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Libro del frío
[Fragmentos
]



Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta
cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucena cárdenas
enre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, a inmensidad carece de
significado.

·····································

Un bosque se abre en la memoria y el olor a resina es
útil al corazón. Vi las esferas del sudor y lo insectos
en la dulzura;

luego, el crepúsculo en sus ojos;

después, el cardo hirviendo ante el centeno la fatiga
de los pájaros perseguidos por la luz.

······································

Vi la serenidad en los ojos de las reses destinadas a los
cuchillos industriales y los caballos inmóviles en la
tristeza;

después, la cal, su luz en los ancianos, y grades
grietas habitadas por lamentos.

······································

El vigilante fue herido por su madre;

describió con sus manos la forma de la tristeza y
acarició cabellos que ya no amaba.

Todas las causas se aniquilaban en sus ojos.

·····································

Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateban
su pureza y sus manos heridas por los ácidos. En el
amanecer, oculto entre las sebes blancas, agonizaba
ante las carreteras, veía entrar las sombras en la nieve,
hervir la niebla en la ciudad profunda.

····································

Era sagaz en la prisión del frío.

Vio los presagios en la mañana azul: los gavilanes
hendían el invierno y los arroyos eran lentos entre las
flores de la nieve.

Venían cuerpos femeninos y él advertía su fertilidad.

Luego llegaron manos invisibles. Con exacta dulzura,
asió la mano de su madre.

·····································

Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie reresa de
la ciudad lejana; sólo el viento sobre las últimas hue-
llas.

Yo soy la senda y el aciano, soy la ciudad y el viento.

····································

Busco tu piel inconfesable tu piel ungida por la
tristeza de las serpientes; distingo tus asuntos invisi-
bles, el rastro frío del corazón.

Hubiera visto tu cinta ensangrentada, tu llan entre
cristales y no tu llaga amarilla,

pero mi sueño vive debajo de tus párpados.

·····································

En la humedad me amas

y eres azul en tus pezones. Hablas

suavemente en mis labios y regresas

a tu prisión en la melancolía.

·····································

El animal que llora, ése estuvo en tu alma antes de ser
amarillo;

el animal que lame las heridas blancas,

ése está ciego en la misericordia;

el que duerme en la luz y es miserable,

ése agoniza en el relámpago.


La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin
descanso,

ésa es tu madre dentro de la ira;

la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,

ésa fue música en tus ojos.

·········································

Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha
salido de mí.

He atravesado las cortinas blancas:

ya sólo hay luz dentro de mis ojos.





















De: Antonio Gamoneda, Libro del frío, Siruela, Madrid, 1992.




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