Revista poética Almacén
Estilo familiar

[Arístides Segarra]

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Teología

Mi mujercita me sugiere, cándida, que les hable de la navidad. Un viejo conocido ya dijo que dios no puede pecar ni aún queriendo: distraído, espantado o simplemente azorado por su consecuencia lógica, cortó su razonamiento en este punto. Como me molestan extraordinariamente las ideas detenidas por el miedo, les hago ver que de ello puede deducirse la superioridad humana sobre el omnipotente demediado: nosotros, mortales, podemos más que dios, podemos pecar. Si lo evitamos no es por nuestra incapacidad para realizarlo sino por decisión, en la mayoría de ocasiones más atrabiliaria que arbitraria.

Los romanos consideraban los últimos días del año como un tiempo de purificación, idea compartida con los mayas y con alguna de la moderna literatura autoadyuvante. Aunque los primeros no dejaban de ser unos campesinos ilustrados, los segundos guerreros ritualistas, y los últimos gentes de escaso saber y entender, ni amigos de Platón ni de la verdad, la fuerza centrífuga de la memez me lleva a estar más cercano a la austeridad de los días nefandos que a la alocada y coercitiva felicidad de los fastos propios de estas fechas. Puedo reflexionar sobre ello con cierta frialdad hasta el momento en que mi tierna infante aparece en escena.

Irene nació, por expreso deseo del ginecólogo, un treinta de diciembre. Añadan, pues, ustedes, al cómputo ya de por si ubérrimo de celebraciones empresariales anuales, cenas de renovación amical, convivios familiares, apuestas con la fortuna siempre infortunadas, agasajos obligados a quien no lo desea o no lo merece, y demás tropelías que sólo una voluntad férrea y un cuerpo disciplinado consiguen evitar (huelga decir que no son los míos), la celebración del natalicio de mi pequeña.

Añadan, y no en último término, que su madre considera imprescindibles para el correcto desarrollo intelectual y emocional de mi poco precavida niña su inmersión en semejante vórtice socialmente autolaudatorio y individualmente ultrajante. Nada tiene de extraño, por otro lado, ya que la meta última de cualquier psicólogo es la formación de individuos socialmente correctos, lo cual les lleva, en no pocos casos, a la identificación de libertad y locura, siquiera poéticamente. Nunca aprecié ninguna verdad en la metáfora, y en esas sigo.

Irene, pues, celebra la navidad. Irene, pues, celebra el año nuevo. Irene, pues, celebra el día de reyes. Irene, además, celebra su cumpleaños. Irene recibe regalos en navidad, Irene recibe regalos en su cumpleaños, Irene recibe regalos en reyes. ¿Alguien cree que mi retoño pueda superar anualmente semejante desmesura con bien? Si lo creen, díganmelo, para que pueda desmentirles con pruebas que alargarían en exceso lo que brevemente puede ser dicho: no.

Convertido, como ya sabe el amable lector, en sabueso de los indicios de sanidad mental que mi hija siembra para que yo los abone, los alimente y los recoja, no he tenido más remedio que agarrarme a un clavo. No, ardiente no. A un clavo clavado en una cruz. No teman. No he sufrido una crisis espiritual, ni me ha sido revelada la verdad. Mas bien he tenido que escarbar en sepulcros embellecidos por la historia para intentar que nazca en mi niña un atisbo de contradicción.

Días atrás, mientras la tenia conmigo, me pidió visitar al niño Jesús. En persona, no en foto ni en figurita. Azorado, aunque inicialmente me tentase la archiconocida maniobra dilatoria del "ya iremos a visitarlo otro día", tuve que decirle que eso era imposible. El niño Jesús había muerto ya, hacía mucho, mucho tiempo, crucificado por sus malvados enemigos. Ni una princesa valiente, ni una madre abnegada, ni un padre omnipotente, ni sus amigos, escasos pero fieles, ni la justicia, ni la razón, ni el cazador de Caperucita lograron salvarle. Desconsolada e inconsolable lloró escasos minutos, los suficientes para entender que toda celebración oculta el dolor, pero no lo hace desaparecer. Después, me hizo prometer que le contaría la historia del niño Jesús con todo detalle. La comencé, aunque le hice ver que era excesivamente larga para sus cuentos nocturnos y que la completaríamos en entregas sucesivas. Reticente, aunque conformada, sólo pidió una cosa: cambiar esos extraños romanos y los no menos ajenos escribas y fariseos por un enemigo reconocible, plausible para su mundo. Ya la conocen ustedes: su confianza en el poder de la narración, de la palabra, es ilimitado, y siempre termino derrotado ante su fe. Así pues, he dejado de lado momentáneamente el diccionario de uso filosófico para enfrascarme en la escritura de un nuevo texto apócrifo: el Evangelio del Lobo Feroz.


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