institucionalizando históricamente en estos últimos años las poéticas, las producciones textuales y las publicaciones de la historiografía y de la crítica literarias de la llamada poesía de la “experiencia”:
1) Imposibilitación de todo acto de lectura abierto y cuestionador de los textos, destituyendo la reconstrucción del texto desde su recepción, elogiándose críticamente el borrado de la constructividad poemática y atribuyendo dogmáticamente una esencia a lo literario.
2) Organización (partiendo de los modelos más básicos de la ideología de la objetividad) de una apropiación totalitaria de la verdad y de la naturaleza de la “poesía misma”.
3) Creación, a través de dinámicas naturalizadoras (propias del discurso del poder en su proceso de reproducción ideológica), de la ilusión de universalidad de principios normativos, los cuales se autorrepresentan desde bases de carácter esencialista y eternalista (ocultando por consiguiente las motivaciones ideológicas del discurso publicitador desplegado).
4) Institucionalización de la factura de un dialecto crítico tan especializado como vacío de significación (términos agujero, objetos conceptuales no identificados, etiquetaciones gratuitas propias del discurso del consumo, dados por supuesto, mensajes y lecturas acríticas, botes de humo epistemológicos, etc.) con el que poder legitimar el apriorismo como herramienta de clasificación y definición críticas.
5) Adecuación simbólica de la supuesta naturaleza de lo democrático con la supuesta naturaleza de una determinada poesía (la promocionada), a partir de una visión de los procesos que parece negar automáticamente la dialéctica y las posibilidades de cambio y de imprevisibilidad históricos.
6) Identificación intencional del autor con el sujeto poético, privilegiando (además del primero sobre el segundo) lo extratextual indiscutible con lo textual discutible, y legitimando así la primacía del querer-decir sobre el decir.
7) Negación totalitaria de la problematicidad de los textos literarios, al tiempo que se adjudican conceptos de lucidez, emoción, utilidad, verosimilitud, claridad, transparencia y sensatez a las prácticas de esta poesía publicitada.
8) Despliegue conceptual organizadoramente idealista y totalizador, con el que permitir diseñar cuidadas técnicas de amedrentamiento hacia lo otro (de desprecio, anulación y desplazamiento de otras determinadas modelizaciones de escritura literaria) y consiguiendo ocultar la posibilidad misma de discursos alternativos.
9) Cálculo premeditado de actitudes receptivas acomodaticias, las cuales exigen una voyeurización pasiva del lector (al cual no le cabe plantearse siquiera las posibilidades de construcción alternativas del texto).
10) Rechazo insistente de las producciones de escritura “de vanguardia”, reduciéndolas a una simplificada anécdota histórica, evadida, extravagante y secundaria.
11) Legitimación de los resultados de una crítica que se quiere presentar al menos parcialmente no-ideológica, instaurándose así en calidad de “teoría como medio de control” y como exposición publicitaria de las versiones ideológicamente establecidas de la realidad –la cual, por último, es capitalizada.
12) Negación, también crítica, de la reorganización dialéctica y móvil de la historia, alzando paralelamente el esencialismo de una supuesta única tradición poética con mitificantes ambiciones de eternidad e inmovilismo (reforzando así la ordenación del mundo instituida).
13) Promoción de textos que ideológicamente se construyen desde premisas de signo narcisista, indiferentista, totalitario e idealista, y que, en consecuencia, se orientan hacia toda una ideología conservadora de la aceptación, la cual resulta ser perfectamente asimilable al discurso político institucional (caracterizable por la afirmación ensimismada del sujeto y de la no-tensión, de la aceptación acrítica del mundo en que éste se instala).

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“Nosotros, sin embargo, despreciamos el poder.
No somos poderosos, nos aseguramos mutuamente.
Sin Poder, nos complace la impotencia.
No queremos el poder; pero él nos tiene.”

–Günter Grass, Interrogado–

C
ontrolado de esta manera el posible efecto perturbador del lenguaje poético en una constelación (que lo es también educacional) de definiciones absolutas, el poema ha quedado maniatado en el reverenciado templo de una mayusculizada Poesía donde el delito que planeaba el texto se vuelve ineficaz y lo intolerable, aceptado. En este sentido, si es posible pensar el carácter conflictivo de la escritura poética, habría de ser posible también reclamar que al poeta (como, por lo general, a cualquier productor de discurso) no se le debe perdonar o disculpar, en modo alguno, casi nada: la reconstrucción de una crítica insumisa a la institución literatura ha de contar por ello con la desentronización del artista para poder declararlo –definitivamente– productor, mediocre y culpable, ya que ningún texto suyo ha de ser inocente.
Sin embargo, las poéticas que desde mediados de los ‘80 se han vuelto dominantes parecen exclusivamente querer negar la presunción de inocencia (en la que paradójicamente creen) sobre aquellas otras producciones literarias que supuestamente perseveran, de un modo u otro, en cuestionar las legitimaciones objetivistas del poder. El reconocimiento –por parte de las dinámicas neutralizadoras de este poder cultural– de la “anecdótica” culpabilidad del texto da lugar entonces, en manos de quien domina y de quien acota la realidad, el uso de lo supuestamente extraviado, de lo supuestamente desviado y de lo supuestamente evadido, como arma ideológica de gran alcance.
Teniendo casi todas las palabras dueño, el propietario del concepto “evasión” –aplicado, en forma de anatema, sobre la mayoría de estas otras producciones culturales– resulta ser siempre, de uno u otro modo, el propietario también de la realidad; es decir, toda manifestación histórica de la “ideología de la objetividad” desde la que se determina dogmáticamente cuál es la realidad de la que esas “otras” producciones culturales supuestamente se evaden. La vigilancia que las modernas sociedades de control (y en esto parecen coincidir los discursos neoconservadores, liberales y socialdemócratas) ejercen sobre la cultura afrenta así, con el nombre de “evasión” (y sus sustitutivos ideológicos: radicalismo juvenil, irrealismo, desmesura, inexperencia, extravagancia, utopismo, marginalidad, solipsismo, actitud ingenua...), a las posibles estrategias de disidencia cultural, desobediencia y crítica radical alternativa –a las que se juzgará, además, de irrealistas, pues el acotamiento del concepto ‘realidad’ conlleva igualmente el control del uso del de ‘realismo’.
Así lo hará hasta poder darles alguna aplicación concreta y práctica, tal como actúa –según veremos– el paradigma cultural de la utilidad del texto. En este sentido, los capitalismos avanzados han demostrado una eficacia de absorción tan poderosa que la sola asimilación comercial (a través de premios, editoriales prestigiosas, antologación de corrientes, labor crítica institucionalizada...) de textos en origen disidentes ha absorbido, parejamente, su radical amenaza de textos delictivos, críticos e intolerables. La industrialización del texto, como libro o como segmento encuadrado de una oficial historia literaria, es también la reproducción de una intolerabilidad comprada, muerta y legalmente vendida.
El texto será, a lo largo de operaciones cerradas de utilización, becado, explicado, picado, reseñado, publicado, dedicado, criticado, comprado, traducido, premiado, fotocopiado, historiado, corregido, maquetado, expuesto, prologado, televisado, exportado, distribuido, homenajeado, enseñado, aplaudido, investigado, comentado, bibliotecado, vendido, versionado, prosificado, citado, impreso, catalogado, depositado, adaptado, anotado, recomendado, declarado, reproducido, clasificado, influido, glosado, remunerado, contratado, musicado, estudiado, consumido, facsimilado, enmarcado, memorizado, reducido, antologado, subvencionado, y/o firmado. Un cromo de serie.
Hace poco, el señor Günter Grass denunciaba públicamente las tendencias culturales más contemporáneas de situar lo secundario del uso cultural por delante de lo primario del texto, mediante la insistente autoproclamación parasitaria de las etiquetas que la crítica, por ejemplo, construye (con el fin de autorrepresentarse dictatorialmente) desde la utilización oficial de los propios textos. Décadas atrás, uno de los hijos del personalismo comunitario de Mounier había declarado:
«El capitalismo está en vías de domesticar una de las fuerzas que parecían escapar a su poder: la de los intelectuales protestatarios. (...) La democratización marcha, en esto, en el sentido del “orden” y de la compulsión: el desarrollo de las técnicas de expresión les hace pasar por el aro del Estado o de las potencias del dinero. (...)
»Establecido el reinado del productor, ¿qué lugar deja a las fuerzas de protesta, de rebeldía, de utopía, es decir, a todos aquellos que desordenan el trabajo? Asalariado, encuadrado, agobiado de premios y de condecoraciones como un majadero electoral, el intelectual da ante ustedes la vuelta de honor. Nadie tiene ahora nada que temer.»
Quien así hablaba, Jean-Marie Doménach.


