Revista poética Almacén
Tele por un tubo

[Ramiro Cabana]

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Opinión por un tubo

Libertad de opinión. Hay libertad de opinión. Soy libre de expresar mi opinión. Esa es mi opinión. ¿Puede darme su opinión? ¡A callar, que estoy dando mi opinión!

La opinión se da. Es un regalo. Un don.

No te he traído un regalo, pero pensé que te gustaría saber mi opinión. Esta frase, probablemente doblada del inglés, nos demuestra lo valiosa que puede parecerle una opinión a quien la expresa.

¡Viva la opinión!

La gente llama, envía faxes, correos electrónicos, para dar su opinión. Yo leo las páginas de opinión. En la tele, sagrada televisión, un servidor en pelotas dedica muchas horas a los programas en los que periodistas de renombre dan su opinión. También la dan gobernantes, intelectuales, deportistas, toreros, cantantes y gente de la neoprostitución.

Al deportista, por ejemplo, le preguntan sobre el penúltimo naufragio de un ferry en aguas de Bangladesh. El, por supuesto, ofrece su opinión. Algo por lo que el ano se le hace cocacola. Al político, sin embargo, no le preguntan por el último escándalo de corrupción en su partido, y si lo hacen, no hacen las preguntas con cuchillo. No vaya a ser que se les raje el sanmartín.

Si al opinante le pegamos un tiro, nos quedan sus opiniones, un legado la hostia de valioso.

Sin opinión el mundo no existiría. Cuanto más opinemos, más mundo.

En un acto de exquisita redundancia, hay periódicos que se llaman La Opinión.

También los hay que se llaman La Verdad, pero nadie les cree.

¿Qué opina usted?

En la tertulia de la gran Montserrat Domínguez, un periodista de El Mundo (¿ya ven como el mundo y la opinión son sinónimos?) prologa que no tiene el conocimiento para opinar sobre cierto tema y, ACTO SEGUIDO, nos propina su opinión. Da igual cuál. El hecho es que un tío con licencia para opinar se desautoriza a sí mismo y sin pestañear, o tener tiempo para ello, con la autoridad que le da esa autodesautorización, nos la endilga: nos deja en nuestras delicadas manos de juez de red en el tenis la patata caliente de su opinión. Que no es una opinión. Porque se ha desautorizado. ¡Pero la ha dicho! En lugar de irse a sentar en el reservado donde pone “silencio” y aparece el dibujo de la señora con el dedo en los labios, ¡el tío se sube a la silla y suelta el rooooolloooo!

Cuando ve algo así, uno piensa: Oh, qué pereza ir a buscar el revólver al armario del pasillo.

En las webs como esta, hay foros para que la gente opine. Todos respetan el derecho de los demás a opinar. Todos, menos los amigos de la poesía de la experiencia, que no es otra cosa que la opinión en verso (ver arriba la movida sobre opinión y mundo). Quizá de ahí venga su vehemencia contra la opinión; quizá sospechen que lo que leen no es más que opinión; quizá no sepan que la opinión es prácticamente nuestra más grande aspiración como seres con cerebro (sic); quizá sea esa la fuente de su mal encubierto miedo a ser descubiertos leyendo páginas y páginas de opinión en las que figuran las firmas de sus poetas favoritos. Yo también las leo y opino algo por el estilo.

Todos los opinantes, incluyendo a quien esto opina, quieren salir en la radio, gritando, para que los taxistas no se aburran. Incluso los que ya salen en la tele quieren salir en la radio.

¿Opina usted lo mismo, querida señora persona lectora?

Para opinar, en fin, sólo hay que tener una opinión, que las hay a millón por un euro. Si no sabe/no contesta, puede usted conseguir una de alquiler. También hay amigos que las prestan. Las opiniones. Y ni siquiera hay que darles las gracias. Si no tiene usted amigos, también los hay de alquiler. Y amigas. Pero para usar sus opiniones hay que pagar extra.


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