Revista poética Almacén
Por arte de birlibirloque

[Agustín Ijalba]

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La equidistancia

La equidistancia es un engaño, una más de las travesuras que nos regalan esos lugares entrevistos por la razón, pero de los que nadie jamás supo dar cuenta. Digamos, para empezar, que el principio de causalidad forma parte inseparable de nuestra visión del mundo. Si dejo caer este lápiz, sé que chocará contra el suelo. Pero no por ello he de situarme en un nivel distinto al de los efectos o las causas. No puedo enfrentarme al mundo con la argucia de situarme en un lugar que pretende no ser del mundo, como si ambos fueran realidades separables. La formulación racional de mi principio de causalidad forma parte de este mundo, como también los hechos que trata de explicar.

¿Entonces? La equidistancia es el gato que se esconde bajo el pellejo de la liebre. La explicación causal nos induce a subir de forma precipitada un segundo escalón. Una vez instalados en esa atalaya, consideramos que entre el efecto y la causa debe haber un lugar intermedio donde poder detener el movimiento de la bola blanca de billar, evitando que choque con la roja. Esto es: podemos cambiar el curso de los acontecimientos, podemos actuar mediante el ejercicio de nuestra libertad como causalidad —Kant dixit—. Si ello es así, ¿por qué no reconocer la posibilidad de hallar el término medio, el punto equidistante, el centro en equilibrio perfecto, el fiel de la balanza? ¿Por qué no entender que la armonía hace estable al universo, como si fuera un cuadro perfectamente delimitado y estático?

Pero sucede que en numerosas ocasiones nos encontramos ante hechos que cobran la forma de una espiral, y en los que se confunden los efectos con las causas, como si en ellos el espacio se enredara con el tiempo. Su propia dificultad hace que la palabra “espiral” nos sirva para nombrar —¡que gran metáfora es el lenguaje!— esas situaciones en las que no sabes si vas o vienes, si subes o bajas, si empiezas o acabas, si tuviste algún comienzo o tendrás algún final. Aturden las espirales: en espiral se mueven las tormentas y los huracanes, y en espiral se escapa el agua por los desagües. Si pretendo averiguar el sentido de esas espirales que no atienden a razones, y que se suceden con una apariencia ajena por completo a mi principio de causalidad, ¿dónde me sitúo? Lo ignoro, pero intuyo que en ellas la equidistancia es una excusa que no esconde nada: el vacío de su misma imposibilidad delata al que la pretende suya. ¿A santo de qué puede jugar a equilibrista el ser más mutable que existe sobre la tierra? ¿No es todo instante detenido una quimera, una más de las mentiras que debemos al atrevimiento de nuestra ignorancia? ¿Y si el movimiento fuera el estado natural de las cosas y de nosotros con las cosas? ¿No estará en lo cierto Peter Lynds, cuando reivindica la necesidad de estar siempre desplazándose? ¿No es posible pensar que la taza de café que se acerca a mi escritorio con aire amenazante se muestra incapaz de derramarse sobre el teclado de mi ordenador, dada la intersección atenta de mi mano en el espacio que va de la mesa a la taza? Ordenador, mesa, taza y mano en movimiento son como saetas que juegan al escondite en el baile universal de los elementos. Octavio Paz se detuvo —¡¿se detuvo?!— ante un bosque en Cambridge y ante un camino en Galta, y de ambos entresacó ese famoso aforismo que recorre las arterias de su mono gramático: “la fijeza es siempre momentánea”, —que traduce luego en algo así como “la inmovilidad es [siempre] movimiento”—. Contradicciones, paradojas, espirales del lenguaje.

Si tratamos ahora de saltar al campo de la ética con estas alforjas, ¿qué obtenemos? ¿Es viable la equidistancia moral? ¿No son las espirales el campo apropiado donde cultivar los conflictos humanos? ¿Y podemos trazar límites inmutables en esa tolvanera? Es difícil moverse entre la maleza. A una realidad poliédrica no podemos aplicarle sin más el cerrojo de la universalidad. Toda máxima kantiana que guíe nuestra conducta, susceptible de convertirse en ley universal, pierde el pie si se deja al albur de las espirales. Los juicios morales, en cuanto requieren de una previa determinación de valores universalizables, nos hacen caer una y otra vez en la misma trampa, pues universalizar significa extender equidistancias, señalar límites, ofrecer campos legítimos para la acción, determinar causalidades, barruntar formas de actuar que se acoplen a una ley universal —y ya tenemos cerrado el círculo. ¿Caemos entonces en el relativismo moral? ¿Abandonamos toda esperanza? ¿Es el valor moral de las conductas el que marca las distancias? El saber que detrás de una determinada conducta irá lo que irá porque delante de ella fue lo que fue no me otorga el derecho a condenarla o a respaldarla, a elaborar juicios morales sobre ella. Intuyo, más bien, que esas distancias morales son marcadas por el transcurso impenetrable del tiempo, por la complejidad de la red en la que nos debatimos, por el grado de inclinación que adoptan las espirales en las que habitamos. La falsa estabilidad de esa fijeza que Octavio Paz —y Peter Lynd— desvelan como inviable, nos previene frente a los vendedores de humo. ¿No será que estamos instalados sobre una hoguera, sumidos en la conflictividad sin tregua?


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Comentarios

mandarme todo lo que tengan cada dia

Comentado por jose de jesus el 13 de Marzo de 2004 a las 06:49 PM

mandarme todo lo que tengan diario

Comentado por jo se jesus el 13 de Marzo de 2004 a las 06:50 PM