los que pueden herir no salen;
los que salen, no pueden herir (A.S.)–

E
n contextos culturales como el así descrito, la eficacia disidente de una producción literaria construida desde la intolerabilidad del texto resultaría decidirse –y ésta es su tragedia, como también su reto– en que la voz activa del “poner en conflicto” (paradigma cultural de la acción del texto) fuera todavía más poderosas, fuera todavía más intolerable, ante tanto participio pasivo (paradigma cultural de la utilización del texto). Dicho con otras palabras: el gran hallazgo de una cultura radicalmente crítica será el saber sobreponer la apertura indomable de sentidos y el carácter específico del decir como forma de acción, sobre cualquier otra fuerza de reproducción cerrada y de asimilación comercial, ideológicamente tranquilizadora y socialmente rentable para los centros de poder políticos y económicos.
Se inicia, así, la búsqueda histórica, por parte del texto conflictivo, de introducir impunemente su inaceptable espacio genético –lo intranquilizador e inasimilable de sus puntos de partida– en la materialidad final de intercambios sociales en que resolutoriamente se va a conformar su uso.
Puesto que un texto no publicado (en el sentido etimológico del concepto ‘publicar’) es un texto que no existe , necesita entrar en las dinámicas de distribución y acogida que conforman lo que antes llamé “paradigma cultural de la utilización del texto”. Pero –de nuevo el reto– su específico carácter de artefacto en acción crítica debe saber desplegar, contra todo descanso, un efecto demoledor de resistencia una vez ingresado en este paradigma de los usos, haciendo así inútiles las dinámicas de control y de pacificación de éstos. Es decir, que frente a la actual configuración de una cultura de uso que ideológicamente devora la amenaza disidente del actuar del texto, es necesario desplegar con todo descaro una articulada red en paralelo donde al “paradigma de la acción del texto” no le pueda estorbar en modo alguno las necesidades del paradigma de su utilización e intercambio social controlado.
Las plataformas de orientación distributiva y difusora creadas desde dicha red cultural paralela deberían, asimismo, ser –en un proceso ininterrumpido de autoevaluación crítica– regularmente desmanteladas y abandonadas con el fin de evitar su paulatina constitución como nuevas plataformas de poder institucional y como nuevos posibles espacios para el privilegio del uso sobre la acción (o, a otro nivel, de lo secundario sobre lo primario, en términos de Grass).
Por otra parte, mientras dicha red cultural articulada desde estructuras regularmente plegables y desplegables no llegue a configurarse como verdadera –y peligrosa– alternativa a la constelación cultural del uso de la absorción, no le quedará más remedio que autoconsiderarse “marginal”, aunque no sea ésta su vocación primera (salvo la de optar por los que fueron desplazados a los márgenes de todo). En el imaginario axiológico del actual modelo social –donde cuenta más el éxito y la efectividad de los enunciados en el intercambio de las producciones de cultura–, la acción de las prácticas literarias del conflicto se dirige, más que al éxito, al testimonio, y es en la explicitación radical de éste donde parece incumbir la maniobra de su propia conflictividad.
Entre tanto, la función histórica del discurso intolerable y delictivo –que, repito, ha de nutrir y expresarse, en su más plena coherencia, en el paradigma de la acción– será ir puntualmente entrando (para inmediatamente después abandonarlas, en una particular estrategia de deserción y menosprecio) en aquellas redes controladas por el poder cultural, con el fin de ir dejando tras de sí, y en ellas, tanto las larvas críticas de su acción disidente como la insobornabilidad de su testimonio. Las relaciones de las escrituras conflictivas con la institución se reconocen, así, en la ingratitud del acto de la deserción, en el ingreso –terrorista y repentino– de su propia existencia y de sus mensajes de denuncia (procedentes de la acción cultural de base de donde prende su sentido crítico) y en el rechazo a las posibilidades de adopción oficial de la lógica indomable de su acción discursiva.
Dicha estrategia confirmaría, de este modo, su más firme oposición a las políticas de subvención cultural, diseñadas por las instituciones de nuestras modernas sociedades de control, y que vienen a reconocer –desde el lado de los productores culturales– la autojustificada dependencia de éstos (económica y simbólica) con respecto a aquellas políticas de subvención.
Este modelo de actuación mediadora y conflictiva conseguirá (de poder realizarse desde las estrategias antes descritas) despegarse tanto del modelo desertivo propio de lo meramente automarginal, como del modelo de dependencias que suelen crearse con respecto a las actuales culturas de subvención y asimilación institucional. En este sentido, el proyecto de la Unión de Escritores del País Valenciano manifestó ya en 1993 la necesidad de desplegar estrategias de “acción social conectada” desde las cuales
«participar [de un lado] en la articulación de los puntos de descontento social que, si bien obviamente existen, se encuentran considerablemente disgregados y, de otro, conjugar esta acción social conectada con una acción reivindicativa y de debate en el seno de las instituciones, con el objetivo de impulsar una corriente de tensión reconstructiva –es decir, destructiva / constructiva (...)

* * * * *
La palabra disidente que pronuncia el texto no es, desde luego, una norma paralela a la palabra oficial que le amenaza: no puede destruirla, puesto que está al margen; –su paradoja es la de no poder ser dicha con efectividad pública y social. De ahí se deriva la ineficacia del texto literario disidente en tanto agente único de transformación, ya que sólo puede dar nombre, formular y sobre todo acompañar procesos sociales de acción política (siendo éstos los únicos dotados de potencial transformador, y cada vez más desplazados hacia el Sur). Por ello mismo, creo que es imprescindible afirmar la necesidad de todas aquellas estrategias que sean posibles de autorrepresentarse como interventoras materiales de militancia y que –respaldando los procesos de construcción de textos intolerables– se conformen desde dinámicas de acción en grupo y desde la coordinación colectiva de nuevas maneras críticas de participar en el mundo.

