Revista poética Almacén
Tele por un tubo

[Ramiro Cabana]

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Operación cabra

Bueno, esto es el PUTO COLMO. Ahora hay lectores que se atreven a exigir que el director de Almacén me exija que yo escriba sobre un programa en particular. ¿Y qué programa es ese, queridas mías? Pues nada menos que La noche abierta, la bazofia esa del Pedro Ruiz, el tío que canta como los porteros en mala salida tras un córner, que canta como el hocico de un adolescente borracho que acaba de pedir que le devuelvan el dinero porque el almuerzo no le ha sentado nada bien. ¡¡¡Hay que joderse!!!

Y no, no estoy dispuesto a entregar mi integridad periodística a la primera. Ni siquiera a La Primera. Tendrán que perseguirme hasta el fin del mundo. Y sí, amigas, eso queda lejos.

Además, ¿qué clase de irresponsabilidad social es la que me piden el resto de mis personas lectoras? La más absoluta, está claro. No me piden integridad periodística, me piden integrismo periodístico. Y eso es lo que les voy a dar.

A lo que iba. Sermón: Ya está bien de famosos que no saben hacer nada. Antes para ser famoso había que aprenderse por lo menos el malogrado numerito de la cabra. Ya sabéis, el de un tío que toca la trompeta para que una cabra se suba a un taburete. El dúo Dantés-Tamara fue el último ejemplo de este fabuloso arte lírico-bailable. La fama ya no es lo que era.

Pero por si alguien intentaba caer en la desesperación, Televisión Española ha encontrado la respuesta. Se llama OPERACIÓN TRIUNFO. Y es la hostia. Es como Gran Hermano mezclado con Fama. ¿Os acordáis de aquel programa en el que unos adolescentes traían todos sus problemas adolescentes a una academia de las artes y todo lo que tocaban, cantaban o bailaban al final del episodio era maravilloso? Pues eso pero en versión concurso. Televisión de calidad.

Ese es el tema de mi crónica. Sólo existe un problema. Que no pude verlo. O por lo menos no entero. Ocurre que yo vivo en un hogar feliz. Qué envidia, ¿cómo lo has logrado?, os preguntaréis la mayoría absoluta. Pues muy fácil, responderé yo desde mi gobierno en minoría, le he cedido el mando a distancia, el último de los atributos de la masculinidad, a mi chavala. Ahora ya no se habla de quién lleva los pantalones en una relación, ahora lo que importa es quién posee el mando. Y en mi caso, y en mi casa, lo posee mi chavala.

Da la casualidad de que mi chavala es ferviente seguidora de la serie Periodistas. Incomprensible, ¿verdad?, pero es que la psique femenina es muy complicada. Y da la segunda casualidad de que echaban Operación Triunfo a la misma hora. Yo le conté mi dilema (de rodillas) a mi chavala, y ella dijo que haría una excepción, pero que no se lo pidiese nunca más: me dejaría ver Operación Triunfo durante los anuncios de Periodistas. Soy el hombre guapo más afortunado que vive sobre la faz del territorio llamado España, y la superioridad moral de mi chavala queda demostrada más allá de cualquier duda.

Bien, ¿y que vi durante los anuncios de Periodistas? Pues joyas de la verdadera televisión. Por ejemplo, a uno de los concursantes le preguntan cómo le ha ido durante la primera semana de concurso, y el tío se pone socrático: “te das cuenta de lo poco que sabes”. ¡La hostia!

Porque los concursantes no sólo tienen que pasar por el periplo Gran Hermano, ese microcosmo de nuestra sociedad del aburrimiento, sino que viven en un sitio superpapirofléctico llamado LA ACADEMIA y tienen que aprender a cantar y bailar, como la cabra Tamara. Y para ello tienen a un grupo de profesores que se toman la cosa en serio, que los ponen a currar de verdad. Incluso yo (¡yo!) me he puesto a hacer algunos de los ejercicios en el salón de mi hogar-dulce-palacete-hogar. Pero sólo cuando mi chavala no está mirando, claro, no vaya a ocurrir que mi autoridad dentro de la pareja se vea perjudicada.

Después de un buen rato de Periodistas, volvemos al concurso y resulta que ya sólo quedan cuatro concursantes por averiguar su destino. De esos cuatro, dos y dos, los profes de la Academia elegirán a uno para que se salve automáticamente (salvan a un tal Alex) y el grueso de los concursantes a otro. Quedan Nuria, Geno y Javián (¿de qué feria de mala muerte saca la gente nombres como ese? Misterio sin resolver). Resulta que tras la votación, hay un empate entre Nuria y Javián, el de la feria. Y aquí viene lo bueno, los salvados deciden echar una moneda al aire para resolver el empate.
NO TENEMOS COJONES.

(En ese momento empecé a gritar VAYA MIERDA, VAYA MIERDA. Hasta que la chavala amenazó con llamar al 091.)

Bueno, para acabar de una puñetera vez, sólo os quiero regalar una joyita más. Cuando tocó el turno a los concursantes que quedaban en la cuerda floja de decir algo para salvarse, Geno soltó la siguiente frase de oro,: “Me siento muy artista”.

Una frase que yo ya he mandado a enmarcar y que permanecerá colgada encima de mi televisor por los siglos de los siglos.


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