Revista poética Almacén
Impossibilia

[Marta Paredes]

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La pequeña explosión

Hace dos días, uno de mis mejores amigos, especialista en tigres, alcohol blanco, libros viejos y afeites femeninos, me desafió a narrar por fascículos la historia del universo. Con mal disimulado regocijo (larga es la vanidad, breve la vida) acepté el reto, y aquí me veo ahora, torpe ante mi columna de cristal, jugando a hacer brillar unas cuantas palabras delante de sus ojos. Me apresuro a aclararles que una Historia del Universo no es una Historia Universal (lo que, hasta hace poco tiempo, equivaldría a afirmar una Historia de Europa), pero tampoco una versión apretada de la Guerra de las Galaxias. Rehúso, pues, de antemano a cualquier plan cronológico ¾ es decir, colonial. Como ven, estoy aproximándome a mi objeto por descarte, tanteo y disimulo, no sea que en cualquiera de estas líneas me encuentre de repente con lo que ando buscando y me quede de piedra, gorgona despeinada e indecente en la incómoda eternidad de sus pantallas. Una revelación súbita suele dañar más de lo que salva.

Hoy me dispongo a hablarles de explosiones. El último pensamiento científico ha venido recurriendo a esta metáfora para explicar el farragoso tema de la causa primera. Como saben, la pregunta acerca del origen ya había preocupado a los escuetos sabios presocráticos, que cifraban sus desvelos en versos enigmáticos ("Las cosas están llenas de dioses", escribió Tales de Mileto como preludio a Rilke). Antes que ellos, Hesíodo había cifrado el arjé en un bostezo enorme de la Tierra. Imagínense a una Gea más bien floja y legañosa, saltando de la cama en mañanitas y porfiando en vano con su boca, que insiste en entreabrirse para dar paso al mundo. Evidentemente, una explicación tan bella no habría podido surgir sino antes de la imposición del racionalismo —todo racionalismo es, en cierta medida, fruto de una imposición. Así que les propongo deshacerse del demonio socrático que, por desgracia, todos llevamos para volver a Hesíodo y a su primer bostezo germinal. Porque, si bien se mira, los días están llenos de diminutas réplicas de la explosión primera, de leves movimientos en los que el ciego azar y el caos miope echan una partida de ajedrez con nuestro aburrimiento y le hacen jaque mate. La llama del calentador, que es solamente azul porque ha cedido el rojo al pábilo nocturno; el chorro de la ducha, que amenaza tormenta; un corcho de botella despedido; las consonantes oclusivas; el deseo y sus huellas; una carcajada; el baile trepidante de una lavadora; el gas de los refrescos; un orgasmo; la aparición de una espinilla en un rostro adolescente; un chasquido; un beso inesperado; la bofetada que le dio Rita Hayworth a Glenn Ford; la aparición de Petra a los ojos cansados del primer europeo; las ruinas de Troya bajo el pico y la pala del excéntrico Schliemann.

Pero, sobre todo, permítanme que me detenga en los estornudos, parecidos al bostezo hesiódico pero con más estruendo y con un aliciente: la ceguera. Se habrán fijado ya en la imposibilidad de estornudar con los ojos abiertos. Se diría que este hecho no es casual, que el estornudo es un acto sagrado precisamente porque nos hace ciegos mientras dura, porque extiende fugaz su estela de gotitas ruidosas, porque interrumpe palabras o silencios y arranca del oyente exclamaciones pías.

En su noventa por ciento el universo está compuesto de materia oscura. Es sabido que Edipo alcanzó la visión poco antes de arrancarse los ojos. Hecho materia oscura, hombre sin sombra errante por los campos de anémonas en flor, cegó sus iris llenos de cristales y vio por fin la luz. Me lo figuro alérgico frente a la primavera cruel del Ática y celebro con él la pequeña explosión del estornudo, que nos cierra los ojos y nos abre la boca sin premeditación, eco lejano y breve del big bang.


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