II
DESARROLLO ARGUMENTAL
(estrategias disidentes de acción en grupo)


E
n enero de 1993, y en el marco de un congreso nacional sobre literatura y crítica en la década de los ‘90, es leído públicamente un texto que –firmado por una quincena de jóvenes autores– reproduce globalmente el ánimo de agitación cultural que venía sacudiendo desde hacía meses determinados ámbitos sociales en la ciudad de Valencia:
«Ante todo hay que señalar que constatamos desde un principio asumir no pertenecer –ni querer hacerlo– a un determinado grupo generacional o estético. Sin embargo, empezamos también al mismo tiempo a constatar cierto acuerdo en torno a posiciones que, más allá de lo estrictamente literario, nos ubican –también dentro de la literatura– ideológica y políticamente. No quisiéramos que las reflexiones que ahora os comunicamos fueran interpretadas como un producto de planteamientos dogmáticos: quieren ser más un punto de partida que uno de llegada, es decir, una invitación al diálogo y al debate. De este modo el texto debería completarse con vuestra actitud ante el mismo.
Los representantes de esta reflexión no somos propiamente los componentes de esta mesa; creemos transmitir lo que son las reflexiones de las personas que, de hecho, las suscriben. Nos situamos en un lugar paradójico en el que sostenemos distintas propuestas y, a la vez, una propuesta común. Creemos en la existencia de un territorio que no es de nadie y que, precisamente por ello, puede llegar a ser de todos.
Entendemos que la escritura es política. Y así, nos oponemos a determinadas estéticas aceptables, y aceptadas, por el poder institucional cuyo fin consiste en enmascarar las situaciones –ineludibles– de conflicto. Ante las dinámicas de oficialización de determinadas estéticas, y no otras, queremos mantener una posición crítica, especialmente ante aquellas que sirven para legitimar ciertas formas de poder, en este caso de la cultura establecida. Hay que añadir a esto que urge, desde nuestro punto de vista, plantear esta postura desde un continuo estado de revisión y, sobre todo, de autocrítica.
Defendemos tanto el texto intolerable como la tensión “unidad / diversidad”, por lo que dicha tensión tiene de inaceptable para cualquier dinámica de control. Asumimos posiciones ideológicas explícitamente radicales en tanto procuramos que nos importe más el hacer sobre el decir , sin perder de vista que decir es también hacer y que, por tanto, nuestras escrituras se quieren asimismo, y sobre todo, acción. Dicho proyecto es igualmente global, vertebra y quiere empapar toda una praxis de vida, y no sólo lo que particularmente sería una declaración de acto de salón o de congreso.
La transformación a la que apuntamos no afecta tanto a la de ciertas estructuras, que también, como a la de las premisas y presupuestos que las generan; esto es, y desgraciadamente entre otras, el individualismo, el utilitarismo de la razón instrumental, el estatuto formal de nuestras democracias, la dinámica expositiva de una cultura insolidariamente europeísta, la marginación estructural de importantes sectores de la población, la homogeneizadora (de)generación de la realidad por parte de la comunicación de masas y por la industrialización de la cultura, los efectos paralizantes del discurso progresista y socialdemócrata, etc.
A pesar de que somos conscientes de la existencia de un determinado interés político y económico por reducir a términos de ingenuidad lo aquí planteado, señalaríamos, de aceptar antecedentes, a aquellos que de un modo u otro plantearon un proyecto revolucionario, no violento, pero sí agresivo. En tanto previa a esta tarea constructiva, constatamos la necesidad de una destrucción.
Por ir finalizando, quedaría sólo añadir nuestro rechazo del “aplauso” por lo que éste tiene de capacidad para convertir este espacio en espacio del espectáculo y de la actuación, y no tanto de la acción, que, como ya se ha sugerido, queremos sea nuestro más inmediato horizonte.»
Justo un mes después –y continuando dicho ánimo– aparecería un manifiesto colectivo (esta vez en el contexto de un encuentro internacional de escritores peninsulares y latinoamericanos) firmado por trece autores (entre ellos se repetían algunos nombres implicados en el anterior):
«Ante los efectos paralizantes del discurso progresista socialdemócrata, donde la “muerte de las ideologías” sólo beneficia a la hoy hegemónica, es decir, al capitalismo internacional, y ante la evidencia histórica de que a tal situación contribuye tanto el insolidario europeismo del gobierno español y portugués como las democracias formales generalizadas aquí y en América Latina, constatamos la urgente necesidad de reconstrucción de una cultura radical de izquierdas que permita articular el descontento político, social y cultural que hoy se halla disgregado en nuestros países.
Consideramos que nuestro compromiso con la sociedad de la que formamos parte puede plantearse desde tres horizontes o niveles de propuesta:
a) como ciudadanos que viven, trabajan y se comunican en contextos cotidianos concretos;
b) como escritores que buscan en el terreno de la escritura personal orientar libremente su práctica discursiva hacia una relación dialéctica, no tranquilizadora, con los discursos propios de la realidad establecida; y
c) como portadores de un saber que puede ser puesto al servicio de prácticas colectivas (p. ej.: asociacionismo como acción crítica de grupo, dinámicas de taller literario...) preferentemente en los márgenes de los centros de poder: zonas de pobreza, minorías étnicas, perseguidos políticos...
Tales opciones no sólo no son excluyentes sino que se complementan en cuanto todas resultan necesarias. Sólo así el compromiso puede dejar de ser abstracto e idealista para empezar a hacerse concreto, y quizá en esto radique su más importante valor subversivo.»
Al mes siguiente, después de haber sido largamente discutido a lo largo de sucesivas asambleas, es expuesto de manera pública, y a propósito de unos debates sobre modelos políticos y culturales contemporáneos, una primera formulación ideológicamente articulada de acción crítica colectiva: Cultura y Revolución: el proyecto Unión de Escritores del País Valenciano .
Los análisis y propuestas de este proyecto –que lo es civil y cultural– tienen entonces la validez de articular un determinado pensamiento crítico ante los paradigmas culturales de nuestra modelización social y de, conjuntamente, servir de línea de actuación colectiva para la ya renovada Unión de Escritores (UEPV) que, en el 21 de enero de 1994, afirmará “su personalidad como grupo asambleario de acción transformadora”. Por otra parte, esta doble validez de lo allí expuesto alejaba a un grupo concreto de productores con respecto a aquellas opciones gremiales y autopromocionadoras que habían ido apareciendo con el objeto de disgregar cualquier foco de disidencia cultural y de acercamiento a la llamada cuestión social de base.
En este sentido, creo que es fundamental –y fundamentalmente honesto, en particular– que de las propuestas entonces lanzadas desde la UEPV se dedujera, como allí mismo se insistía, no tanto un modelo cultural vertical y prejuiciado al que tuvieran que amoldarse las prácticas, como un proyecto horizontal de acción en continua revisión y autocrítica, en continua gestación hacia el futuro.
Cultura y Revolución comenzaba, así, subrayando «la importancia crucial del discurso como mediador compartido entre sujetos y entre éstos y el mundo para todo conocimiento y toda acción», posibilitando desde ahí la asunción de «las responsabilidades comunicativas, cognitivas, ideológicas que este trabajo [el de concebir la escritura como producción de discurso] implica en cada sociedad».
Después de desmantelar críticamente tanto las dinámicas de control y pacificación como las maneras totalitarias de proceder con la cultura por parte de las estrategias de poder institucional , se presentaba –esquemáticamente– la identidad ideológica de un asociacionismo contemplado como, precisamente, acción crítica de grupo:
«Frente al individualismo y al asociacionismo como plataforma para la defensa y/o el lanzamiento de individualidades, concebimos el asociacionismo como acción de grupo.
Frente a la hegemónica configuración de élites, manejamos un modelo de acción en tanto apertura a la acción de otros grupos o movimientos sociales.
Frente a las estrategias de acción conservadoras, nos proponemos una línea de acción crítica que busca colaborar preferentemente con aquellos individuos y grupos ubicados en los márgenes de los centros institucionales de poder.
(...) Somos conscientes de que dicho proyecto general subraya su carácter de denuncia de los límites y las limitaciones de lo ya instituido, de que este proceso, en cuanto busca transformar su entorno, ha de transformarnos también a nosotros mismos, aunque todo balance futuro de éxitos y fracasos deberá evaluarse en cualquier caso partiendo de los posibles cambios producidos fuera, más allá de nuestro colectivo.»
Nos encontramos, pues, con una muy particular ubicación dentro de las modelizaciones posibles de producción cultural colectiva, ya que se pretende aquí asumir, inauditamente, su centro y razón de ser desde fronteras supuestamente (habitualmente) “exteriores” –la continua conexión entre literatura, cultura y sociedad– y desde una opción preferencial por los vencidos.
Desde dicha ubicación –que, insistamos en ello, ni es generacional, ni de capillismo literario, ni de una presunta estética común, sino una posición conscientemente política, conscientemente civil– ha de desprenderse, en consecuencia, una crítica de modelos. En este sentido (e incorporando asimismo tareas funcionales de autocrítica), los autores de Cultura y Revolución se manifiestan de un modo implacable:
«Para el asociacionismo literario contemplamos, en definitiva, tres posibilidades de organización, entre las cuales estamos en condiciones de asumir la segunda como propia en el momento presente:
a) De circuito cerrado (cuyas inquietudes o actividades vendrían a ser los servicios de información y contacto entre sus miembros, publicación mutua, autopromoción...). Sus más palpables riesgos serían el corporativismo y la desconexión social. Su primordial ocupación sería la cantidad de socios, la lujosa calidad de éstos y la gestión de cuotas e ingresos. Más que alterar o cuestionar los diversos poderes culturales y políticos, intenta con ellos una alianza lo más firme posible.
b) De circuito abierto (puesta en contacto de las instituciones literatura y cultura con la cuestión social de base, participación del escritor en los fenómenos sociopolíticos y culturales de su entorno...). Sus peligros pasan por el sectarismo político y la marginalidad ineficaz respecto a los principales núcleos de poder. Su principal objetivo es el diseño de un proyecto de acción común. Procura poner en cuestión las dinámicas institucionales de poder cultural, político y económico desde posiciones críticas independientes y una perspectiva de miltancia ideológica y práctica en colaboración con otras plataformas sociales.
c) Sindical (reivindicación de la dignidad del escritor en tanto profesional parte de un sistema económico de mercado: ...). Admite dos posibles realizaciones: una, bajo la forma de asociación de escritores autónoma, sobre la premisa de concebir al escritor como profesión especialmente separada de otros trabajos y la posible consecuente insolidaridad con respecto a otras ramas de trabajadores; y otra, como asociación integrada en movimientos sindicales generales donde los escritores constituyen una rama más en un sindicato de trabajadores fundado en un proyecto político común».
Hemos de tener en cuenta que la asunción por parte de la Unión del modelo de “circuito abierto” fue acompañada exteriormente por reacciones ajenas que señalaban esta asunción como propia de una supuesta ala de extremaizquierda en el abanico de las asociaciones literarias en España. Y así, frente a tal uso de etiquetados, en sus últimas palabras el texto había de reconocer que
«(...) entendiendo por revolución una transformación radical y no violenta de la sociedad actual, sería un error olvidar que constituimos una sociedad de múltiples piezas y sobre todo de múltiples relaciones, y que piezas y relaciones cambian rápidamente. El conocimiento abierto de esta complejidad se nos ofrece como requisito fundamental para una conducta y un ánimo mínimamente coherentes y mínimamente efectivos»
y, finalmente, que por ello resultaba preciso
«distinguir el optimismo de la esperanza: el optimismo piensa que las cosas irán bien por sí mismas; la esperanza cree que vale la pena luchar por ciertos valores».


