Revista poética Almacén
Colaboraciones

Los terrores de un niño republicano

Meirande


Mi padre era republicano. Y en el 36 era concejal del Ayuntamiento de La Coruña. Yo tenía 7 años.

Dos recuerdos vivísimos no me han abandonado nunca; dos recuerdos que lo más probable es que tengan mucho que ver con mis terrores de entonces y mis miedos de siempre.

A poco de empezar la rebelión, y de triunfar avasalladoramente en Galicia, prendieron a mi padre. Dos grandes amigos, uno por su influencia en cargos locales del régimen y el otro por su insistencia constante con el primero, lograron que lo pusiesen en libertad. Pero aquellos primeros tiempos eran terribles y toda precaución era poca. La guardia civil recibía órdenes y las cumplía implacablemente; los milicianos no necesitaban órdenes, actuaban a su antojo sabiendo que podían hacerlo impunemente. Un día, el hijo del amigo influyente se presenta en casa y le dice a mi padre que le manda el suyo para llevárselo a dormir a su casa porque corre peligro. Se va con él. Yo no sabía muy bien qué pasaba pero veía a mi madre muy disgustada. Y esa noche, a altas horas de la madrugada, llaman insistentemente a la puerta de nuestro piso. Se levanta mi madre, asustadísima y les abre la puerta a dos milicianos que pistola en mano dicen que vienen a buscar a mi padre. Nos despertamos todos. Yo sólo recuerdo a mi madre y a uno de los milicianos, ni a mis hermanos, mayores que yo, ni a mi abuela. Mi madre, nerviosísima, descompuesta, les juraba que mi padre no estaba, que no había hecho nada, mientras lloraba desconsoladamente. Yo, pegado a ella, también lloraba. El miliciano al que recuerdo, alto, altísimo, casi un gigante, oscuro, mal encarado, le decía displicente que no se pusiese así, que no pasaba nada. Mi hermano mayor me contó que el otro miliciano amenazó con su pistola a la abuela para que le dijese donde estaba escondido; mi abuela, sorda como una tapia, no le entendía y también lloraba. Por fin, y después de registrar todos los rincones, se marcharon, y quedamos nosotros hasta el amanecer completamente desconcertados, acongojados, llorando en silencio. Entonces empecé a comprender algo, y a temer.

Al día siguiente mi padre se fue a Vigo a casa de un matrimonio amigo que no tenía vinculación política alguna con ninguna de las dos partes, ni “rojos” ni “nacionales”. Con estos excelentes e incondicionales amigos pasó una temporada hasta que el amigo influyente le dijo que había pasado el peligro. En este período de tiempo, mi madre y yo fuimos a Vigo a pasar unos días con mi padre. De este viaje no recuerdo nada más que la escena que paso a contar.

Habíamos salido los tres a dar una vuelta y paseábamos por el barrio de Lavadores que, en mi recuerdo estaba en los suburbios, con pocas casas y bajas, espacios amplios y poco cuidados. Una plaza o algo parecido. Por el medio los rieles del tranvía. Tranquilos y relajados, disfrutábamos de aquel día soleado, mi madre en el centro, yo de la mano de ella y ella cogida del brazo de mi padre. Un tranvía llega lentamente y se detiene en la parada. Bajan unas personas y suben otras. Y el tranvía reemprende lentamente su viaje.

A lo lejos, quizá veinte o treinta metros, veo un hombre que corre hacia nosotros y, con horror, me doy cuenta de que es un miliciano. Viene sin duda a prender a mi padre. Aterrorizado, me abrazo a sus piernas llorando y -supongo- tratando de ocultarlo. Cierro los ojos y me aprieto más contra su pantalón. Pasan unos segundos y no ocurre nada. Me atrevo abrir los ojos y a mirar. Y veo que aquel miliciano pasa corriendo por nuestro lado y se sube al tranvía en marcha.


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