| Después
de veinte años Cuando yo tenía catorce años me hacían trabajar hasta muy tarde. Cuando llegaba a casa, me cogía la cabeza mi madre entre sus manos. Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra y los gritos de mis camaradas en el soto y las hogueras en la noche y todas las cosas que dan salud y amistad y hacen crecer el corazón. A las cinco del día, en el invierno, mi madre iba hasta el borde de mi cama y me llamaba por mi nombre y acariciaba mi rostro hasta despertarme. Yo salía a la calle y aún no amanecía y mis ojos parecían endurecerse con el frío. Esto no es justo, aunque era hermoso ir por las calles y escuchar mis pasos y sentir la noche de los que dormían y comprenderlos como a un solo ser, como si descansaran de la misma existencia, todos en el mismo sueño. Entraba en el trabajo. La oficina olía mal y daba pena. Luego, llegaban las mujeres. Se ponían a fregar en silencio. Veinte años. He sido escarnecido y olvidado. Ya no comprendo la noche ni el canto de los muchachos sobre las praderas. Y, sin embargo, sé que algo más grande y más real que yo hay en mí, va en mis huesos: Tierra incansable, firma la paz que sabes. Danos nuestra existencia a nosotros mismos. Antonio Gamoneda, Blues castellano, Gijón, Noega, 1982; en Edad, Cátedra, 1989. |