* * * * *
Q
uisiera, por un lado, obviar en este ensayo las iniciativas tomadas desde entonces por la Unión de Escritores de colaboración con nuevos movimientos sociales y plataformas críticas de base de la sociedad civil, la renuncia a crear instituciones editoriales de autopromoción generacional (y la consiguiente opción por líneas editoriales alternativas de carácter disidente), la labor de denuncia política ante los respectivos gobiernos de violaciones de los derechos humanos, la insistencia en profundizar en las producciones marginales e interdisciplinares de lo literario, las propuestas de creación de un debate público sobre modelos culturales y políticos, la factura creativa de actos fundamentados en criterios de participación real y de pérdida dialéctica de distancias, así como la interactuación con sectores públicos que no suelen acceder a los circuitos normalizados de difusión literaria. Creo que, antes de poder describir lo que está siendo en concreto toda una serie de intervenciones en los intercambios civiles, es preferible resaltar entre ellas, con más detenimiento y a modo de ejemplo, una en particular: la de los talleres de escritura.
Tanto los Talleres de Animación a la Escritura Creativa (TAEC) como los de Iniciación a las Escrituras de Vanguardia (TIEV) propuestos y diseñados por la UEPV tienen por objetivo general el devolver a la literatura su arrebatado carácter de bien común, subrayando su potencial accesibilidad.
En este sentido fueron fundamentales los contactos mantenidos por la Unión con los coordinadores de los Talleres Literarios de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, así como con las experiencias de animación literaria en determinadas penitenciarías de Chile. En ambos casos, la creación de textos era orientada parejamente a proyectos históricos de acción política (en el caso argentino) o de explicitación crítica de situaciones sociales desestructuradas (en el caso chileno).
Los talleres del proyecto unionista tienen por otra parte una dimensión compensatoria ante lo que –en términos de conocimiento crítico de los lenguajes– ofrecen en realidad las políticas educativas en las sociedades de control . Siendo consciente de que quien puede desentrañar las operaciones simbólicas, presuposicionales y pragmáticas del lenguaje puede desentrañar asimismo las modelizaciones políticas del mundo, el sistema educativo actual ha querido caracterizarse por desplazar políticamente el aprendizaje crítico de los mecanismos de producción lingüística (y, por lo general, semiótica) de aquellos estratos educativos que –por orden legislativa regular– son universales y gratuitos. Se consigue reservar, así, dicho aprendizaje crítico para los estadios superiores del currículo educativo (de alumnado minoriatario y seleccionado ), manteniendo con esta medida a la mayor parte de la población en situaciones de analfabetización secundaria y de consumo acrítico ante las producciones sociales semiológicas (especialmente las literarias, las publicitarias, las audiovisuales y las del discurso político institucional y administrativo).
En la medida en que estos talleres literarios preferencialmente se dirigen –organizándose con asociaciones civiles de base– a capas desfavorecidas de la población (donde se detectan con mayor inmediatez los procesos de expulsión del sistema educativo reglado), el trabajo de conocimiento, desmantelamiento y manipulación sobre elementos constructivos del lenguaje pretende compensar una deficiencia en el aprendizaje, la cual, en primera instancia, no hace sino favorecer al discurso institucional –que, recordemos, es el mismo que programa la política educativa reglada de esta población.
Además, como igualmente ha señalado Antonio Méndez Rubio recientemente,
«el potencial revolucionario del dar iniciativa que comportan [estos talleres de escritura] se desprende, por una parte, de su impulso de la motivación y el sentido reflexivo en el trabajo literario, así como, por otra, de su experiencia extrema de pérdida del aura, de la presunta autoridad del arte, triturada a manos de una práctica compartida.»


