Revista poética Almacén
Estilo familiar

[Arístides Segarra]

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Cantando bajo la lluvia

Mi querida mujercita atesora virtudes sin número, aunque, bien educada en una economía familiar medioburguesa, las guarde bajo siete llaves, no sea que se las roben. En cambio, Irene es una gran amiga de lo ajeno. Roba con extraordinaria frescura y desparpajo atención, conocimientos, objetos y amor. Intento inculcarle unos pocos principios morales a fin de que en el presente no pase por niña maleducada y consentida, y en el futuro no acabe en cárcel autóctona, por los objetos, o en Guantánamo, por el resto.

Pero me avanzo, perdone el lector, pues tan sólo pretendía relatarles nimios incidentes de las últimas semanas entre mis mujeres. Irene robó la última labor de calceta a mi querida, por la vía expeditiva de la apropiación: ¿cuándo acabarás MI bufanda? De momento este parece ser su procedimiento favorito, consolidado por la inhabitualmente mesurada respuesta de mi mujercita: ¡que mona la niña!. Trágico error, como veremos, por el que ha tenido que penar con la cesión de la propiedad sentimental de su única copia de Cantando bajo la lluvia.

Sucedió un día en el coche, en que mi querida, para “distraer” a la niña, le puso un CD de canciones de musicales americanos, con la esperanza, para mí a todas luces vana, que le interesase. Sorprendentemente lo hizo, apoyada por toda suerte de gestos descoyuntados a los que la profesión de mi amada es tan propensa, y que tanto gustan a los niños. Ante tamaño éxito fue inevitable premiar a mi retoño con el visionado completo de la película. No dudé ni por un instante que el experimento duraría cinco minutos. Craso error. Cantó, bailó, imitó, comentó, preguntó, se identificó con la protagonista... Incluso camina por la casa a todas horas con las piernas cruzadas, en claro homenaje a Donald O’Connor en Make’em laugh. En fin, que Irene la reclama con insistencia tal que la cinta de vídeo da señales de agonía, y ante la demanda, me planteo comprarla en DVD: solo que no tengo DVD. Tendré que comprarlo también. Mal negocio este.

La lógica infantil resiste, como se ve, cualquier asalto. Y más cuando, inaugurada la propensión de Irene hacia el musical, decidí seguir por el camino razonable y ofrecerle uno con argumento infantil: El mago de Oz. Desde el principio pareció abducida: incluso le resultó molesto que iniciáramos un amago de cántico coral con Over the rainbow. Se aferró a su conejito de peluche desde la primera aparición de la bruja y, pese al final feliz, lloró desconsolada nada más terminar la proyección. Mi desconcierto ante tamaña reacción es todavía patente, y aún no sé si el llanto fue fruto de la emoción o del miedo. De momento no parece haber tenido efectos secundarios, y he decidido dejar el tema en el ámbito de su intimidad.

Sin duda el lector amable disculpará este ejercicio de neo-articulismo, que como pronosticara alguien sobre la neo-tv hace veinte años, consiste en no hablar sobre lo que realmente sucede, sino en hablar de mí mismo y del contacto que establezco con usted. Entiéndalo usted como un ensayo, y exprese su opinión si lo desea, pues soy de aquellos que creen que no nacemos literatos, que de hecho nacemos frágiles, débiles y destinados a morir. Como todos.


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