Revista poética Almacén
El entomólogo

Crónicas leves

[Marcos Taracido]

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Teratología

«Las causas de los monstruos son varias. La primera es la gloria de Dios. La segunda, su cólera. Tercera, la cantidad excesiva de semen. Cuarta, su cantidad insuficiente. Quinta, la imaginación. Sexta, la estrechez o reducido tamaño de la matriz. Séptima, el modo inadecuado de sentarse de la madre, que, al hallarse encinta, ha permanecido demasiado tiempo sentada con los muslos cruzados u oprimidos contra el vientre. Octava, por caída, o golpes asestados contra el vientre de la madre, hallándose ésta esperando un niño. Novena, debido a enfermedades hereditarias o accidentales. Décima, por podredumbre o corrupción del semen. Undécima, por confusión o mezcla de semen. Duodécima, debido a engaño de los malvados mendigos itinerantes. Y decimotercera, por los demonios o diablos.»

Un hombre de cuyo vientre salía otroAsí comienza Monstruos y prodigios, el tratado que Ambroise Paré (1509-1590) publicó en 1575. A continuación de ese prefacio causativo expone ejemplos de monstruos generados por cada una de las causas. La lógica guía a todos ellos: la cantidad excesiva de semen conlleva la proliferación de miembros; su escasez, la falta de alguno de ellos; el malsentarse y los golpes, deformaciones; la confusión y mezcla del semen, produce hermafroditas... Otra causa que más adelante contempla Paré es la de aquellos monstruos que se crean por la imaginación “ardiente y obstinada que puede tener la mujer mientras concibe”. Y aquí tenemos un ejemplo dado por el magnífico Antonio de Torquemada en su Jardín de flores curiosas:

«[...] en una ciudad de Alemania representaron ciertos autos o comedias, en las cuales un hombre del pueblo representó un demonio, yendo vestido con unos aderezos e insignias feas y espantables, y acabada de hacer la representación, se volvió a su casa, tomándole codicia de tener acceso con su mujer sin mudar el hábito ni quitarse los vestidos, y dejándola preñada de este ayuntamiento, teniendo ella en la imaginación lo que representaba la figura y hábito en que su marido estaba vestido, vino a parir una criatura que representaba la misma imagen de demonio, tan espantable y con tanta fealdad, que ningún diablo del infierno se podía pintar tan abominable. La madre murió del parto; y de lo poco que esta criatura vivió, que, según dicen, fueron tres días, se cuentan cosas infernales [...].»

En todos estos tratados se mezclaban malformaciones y seres mitológicos con el único objetivo de dar explicación a lo no comprendido. Los monstruos y los híbridos de los tratados medievales surgen del intento de unificar y clasificar los muchos seres extraños o surgidos de la imaginería popular que poblaban los parajes. Y la atracción de los monstruos es su unicidad, su extrañamiento con respecto a lo ortodoxo y establecido, su ruptura de las normas, la quiebra que producen en el azar. Ahí, claro, los mundos lejanos y desconocidos eran lugar idóneo cómo hábitat de los más monstruosos animales:

Mantícora«En la India nace una bestia llamada Mantícora. Tiene una triple fila de dientes que alternan entre sí; rostro de hombre, con ojos relucientes e inyectados en sangre; cuerpo de león; la cola, como el dardo de un escorpión; y una voz chillona, tan sibilante que evoca las notas de una flauta. Es ávida de carne humana con auténtica voracidad. Sus patas son tan fuertes, sus saltos tan potentes, que ni el espacio más extenso, ni el obstáculo más elevado pueden detenerla.» Bestiario de Cambridge.

Más amable e inocente es esta descripción del avestruz de Brunetto Latini:

«Y sabed que, a cambio de la pereza que le dio, la naturaleza dotó al avestruz de dos zarpas y dos alas con las que se hiere y se golpea a sí misma cuando quiere avanzar, como si se tratase de dos espuelas. Y sabed que su estómago es su garganta, donde retiene sus alimentos. Y que es de naturaleza tan extraordinariamente cálida, que se traga el hierro y lo digiere en su estómago. Y sabed que su grasa es muy beneficiosa para todos los dolores en los miembros.»

Roque Dalton, poeta, debió de estar atento a estas prosas tan fantásticas –en todos los sentidos- cuando logró una descripción tan milagrosa del venado:

«Tiene los ojos más bellos de la tierra, tal los ojos de Lisa. Es animal perfecto, de geometría sedosa y esquiva. Aunque alguien sostenga lo contrario, se alimentan tan sólo de agua y mariposas y estando a solas es capaz de volar. Sus orejas fueron hechas de la cabeza de una serpiente vaciada con finura y revestida con pétalos de orquídea. Sus cuernos de coral y musgo. Sus cascos de noche mínima de ferocidad. En su primera edad es como un dios bobo y enternece. En la magia de su juventud es sibilino y hace desear carnalmente. En la vejez es sabio y hace bajar los ojos. El venado huele a mujer y cuando se angustia despide un sudor melifluo que, de poderse recoger aún tibio, sirve para curar la rabia de los animales salvajes.»

Ya que les he regalado tan hermosos párrafos, permítanme terminar con la osadía de describir aquí a mis monstruos:

De sus ojos digo que son limpios y del color de la hierba recién segada, que se llenan de saltamontes y hormigas tan pronto pasas por delante. Además, miran dos veces. La boca es tierna y se alimenta de fresas y las cerezas que roba por los campos, que de eso tiene tan encarnados los labios. Sus garras, en extremo delgadas, se forjaron con las antenas caídas de las mariposas y su caricia cura todos los males venidos por los humores amarillos. La piel que le cubre todo el cuerpo es como la carne del melocotón, y así huele, que si alguien logra tocarla ya nunca encontrará otra piel que le calme y descanse. Dicen que vive apartada y oculta y que sólo cada cien años baja a los pastos y escoge un macho; si éste la cubre, engendra a un ser perfecto en proporciones y que abraza.


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