* * * * *
“que tu mano no sepa lo que hace la otra”;
nosotros decimos todo lo contrario:
no empiece a actuar la segunda
si no ha empezado a moverse la primera–
U
no de los más serios debates internos en la dinámica asamblearia de la Unión quedó centrado, en 1995, en las consecuencias de la adopción del modelo «de acción social conectada» tal como en páginas atrás ha sido descrito. La cuestión de las “dos manos” parecía estar colectivamente asumida, en tanto proyecto de encarnación en las prácticas civiles de base, por un lado, y de intervención crítica en las instituciones, por otro. Lo que no quedaba tan clara era la identidad de la acción de esta ‘segunda mano’ –la relacionada con el mundo polimórfico de las instituciones culturales–, así como la naturaleza variable de sus estrategias tácticas. La segunda mano, en el ámbito de lo institucional, tanto podía acariciar como hacer cosquillas molestas, tanto exigir subvenciones como abofetear, tando pedir limosna como denunciar con el dedo.
La capacidad de maniobra de acción en la segunda mano parece depender, en todo caso, de cómo se relacione con la legitimidad del poder y la disponibilidad de sus recursos. Una de las soluciones del dilema era, así, mentir al primero y apropiarse de los segundos con el fin de canalizar recursos e infraestructuras culturales a iniciativas de acción y dinamización sociales tradicionalmente marginadas o simplemente no interesadas para los modelos institucionales de la cultura dominante. Una vez revelada la mentira, esta estrategia –por supuesto– no podía ser utilizada de nuevo ante la misma institución.
En otros casos, se defendía la legitimidad de la estrategia de no desplegar tácticas de engaño, y exigir más bien a las instituciones culturales (sobre todo, a las públicas) la retribución de los recursos recabados fiscalmente a la población hacia iniciativas culturales dinámicas y beneficiosas para el bien común. En dichas circunstancias, la táctica reivindicativa se fundamentaría más en la presión civil, pero su resolución positiva dejaría intacto el problema de la desactivación de lo conflictivo de las propuestas ideológicas que soportarían las iniciativas culturales exigidas: lo que se pretendía disidente podía, paradójicamente, quedar apadrinado por las mismas dinámicas del control social.
Más allá de la resolución de las decisiones programáticas de la acción de los grupos culturales disidentes, el debate se extiende de inmediato a los modos de actuación de dichos grupos una vez puntualmente presentes en plataformas que actúen oficialmente en otros ódenes de la vida cultural. Para estos casos, la solución táctica parece mediar entre dos posibilidades: (a) la obligación de llevar con dicha instalación la denuncia de los procesos oficiales de pacificación sociocultural, así como la transmisión de la situación y la causa de los sectores de la población más desfavorecidos, y (b) la conversión de ese espacio institucionalizado en espacio conflictivo, incómodo para sus propios organizadores y destruido en su primera intencionalidad protectora, unilateral u oficializante.
En otros extremos, la vía definitiva de este ingreso crítico y desinstitucionalizador sólo podría ser el rechazo explícito de las reglas del juego (las establecidas por el poder cultural de manera naturalizada y, a simple vista, supuestamente neutral o acrítica). En el caso de tener que llegar a él, este rechazo habría de explicitarse definitivamente, no desde la lejanía inoperante de los márgenes, sino en el propio terreno de juego desplegado por la institución, con el fin de dinamitar y poner en cuestión, así, el carácter pacificador de las premisas operativas de aquél. A este nivel de las estrategias, quedaría todavía la posibilidad de la desobediencia civil en el sentido de tener que responder activamente desde lo no esperable (y en determinadas ocasiones, desde lo no permitido) por parte de las instituciones de cultura. La referencia de las estrategias de insumisión desarrolladas en los últimos años por el movimiento antimilitarista nos es, en este sentido, más que cercana para la posibilidad de ejercer en el momento oportuno un gesto ideológico de no-colaboración –individual o colectivo– como éste.
Como puede observarse, ninguna de las tácticas descritas quiere adscribirse a una presunta actuación en los márgenes. Lejos del modelo desertivo que ofrece lo (auto)marginal, revelan por el contrario la necesidad de ser efectivamente visibles y materialmente existentes.
El modo de exponer estas reflexiones pretende apuntar, por tanto, a un conjunto de estrategias culturales colectivas de resistencia (acción social conectada. apropiación de recursos por el engaño, presión civil reivindicativa de recursos, denuncia de los procesos oficiales de pacificación, tratamiento desestabilizador de los espacios institucionales, rechazo explícito de las reglas del juego, gestos ideológicos de no-colaboración y desobediencia civil...) donde se hace posible amalgamar la productividad cultural creativa, el estilo de vida y lo estrictamente político. A mi juicio, dicho comportamiento no puede pensarse ajenamente a las prácticas ideológicas y militantes encarnadas en los nuevos movimientos sociales (NMS).
Los llamados NMS han sido en diversas ocasiones caracterizados por el universalismo, la participación orientada al servicio de intereses precisos, la autogeneración en movimiento, la afectividad dinámica, la anti-institucionalización, la iniciativa ‘desde abajo’, la impregnación del mundo de la vida, el antiteleologismo histórico y la durabilidad efímera. Marcados por una macrocaracterística que les es propia –la discontinuidad– y a pesar de no atacar directamente al núcleo material (económico) de nuestras sociedades, sí parecen estar haciéndolo contra los presupuestos culturales dirigentes y sus efectos en las relaciones de dominación, y es en esto donde los Nuevos Movimientos Sociales deberían ser contemplados como punto de referencia (y no sólo de coordinación) para la identidad de los proyectos culturales de los colectivos disidentes de los que parecen estar encargándose estas líneas.
Del desarrollo de su viabilidad histórica, por tanto, deberán estar pendientes los grupos de acción transformadora que, en el ámbito de lo cultural (y de las producciones literarias, en concreto), vayan desplegando activamente la posibilidad misma de su conflictividad militante y de su denuncia. En este sentido es exigencia primera la capacidad que tengan estas propuestas para integrar el ejercicio de la autocrítica (y de la autocorrección a tiempo real) con sus puntos ideológicos de partida, también siempre revisables.
La identidad de las propuestas se dirime –más allá de todo utopismo y de toda noción programática a priori– en ambas dimensiones, y cada elección concreta en el marco (i)limitado de las estrategias ha de surgir tanto del movimiento real como de las vocaciones iniciales.
La dirección del movimiento real va a ir marcándola, en este caso, el camino creativo iniciado por el paradigma auto-organizativo de los nuevos movimientos sociales, acompañando provisionalmente sus procesos abiertos de búsqueda, de reorientación táctica y de resistencia civil. Su vocación inicial ha de resolverse –así de claro– en que las producciones culturales opten, radicalmente, por los más débiles. Sin mesianismos milenaristas y sin paternalismos irreales, nos hemos abandonado a una complejidad que se ha vuelto necesaria.


