Revista poética Almacén
Colaboraciones

4 cuentos

Paquita Suárez Coalla


El paraguas

Mamá decía siempre que no arrastrásemos la punta del paraguas por el suelo que acababa estropeándose. Mamá nos llevaba un día sí y otro no a la escuela, y el día que no, nos llevaba la madre de un niño que tenía la misma edad de mi hermana y que vivía cerca de nosotros. A mí no me gustaba cuando nos llevaba la madre del otro niño, una mujer flaca y de mal humor, que mandaba callar a todo el mundo en la misa y que tenía paso de sargento. Pero aunque no me gustaba, podía comprender de sobra que aquel acuerdo era un alivio para mamá, que además de atendernos a nosotras, tenía bastante quehacer en la casa.
Un día de invierno, que se veía que iba a llover mucho, le tocó a la madre del otro niño acompañarnos a la escuela. La madre del otro niño tenía un paraguas negro como de hombre, con un puño de madera color caoba que arrastraba por el suelo haciendo ruido. La mamá del otro niño caminaba con su paso de sargento y golpeaba sin piedad aquel paraguas enorme, como si no supiera que de esa forma iba a acabar estropeándolo. Yo la miraba de reojo, y con cierta intranquilidad y confusión, recordaba lo que siempre mamá nos decía de los paraguas. Lo arrastraba y la miraba, lo arrastraba y la miraba, hasta que al fin ya no supe cómo aguantarme y acabé por pellizcar al otro niño, y muy bajo, para que no pudiera oírse, le dije que le dijera a su madre que no arrastrara más el paraguas por el suelo.

Día de lavar

Es lunes por la mañana y en la habitación de al lado se amontona la ropa de otros días sin lavar. Mamá y la tía prepraran un balde lleno de sábanas y vestidos sucios y, después de darnos el almuerzo, nos llevan al río. Mamá y la tía caminan delante de nosotros, con el balde de ropa cogido a cada lado y en un caldero viejo la pastilla de jabón y el bote de azulete.
Nosotros corremos detrás suyo para alcanzarlas, y cuando llegamos al río, dejamos los vestidos junto a un árbol para tomar el sol. Mamá clava la tabla de lavar a la orilla, y haciendo un cojín con la chaqueta de mi hermana, se pone de rodillas y empieza a enjabonar. La tía le arrima el balde de la ropa, luego se pone un sombrero de paja a la cabeza, y se va a dar paseos por los campos de trigo antes de que el calor apriete y le entre la fatiga. Mientras, mamá frota sábanas y vestidos contra el agua, y deshace la suciedad entre los dedos hasta que la ropa resplandece de limpia. Después la tiende sobre las matas de juncos, y arrodillada de nuevo a la vera del río, mamá saca una pila de toallitas ensangrentadas que restriega y restriega con sus manos bajo el agua transparente y fría. Al lado suyo, nosotros chapoteamos para coger ranas y peces muertos, y la tía, que ha vuelto del paseo, va colocando la ropa seca en el balde de plástico con lunares donde nos bañan los domingos. La tía recoge la ropa para que el sol de julio no la reseque y se sienta a la sombra de un negrillo, esperando a que mamá acabe de lavar el último caldero de ropa sucia que le queda. Y mamá, que es muy mandada, sigue lavando nuestras cosas sin quejarse, y sin protestar siquiera porque el sol de fuego le pegue en la espalda, o porque el agua de nieve le arrugue la piel y le encoja los dedos, deformando poquito a poco los huesos de sus manos ya pronto adoloridas por el reuma.

La matanza

El día de la matanza comenzaba con la llegada de los primos un día antes y con los baldes llenos de cebolla que papá y mamá dejaban en un lugar fresco toda la noche. Empezaba a las cinco y media de una tarde de invierno, cuando las luces de las casas iban poco a poco encendiéndose y mamá elegía los conejos para la cena, y papá hervía el agua para desplumar los pollos, y la abuela echaba el último cubo de comida a los cerdos.
La fiesta empezaba con el chillido sordo del conejo al que mamá daba un golpe seco en la nuca, o con el aleteo desesperado del pollo que papá agarraba de las patas para ponerlo en el picadero de leña y cortarle el cuello de un tajo.
La fiesta se iniciaba con las salpicaduras de sangre de los conejos, con la llegada de los perros que desenterraban las tripas de los pollos, y con el calor suave de la cocina inundada por los olores de hacía un año. Un año desde la otra mantanza. Un año desde la última vez en que habían abierto la ventana del comedor que daba al almacén y desde la última noche en que los hombres llenaban la cena con el humo de los cigarros y con las voces roncas de los recuerdos.
Un año desde el último chillido insoportable del cerdo cuando, escondidas en la habitación de la abuela, y con los dedos tapándonos los oídos, aguardábamos a que el grito dejara de escucharse, a que ya no viéramos las lágrimas de la tía, y a que en la mañana escarchada de diciembre se hiciera posible que empezara la fiesta.

Las bodas de la abuela

La abuela dice que se casó con el abuelo cuando tenía treinta y tres años. Y que el día mismo de la boda, mientras esperaban a que llegasen los padrinos, le pidió al juez que no dijese la edad, para que el abuelo, que era cinco años más joven, no la supiera. Pero dice la abuela que el juez no le hizo caso, y sin prestarle atención a la novia, fue la edad que tenía lo primero que dijo.
Cuenta la abuela, sin quejarse, que el juez no quiso callar, y que todos en el pueblo, además del novio, supieron aquel día lo vieja que era.
Pero dice entonces que cómo de otra forma, si a los demás novios no los quería su madre, y ni ella misma se hubiese atrevido a continuar la miseria de aquella casa de mujeres, en busca siempre de qué vivir. Recuerda que el abuelo tenía un trabajo, y que aunque gastase en bebida mucho más de lo que quisiera pensar, nada pudo ella contra el destino, aquel futuro que acabó por creer que merecía.
La abuela nos dice esto con el rostro sereno, pero con la mirada inquieta de quien después de todo no ha sabido resignarse, lo cuenta en alto, con la voz segura, y pidiendo en el fondo que no lo olvidemos.


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Comentarios

Cuatro chispas de luminosidad que encienden, con una claridad gozosa, la oscuridad pesada de la "otra" literatura. Un acierto.

Comentado por HB el 1 de Enero de 2004 a las 10:53 PM

Sí. Ya lo dije en otro sitio, privadamente: "El primero me dejó indiferente, como quién bebe un trago de agua sin ganas, por inercia; pero a medida que iba avanzando en la lectura de los otros, empecé a acordarme de mi infancia, del gallo sin cabeza revoloteando por el patio, de los gritos de los cerdos en las matanzas y el olor de los pelos chamuscados, y el aire caliente y corrupto que manaba de las entrañas de un puerco, del tacto de las uvas bajo mis pies, de los vecinos, tan libres y tan atados a los rumores y los genes."

Comentado por Marcos el 2 de Enero de 2004 a las 11:16 AM

Doble acierto, Marcos.

Comentado por hb el 3 de Enero de 2004 a las 04:20 AM