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 Del ephémero

[Libro de los venenos recoge las «voces» de tres autores diferentes: en letra redonda (aquí, Georgia) los textos de Pedacio Dioscórides; en cursiva los de Andrés de Laguna; y en redonda y cuerpo menor (aquí, Time New Roman) los apuntes de Antonio Gamoneda. Nota del Editor]

Los que han tragado el ephémero, llamado de algunos cólquico y bulbo salvaje, sienten por todo el cuerpo comezón, como si les fregasen con ortigas o cebolla albarrana, y por dentro, mordicación, ardor y pesadumbre de estómago. Además de esto, creciendo la enfermedad, purgan por abajo unas superfluidades sangrientas, mezcladas con raeduras de tripas. Socorreremos a éstos provocándoles vómitos y echándoles clisteres, y, antes que cobre el veneno fuerza, les da- remos a beber un cocimiento de hojas de roble o de serpol, o zumo de centinodia o de arrayán. Así mismo, la camisilla interior de la castaña, bebida cruda con algún zumo de los ya dichos y orégano con lejía. También se tiene por excelente remedio la leche de borrica

La cebolla albarrana es silvestre y purpúrea; amarga al gusto de manera hirviente; se da, con miel, a los hidrópicos; vale contra los sabañones y las verrugas; dicen que, colgada sobre la puerta, preserva la casa de hechicerías contrarias.
El serpol es yerba hortense y salvaje que serpea por tierra; con su olor ofende a la escolopendra; sirve a los letárgicos y frenéticos y, preparada con vino, deshace las durezas del bazo. La centinodia crece en los cementerios; es provechosa para los oídos que manan materia hedionda y en los vómitos coléricos. El arrayán, que también llaman mirto, es árbol de dos especies, blanca y negra, aunque Plinio llega a decir que del arrayán hay once géneros; del negro se obtiene un vino sin virtud alcohólica; el blanco tiene flores con cinco pétalos y expande un olor muy suave; éste refresca el sudor y cura las hinchazones de las ingles; también elimina las viruelas y la alopecia; de su médula se hace un aceite lenitivo; de sus ramas floridas, coronas para los héroes que no han derramado sangre.

A1gunos creen del nombre del ephémero ―que quiere decir de un día― que se debe a que despacha en veinticuatro horas. Por donde conviene súbito, antes que se haga fuerte, echarle fuera del cuerpo. Contra el ephémero podemos administrar sin escrúpulo todos aquellos remedios, así universales como particulares, que fueron aprobados contra el veneno de las cantáridas. Conviene además saber que no solamente la pellejuela de la castaña, sino también la carne, sirve contra los venenos agudos y corrosivos. y porque los anacardos y, con ellos, la staphisagria, comidos o bebidos incautamente, suelen acarrear gravísimos accidentes, casi iguales a los del ephémero ya los de las moscas cantáridas, acudiremos a sus daños con los mismos remedios.

El fruto del anacardo parece el corazoncillo de un pájaro; su almendra fortifica la memoria y ayuda en la frialdad de los nervios. No he podido averiguar con certeza la naturaleza de la staphisagria; sospecho que, a pesar de la prevención de Laguna, pueda ser zanahoria silvestre, que ayuda a concebir. En cuanto al ephémero, escribe Kratevas que lo hizo traer de la Cólquida, cuyo rey estaba sujeto a Mitrídates, por saber que los bulbos negros cogidos en este país eran fuertes y rápidos en el negocio de la muerte. Aquí averiguo yo que Laguna no conoció, a pesar de sus días vaticanos, el manuscrito de Kratevas, pues considera veloz al ephémero matando en veinticuatro horas y el códice atestigua que lo hace en menos de seis. También se engaña Dioscórides cuando, en otro lugar, dice que «comida la raíz del cólquico, mata como los hongos». No es así; no ahoga porque el crecimiento de su materia oprima la respiración, sino porque, intrínsecas, la raíz lleva consigo substancias que adormecen la fuerza de los bofes, lo cual se cumple por química y sin que la raíz se acerque a ellos en su carne, y de esta manera se priva de aire al corazón. Esto dice Kratevas (y está modernamente probado) antes de narrar cómo, de Sarmacia, le fueron enviados dos jóvenes sanos e iguales entre sí, que eran hermanos nacidos de la misma placenta. Estos se amaban de manera que, pensando que uno de ellos había de morir, ambos querían ser el que i comiese el cólquico, lo cual resolvió Kratevas dándoselo a j los dos, cada uno en una celda y en el mismo tiempo y cantidad. Ocurrió que los labios y uñas de ambos se pusieron negros a la par y que su cabeza se derrumbó sobre el pecho en el mismo instante (que fue antes de que se cumpliese la cuarta parte de un día) y que ambos sonreían en el yelo arterial, ya del lado de la muerte, como sorprendidos por visiones idénticas.






Antonio Gamoneda, Libro de los venenos, Siruela, Madrid, 1995.




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