III
UNA ESTÉTICA DEL DELITO
(algunas estrategias textuales de conflicto)


A
lo largo de los meses de abril y mayo de 1994 se presentaron a debate público –bajo el lema de “Poesía y Conflicto”– doce emergentes estrategias de escritura que, desde posiciones estéticas en divergencia y desde diferentes maneras de construcción textual, procuraban de uno u otro modo establecer lazos entre lenguaje e ideología, entre práctica literaria y práctica política . Se proponía, así, abrir con aquellas jornadas «un espacio crítico de reflexión a partir de una serie de escrituras en proceso, dispuestas a abordar críticamente su voluntad alternativa y transformadora del mundo en que vivimos» .
Puesto que las siguientes descripciones (disponibles en todo caso al contraste y a la discusión, y con la inseguridad de que sean realmente descripciones) no tienen en modo alguno el siempre enrarecido objeto de presentar generación o exhaustivas panorámicas de corrientes donde no las hay ni las quiso haber, no veo tampoco inconveniente en concretar lo que están siendo hoy algunos de los puntos de partida (y nunca de llegada, por lo que de cierre dogmático tienen todas las conclusiones) que, sobre propuestas abiertas de experimentación y desarrollo ininterrumpido, considero orientados a la consecución de una escritura delictiva, intolerable y de conflicto.
Así pues, despejando diplomáticamente (sic) a otras posibles, preferiré destacar de manera transitoria sólo cuatro líneas de investigación (y, como toda investigación sobre lo emergente, de contornos imprecisos) cuyas estrategias de conflicto me parecen, en su estado actual de experimentación, decididamente más agresivas y contundentes.
En el texto con el que se prologaba la presentación de las escrituras debatidas en aquellos intensos meses , Antonio Méndez Rubio explicaba:
«(...) Frente a los presupuestos reaccionarios de cierta última poesía española, el desconcierto, el descontrol, vendría a tener más fuerza que las experiencias de reconocimiento y autocomplacencia, de manera que la poesía pudiera empezar a concebirse más como táctica desafiante de transformación de mundos que como reflejo adormecedor de presuntas realidades existentes a priori. El conflicto contagia a la teoría. El horizonte es amplio. Las estrategias reunidas aquí lo persiguen por caminos diversos en tiempos de egoísmo y de miseria.
Si detrás hay un grupo de personas lo es únicamente desde la confianza en el antiindividualismo, la apertura y la provisionalidad.»

* * * * *
De lo que puedo limitadamente constatar (y justo antes de intentar describir algunas orientaciones de su investigación discursiva), he de decir, sin embargo, que todavía no parece haberse producido ningún texto efectivamente intolerable aunque para ello haya de partir, claro está, de una necesidad ya sugerida en otro lado: la de reconocer que lo intolerable, en cualquier caso, no pertenece tanto al orden de lo supuestamente intencional como al de las futuras asimilaciones sociales de su recepción (aunque esto no supone la desculpabilización del productor responsable de dicho discurso). Como indicara Parsons en el campo de la sociología , las relaciones sociales (que no son enteramente materiales) han de interpretarse desde su “doble contingencia”: la existencia de dichas relaciones depende no sólo de lo que un actor social espera, sino también de lo que el otro actor hace como respuesta a tales expectativas .
La paradoja, entonces, de dicha cuestión (y es en ella donde creo que se decidirá su viabilidad histórica, material y política) es que el texto intolerable, que se planea como modalidad de acción en la constructividad del propio producto, sólo lo puede ser externamente, a partir de cómo reaccione ante él –y con él– el paradigma de los usos sociales de los que se nutre el intercambio cultural.
En el fondo, a la pregunta sobre cuáles son las bases materiales de este conflicto potencial y emergente, habrá que responder impunemente que las escrituras literarias del conflicto no señalan tanto la conflictividad formal de su disidencia productiva ante la cultura dominante. La legitimidad intolerable de su conflicto descansa más bien (o quizá por ello mismo) en el recuerdo de la presencia de los empobrecidos y los machacados en las cloacas –nacionales e internacionales– de la sociedad que dicha cultura dominante va amparando. El proyecto definitivo de ésta, lejos de prometer un sueño hermoso a ir alcanzando poco a poco, es una pesadilla realizada que merece ser interrumpida.


Estrategias del desastre social.-
Una de estas (im)posibles estrategias textuales de conflicto parece dirimirse a partir de la ceremonia ritual, el psicodrama y la búsqueda convulsiva de lo catártico. El texto se construye desde estas premisas en tanto proceso ritual e iniciático, en el que la crueldad convive con el sobresalto, la violencia con la espontaneidad sexual y el vitalismo con el descubrimiento devastador de nuevas realidades.
Desde esta estrategia, el poema se convierte en un imaginario del rito resultante de la escisión y del instinto de la personalidad múltiple, pero aspira –paradójica y conflictivamente– a la paz, a promover sobre premisas nuevas e incendiadas la armonía entre los miembros de la comunidad, mediante una catártica ritualidad de desarmonía. Dicho ritual involucra a la comunidad en la renovación del tiempo y la regeneración del mundo: la comunidad social se reconcilia así, violentamente, con el ciclo natural a través de la identificación súbita con las dialécticas de la aniquilación y la regeneración. En este sentido, la ceremonia del texto se constituye como “desastre social” a través del cual poder instaurar simbólicamente una nueva conciencia comunitaria y una nueva manera de estar y de ser con el mundo.
La confrontación mítica propia de estos textos desemboca, con el ceremonial de la palabra visionaria, en una transformación personal y colectiva donde el mismo lenguaje de la visión alucinada se convierte –en términos de Jerzy Grotowski– en “proceso en que lo oscuro dentro de nosotros se va haciendo transparente” o, cuanto menos, salvajemente visible. El delirio inducido y controlado, en principio aterrorizante, desde el que se despliegan estas escrituras ritualistas, provoca así una catástrofe social que acaba siendo beneficiosa y purificadora.
Los procedimientos iniciáticos propios de esta estrategia quedan, consecuentemente, limitados por dos bordes actantes bien precisos: la iniciación individual (y entonces el texto expone procesos de interiorización convulsiva de autoconocimiento, de confusión de personalidades y de conflicto psicológico) y la iniciación colectiva (y entonces el texto despliega procesos de identificación y renovación comunitarias que son guiados por una personalidad chamanística, sacerdotal e iniciadora). En resumen, dichas estrategias irán construyendo –muy a menudo, mezclando ambos planos– o bien distintas versiones del trauma del descenso iniciático desde el cual una personalidad conflictiva y rebelde se autodescubre al tiempo que se desconcierta (o destruye), o bien distintas versiones del motivo de la renovación colectiva a través de un ceremonial comunitario donde la palabra pierde parte de su carácter lógico y referencial para instituirse como gesto y como acción. De ambos modelos surge, por necesidad, un “prototipo de la complejidad”: la personalidad delirante y el poder sugestivo del chamán.


