
O que la gran mayoría de los seres humanos de hoy en día simplemente no son competentes para proteger sus propios intereses. Normalmente, cuando lo pienso sonrío, me callo, y sigo con lo mío. Pero hoy no.
Paseo por las páginas de actualidad internacional, me salto las de política, no quiero empezar el día de mal humor; cuando llego a las de economía, comienzo a sospechar que algo pasa con mi café. Pero no tengo prisa. Sigo leyendo.

Mostrar los miedos, la soledad y el aislamiento, el vértigo ante el abismo de la indefensión, y el modo de afrontarlos de los niños. Y hacerlo desde la belleza estética, y desde una cadencia rítmica acorde a los pasos indecisos del sujeto, y sin miedo a mostrar un lado oscuro de la infancia alejado de la espectacularidad del maltrato físico, la guerra o la desprotección social: esto tienen en común tres cómics magníficos y profundos.
Con el tiempo me surgió la primera duda de si Kindle era la plataforma adecuada para mis propósitos, cuando resultó que muchos de los libros y revistas que podía encontrar en la tienda de Amazon alemana no se podían comprar en la tienda de EEUU, a la que tenía asociado mi Kindle.
Cuando nos mudamos a Milán, nuestra casa estaba en un triste barrio periférico del norte de la ciudad llamado Bicocca. Nuestra casa era la única en los alrededores y nuestros vecinos eran los humos de la fábrica de la Pirelli y los hostiles y sórdidos accesos a Sesto San Giovanni. Al menos, nos dijimos, tenemos un multicines enfrente.
La ciencia no es la disciplina lógica, seria, objetiva y racional, nada esclava de las pasiones o de la emoción, que se nos ha querido vender. Muy al contrario, pero los científicos tienen la costumbre de difuminar los mayores momentos de la ciencia para suavizar las “arrugas” y defectos humanos del proceso de descubrimiento. Eso, a largo plazo, puede que no sea lo mejor para la ciencia: necesitamos una ciencia más próxima y humana.
Aparte de que la historia sea (y lo es) entretenida, la trama esté bien hilada y los personajes aparezcan dibujados con trazos rápidos, el libro de Enrique Rubio toca muchos palos en sus reflexiones sobre la sociedad del s .XXI.
Es como si la novela la hubiese escrito alguien que cargase con la decepción de que este siglo no haya sido 2001, Odisea en el espacio, pero que lo mirara con el humor y la ternura propios de quien mira a un cachorro o a un bebé…
Los excesos. Los excesos son necesarios, al menos en la ficción, para lograr ir más allá de la aburrida cotidianidad. Por supuesto no es algo nuevo, ni carente de riesgos. Pero ya que este curso parecen haber decidido que la suspensión de incredulidad es su puta vamos a echar un ojo a lo que ya tenemos.