Revista poética Almacén
Punto de encuentro

[Alfredo Bruñó]

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El encuentro a comer

Acabo de leer en una reseña de una antología de prosas de Pessoa (en el Babelia) lo siguiente: “También mucha estética, algo de metafísica, bastante política y demasiada teoría económica.”

Hace un par de días, comiendo con Colom y Alberto Majoral, éste decía que los poetas siempre hablan demasiado de economía. Colom contradijo, y Majoral matizó: “Bueno, los poetas que me interesan.” En verdad, la conversación durante la comida circuló siempre entre la economía y la política. Y las obsesiones de Colom sobre la investigación científica como motor económico y cultural de la sociedad contemporánea.

Si ese es el gran motor, entonces no podemos ya dudar de España como país menor. Su desaparición no constituiría un desastre de ninguna clase. Eso es lo poco que nuestro país aporta al mundo.

Y sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona ha abierto un nuevo departamento que se dedicará a la divulgación científica. Si hace veinte años todavía se pensaba que la cultura era esencial para el progreso democrático, hoy ese lugar lo ocupa la ciencia. La cultura, derrotada por las subvenciones, o sea el intervencionismo estatal y el intervencionismo ideológico de los partidos, ha logrado suscitar la desconfianza y el disgusto del público.

Los culpables, claro, son los artistas, que prefirieron la paz económica y el ajetreo de la fama a los rigores de sus artes. De esa manera se entregaron a la censura submergida que es el escrutinio de las bondades de un proyecto para la otorgación de dineros públicos. En pocas palabras, se vendieron. Y a nadie extraña que hayan perdido su lugar de privilegio en la sociedad.

Pero los científicos, con ese halo (ficticio) de objetividad que tiene la ciencia, todavía poseen toda su credibilidad. El valor de su trabajo se mide a nivel global y ellos son conscientes de su reputación. También, si su trabajo resulta valioso y si las subvenciones o las inversiones no llegan o se descontinúan, pueden irse a otro país a desarrollarlo.

España es un gran exportador de científicos. El estado se ocupa de buena parte de su formación y luego malgasta ese dinero no proporcionando mecanismos para que la empleen en beneficio de todos. Y por todos me refiero a las empresas, a las personas que esas empresas contratarían y de rebote, al resto de la población. Incluso la Unión Europea, en toda su ineptitud, concede que el futuro depende de la investigación y el desarrollo de proyectos surgidos de esa investigación.

Pero España cree que un empleo en la construcción o en el turismo ya es suficiente. Nuestro país aspira a bien poco.


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