Estrategias de la culpa social.-
Por caminos muy distintos a éstos, pero compartiendo con ellos la configuración de textos delictivos, las estrategias del realismo más convulsivo vienen a conformarse como la más extrema mala-conciencia del realismo propugnado desde la poética oficial de los ‘80. En estas propuestas contrarias, donde la distinción de los géneros queda nuevamente devorada, la narratividad se va a volver salvaje contra sus propias ilusiones de objetividad y transparencia, de control sobre la realidad expuesta, y los hechos presentados se van a confirmar con una carga tal de subversión de valores que los hacen definitivamente incontrolables.
Trabajándose desde mecanismos hostiles de distorsión, y malversando el lenguaje más estándar, la construcción del texto parece alzarse en primera instancia contra la conciencia tranquilizada y autojustificante del receptor, para facturar –por este medio– una crítica global de los mecanismos históricos por los que el capitalismo avanzado instaura dicho tipo de conciencia.
Los escenarios simbólicos que el lenguaje diseña en este caso configuran, haciéndola visible, una denunciada “culpa social” que atañe, de un modo u otro, a toda la población. Es desde este lugar por donde estos textos se conforman como prácticas incómodas de escritura, en la medida en que despliegan algo parecido a lo que Mounier llamó “toma de mala conciencia revolucionaria” .
Las inquietantes estrategias, desde el realismo, de este tipo de construcción textual parecen, por lo tanto, revelar que si la palabra es un instrumento de dominio, igualmente esa misma palabra modélica lo puede ser de rebeldía y subversión, participando así en procesos simbólicos y culturales de lucha de clases. En dicha participación, y ensuciando el mundo, la palabra se mueve y no se deja repetir, se vuelve agónica y aspira a desplegarse como palabra trágica, puesto que es, fundamentalmente, y como su receptor, culpable.


Estrategias de la ruptura social.-
En términos generales, existe otro tipo de estrategias disidentes que parecen estar recurriendo a las estructuras simbólicas de la fractura y del dinamismo en fuga, de la condensación abismada de sus sentidos, así como a la consecución de una sintaxis premeditadamente ambigua y morosa en la que se han desplegado la incerteza y las geografías ideales de su propio montaje en tanto proceso –maleable– de escritura.
En ellas el artefacto textual materialmente producido es el testimonio de una extrema ambigüedad que tiene su mayor provocación en integrarse imperceptiblemente en la red de los intercambios culturales del sistema para, desde allí, revelar el sentido conflictivo de su origen: la asunción de la cultura potencialmente peligrosa de los olvidados, puesto que –asumiendo para ello las palabras de Agamben – «el capitalismo (o como quiera denominarse al proceso que domina hoy la historia mundial) no se ha orientado sólo a la expropiación de la actividad productiva, sino también y sobre todo a la alienación del lenguaje mismo, de la misma naturaleza lingüística y comunicativa del hombre».
La materialidad en estado de ruptura social de estas escrituras –que están reproduciendo fatigosamente la temporalidad morosa y contemplativa de los que siempre han perdido– parece dirimirse, así, en un proyecto de descomposición, donde el rompecabezas carece de figura, y de mirada crítica incómodamente desinstalada de las mentiras y de las premisas autoritarias del Nuevo Orden Mundial. Expuesta a la intemperie, esta apuesta despliega la tensión latente entre su vocación insobornablemente comunicativa y de entrega, el extravío de sus propias seguridades, su discontinuidad transformadora y, definitivamente, su programa de desinstitucionalización de la experiencia. La toma de postura, en tanto producto de desafío, de estas estrategias se imagina, así, inseparable de la realidad insustituible de los otros.
Construido de esta manera en la peligrosidad de la frontera, el texto de estas producciones fracturadas es una descarada bomba de relojería ideológica a la que aparentemente se le haya practicado una operación de maquillaje desde la confluencia de supuestas tradiciones poéticas occidentales. La previsión de su estallido es inasimilable.


Estrategias de la lucha social.-
La cuarta de estas estrategias queda capacitada como tarea desorganizadora a partir de un tiempo interno que ha de llevarla, pese a su premeditado carácter épico, al fracaso: el tiempo de la historia de los radicalmente dominados pero no vencidos.
Puesto que quiere acompañar –desde la inconclusión de dicha historia– una experiencia de cautiverio, liberación y resistencia, las bases materiales de este tipo de construcción textual son poco inventariables en la medida en que el mismo proyecto de escritura que testimonian desvela la exigencia de ser provisional, en ininterrumpido proceso de experimentación y apertura. En su estado de progresivo avance constructivo, el texto-poema se procura inasimilable en su propia formalidad como artefacto de uso exhaustivo, dejando sin resolver –aparentemente– la problemática de su cierre y de su acción.
En tanto molde incompleto para sus aspiraciones de narratividad, la formación del sujeto se deshace aquí como foco desestructurado que ha querido exponerse a la narración de un conflicto civil de lucha abierta, el cual –en manos de un nuevo sujeto revolucionario (específicamente, del Sur)– discute a aquel primer sujeto nada menos que la legitimidad de su propia pertenencia. Así escindido, el resultado verbal asumirá también el riesgo de una ruptura social condenada a provocar la negación desde los escenarios de la matanza.
En los órdenes de la representación simbólica, lo primeramente negado en estos textos resulta ser, consiguientemente, la pertinencia “transparencia/oscuridad” del significante lingüístico, puesto que la escisión y la traición social sólo pueden resolverse en dicho caso a través de un ambicioso proyecto de recepción igualitaria, en el que se desarticulan críticamente el lenguaje mediador entre sujeto(s) y mundo(s), la experiencia histórica del saqueo de los pobres y la violencia no-referencial de la palabra en su expresividad primaria: el grito.
Conformadas en escrituras políticas no tranquilizadoras, estas estrategias militantes reactivan explícitamente su propia culpabilidad como producción cultural de las sociedades postindustriales del Norte, asumiendo la revolución de determinadas opciones radicales de vida y apostando por una conflictiva constitución del sujeto no como individuo sino como relación entre sujetos. Ideológicamente, dicha apuesta (disidente en tanto que dialógica) subvierte las premisas de una realidad asimétrica que –en la dominación política y en las relaciones sociales de clases y culturas– reserva para el hombre del Norte su autojustificado sistema de vida a expensas del asesinato sistemático de los reventados de esa Historia que, lejos de concluir, apenas ha empezado para ellos.
* * * * *


