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Del hemorroo

[Libro de los venenos recoge las «voces» de tres autores diferentes: en letra redonda (aquí, Georgia) los textos de Pedacio Dioscórides; en cursiva los de Andrés de Laguna; y en redonda y cuerpo menor (aquí, Time New Roman) los apuntes de Antonio Gamoneda. Nota del Editor]


Tras la mordedura del hemorroo se siguen dolores por la perseverancia de los cuales suelen disminuirse y adelgazarse extremadamente los cuerpos. Además de esto, sale de la herida y de las señales o cicatrices (si el mordido tuviese otras en diversas partes del cuerpo) gran cantidad de sangre. Son también sangrientas las purgaciones del vientre y manan en forma de cuajarones.

Hemorroo es sierpe que busca el calor de los establos; mama de las hubres y, a veces, de los pechos de las mujeres dormidas; además de los accidentes que dice Dioscórides, aquéllos a quienes muerde pierden la sangre de los bofes por la boca.

Hemos, en griego, quiere decir la sangre, y roos el flujo, de donde cobró la serpiente llamada hemorroo su nombre, por cuanto los que son de ella mordidos, en especial de la hembra, derraman sangre por todas las cavernas del cuerpo, hasta que, vaciados, mueren. Tiene el hemorroo la longitud de tres palmos y los ojos como encendidos en fuego; camino derecho y despacio, cubierto todo el cuerpo de escamas duras y pintado de manchas negras y blancas.

Relata Kratevas que, rogando por una mujer (y aquí el griego escribe: «tenía la cintura delgada y las manos calientes; quizá era nacida en Anatolia») que amaba a un mayoral de las reses que seguían a los ejércitos, acudió a visitar a éste, mordido en los compañones por un hemorroo que se le acercó mientras estaba desocupando el vientre. Y dice Kratevas que perdía sangre por los agujeros secretos y también por la boca y los oídos, pero que lo peor manaba de una carnicería hecha sobre entrambos testículos, la cual no guardaba razón con la mordedura de la serpiente, y en esto se conocía la mano de Aristión, y el mayoral estaba más de morir por este manantial que por la parte serpentina.

Esto era teniendo las montañas del Cáucaso a la vista y, en ellas, dice el Rizotomo, el remedio kasari, que sería llenar odres con nieve y sepultar en ellos al hemorrágico, parando la sangre con el frío y despertando luego al hombre, aunque azul, si no se le volvía cristales el humor del cerebro.

Pero, lejana la nieve, decidió embutirle betónica en mechas por todos los agujeros del cuerpo, con sólo una caña en la boca para librar el aliento, atándole con mucha yerba la causa mayor de los genitales. y dice el códice que, finalmente, el mayoral salvó del zumo de la serpiente y de la chanfaina de la cirugía, pero quedó inútil para las artes venéreas.







Antonio Gamoneda, Libro de los venenos, Siruela, Madrid, 1995.



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