¿Por qué el hambre no es una recurrencia al menos temática en nuestras literaturas, cuando es la única recurrencia existencial de tantos millones de hombres?—

IV
LA TRAGEDIA, LA CULPA Y EL HUMOR

carecemos del derecho a detenernos
ante cualquier conclusión–

(a) Coda para un callejón sin salida.
Durante tres de las semanas de aquel febrero furioso del 93 se reunieron en Málaga casi un centenar de escritores europeos y latinoamericanos para debatir las relaciones entre literatura y compromiso. La última de estas semanas estuvo específicamente dedicada a las mediaciones que van de lo literario a la transformación social y en los debates se contó con la presencia de José Saramago.
Especialmente dirigiéndose –creo– a aquellos que con entusiasmo habíamos formado el ala supuestamente más radical del debate, Saramago pidió sorprendentemente que mencionáramos alguna obra literaria que hubiera, en cualquier momento de la historia universal, transformado específicamente alguna estructura social. Del “concurso”, claro está, quedaban excluidas todas aquellas producciones literarias que también lo eran declaradamente religiosas, como los Evangelios, el Tao Te Ching o el Corán. Desde ninguno de los allí presentes se citó un solo ejemplo: ninguna producción literaria había, en efecto, transformado su sociedad.
Por supuesto que hubo alusiones a las teorías de la transformación indirecta, según las cuales el texto literario iniciaría por contagio (casi por seducción) una serie de calados de ámbito individual que, al tiempo y con un poco de suerte ambiental, podrían ir creando determinadas predisposiciones sociales de carácter ideológico y que, finalmente, influirían en procesos más generales y materiales de transformación política. Sin embargo, la bondadosa ingenuidad del principio de incertidumbre, sobre el que descansaban tales alusiones, confiaba demasiado en la supuesta eficacia de una mariposa que, agitando sus alas en medio del Amazonas, pudiera determinar –con su pequeño volumen de aire desplazado y una concatenación de casualidades atmosféricas– la aparición de los demoledores huracanes del Golfo de México.
La anécdota y la metáfora me sirven, de todas, para denunciar la posible creación de un nuevo apriorismo sacralizador de las producciones culturales: el del supuesto carácter salvífico de la literatura. Con él caeríamos nuevamente en la construcción de nuevos templos de definiciones eternalistas y supuestamente objetivas, y de la sacralizada figura del poeta como capitalizador de la belleza pasaríamos a la sacralizada figura del poeta como redentor histórico.
La posibilidad de pensar radicalmente en la intolerabilidad de una producción de escrituras conflictivas y en nada tranquilizadoras está siendo hoy (en el centro de un huracán donde Auschwitz se ha vuelto sutil y universal) la posibilidad también de pensar que, si la literatura no va efectivamente a transformar el mundo, habremos de querer escribirla como si –codeándose conflictivamente con el fracaso– sí fuera a hacerlo.
Precisamente porque la historia es lo imprevisible y no ha acabado, lo inaudito necesario no por ser inaudito deja de ser necesario.

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(b) Coda para un callejón con salida.-
Siendo en realidad consciente de no saber muy bien dónde encajarla, me gustaría acabar el presente texto con alguna breve consideración sobre algo que, a mi juicio, parece sobrevolar cualquier noticia que históricamente se dé sobre la construcción de escrituras literarias “de compromiso”. Me refiero, claro está, a la “poesía de urgencia”.
El concepto, expresado de mil maneras distintas (y en todas ellas, acabado en concepto inútilmente clasificador), vino a responder a una de las más decisivas preguntas que alguien formulara en todo el siglo XX: aquella de Adorno sobre cómo escribir poesía después de Auschwitz.
En nuestro país el concepto de “urgencia” fue rápidamente asimilado por una serie de prácticas textuales (la historia de la literatura y la pragmática las harían pasar como “realismo histórico” o “poesía social”) que tenían por contexto la instalación armada de una dictadura aletargada y la progresiva articulación de una militante oposición antifranquista. En dicha situación histórica fue pensable, así, el que la poesía, como otras prácticas culturales, diera de un modo u otro respuesta urgente e inmediata a dichos acontecimientos.
Tras dos décadas de estatuto democrático, después de haber desaparecido –primero por imperativos fisiológicos– con el tirano las fuerzas objetivas de la represión y después de haber menguado perceptiblemente los mecanismos institucionales de la censura exterior, cabría preguntarse ahora si en la realidad del fin de siglo existe algo de lo que tener “urgencia”, tal como en los años ‘60 (por ejemplo) desde luego sí parecía haberlo.
Abro esta pregunta (a mi juicio decididamente estúpida) porque, por lo visto, desde suelo español los autores e intelectuales de la poesía (y no sólo de la poesía) oficial de los ‘80-90 parecen insistir mucho en la idea de que, sin “tirano” visible, resulta ridículo hacer posible pensar en prácticas culturales que ideológicamente denuncien la dominación del hombre por el hombre, la perseverancia de los mecanismos de desigualdad y la aniquilación estructurada de individuos y pueblos.
Dotadas con una muy determinada funcionalidad ideológica, estas insistencias no son de modo alguno anecdóticas. Apoyan y a su vez son representativas del comportamiento de lo que en páginas anteriores denominé el doble lenguaje (saludablemente hipócrita) del poder democrático, en tanto “universalización de la solidaridad y universalización de los mecanismos políticos de desigualdad”, que convierte en azarosos efectos de “mala suerte” o “desgracia lamentable” (sic) los supuestos desajustes del sistema que puedan ofrecerse con dramáticas consecuencias sobre la disposición de los recursos ecológicos o, todavía, sobre la supervivencia de hombres y mujeres.
Ante estas posiciones –eficazmente inoculadas por todo el conjunto de realizaciones simbólicas del cual disponen, en forma de producción y distribución cultural, las sociedades de control– es preciso pensar y hacer posible, contra todo descanso, un esfuerzo de descentramiento radical, de renegar del centro y ponerse en lugar de lo periférico, de lo socialmente inútil, lo económicamente residual y lo culturalmente despreciado: hacer visible, en definitiva, la absoluta responsabilidad de nuestras sociedades, y de nosotros mismos, sobre la marginación estructural de importantes sectores de la población y el asesinato sistemático de millones de seres humanos.
Puesto que ésta (sin apriorismos) es la realidad –y no el panorámico privilegio de visión que se tiene en nuestro centro– y puesto que el sufrimiento humano (lejos de ser fruto de lamentables desajustes) es cotidiano y es universal, sí cabría ahora disculparse por la estupidez de preguntarnos sobre cuándo hay, o no, la “urgencia”. Y, en último término, sobre cuándo la hubo o la dejó de haber.


Enrique Falcón
–Barrio del Cristo,
agosto de 1994 / septiembre de 1995


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