Revista poética Almacén
Punto de encuentro

[Alfredo Bruñó]

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El encuentro en el más allá

Leo en un libro de artículos académicos sobre el ocio (Histories of Leisure, Berg, Oxford, 2002), un artículo sobre el glamour hollywoodiense en Italia durante la posguerra. Traduzco un párrafo:

Podría decirse que el glamour es el lenguaje del lo cautivador y el deseo de la sociedad capitalista. Sus formas cambian pero siempre está ahí para ser consumido indirectamente por las masas que ven en el glamour una imagen de la vida escrita con mayúsculas siguiendo los criterios de una sociedad de mercado. Como lenguaje es híbirido, en el sentido de que mezcla el lujo, la clase, la exclusividad y el privilegio con la sexualidad y la seducción de la prostitución, el entretenimiento y el mundo comercial. En el glamour moderno persisten las formas y los estilos aristocráticos pero- sin la belleza, el color y los atractivos sexuales del teatro popular y la prostitución de clase alta- el drama, el dinamismo, el escándalo y el despliegue femenino que son esenciales en el glamour, no existirían. Porque se dedica a lo femenino y a la moda, igual que al sexo y la visibilidad, el mundo del espectáculo aporta gente, historias, modos, y caminos para la movilidad que son únicos. Históricamente, el glamour también ha aportdo un aire de escándalo y sensualidad que eran importantes para excitar a la moralidad de las clases medias [middle-brow morality].

Estoy encantado con haber encontrado no sólo el libro, sino el párrafo citado. Si el glamour es un producto industrial, tan industrial como cualquier perfume, prácticamente lo único que se espera de nosotros en relación con él, es que lo consumamos. El glamour se produce en masa y se espera que se venda en masa. Es el paraíso en la Tierra del hombre y la mujer modernos, esos que ya no creen en ningún otro paraíso. El glamour es la tierra prometida para las masas.

Si en el barroco la Iglesia se molestaba con el teatro, era porque éste le quitaba espacio y protagonismo. El público se pasaba la tarde entera en el teatro; no le quedaba tiempo para ir a esa otra representación que era la misa. Pero el teatro, con su glamour primitivo, también prometía otro tipo de vida, otro paraíso, y eso, para la iglesia era intolerable. No me extraña que los censores eclesiásticos exigieran, y al final lograran, el cierre de los teatros durante años.

A la postre, triunfó el teatro. O mejor, el espectáculo: el teatro, el cine, la televisión. Como ustedes lo prefieran. Hemos cambiado un paraíso por otro. En Occidente, ya nadie quiere esperar a morirse para disfrutar de la verdadera vida, la buena vida. Ahora se puede conseguir esa vida en El Corte Inglés. Y para ayudarnos a saber lo que podemos descubrir en ella, está el espectáculo.

Todo el mundo vende glamour. Es la obsesión por las marcas. La publicidad incesante. Por eso no tengo televisor y voy tan poco al cine. Precisamente, mi semi-separación del mundo [ver artículos anteriores], es una separación de cualquier idea de glamour que yo haya podido albergar. Lo que quería, al adoptar mi vida ascética, era dejar atrás ese anhelo.

Y habiendo abandonado la creencia en los paraísos, el del glamour y el de la religión, lo que he experimentado es una sensación total de desamparo, de sinsentido. Mis amigos tienen razón al acusarme de nihilista. No creo en nada. Pero ese desamparo que siento no exige consuelo. La verdad es que me tranquiliza bastante. Incluso paso por momentos de enorme felicidad y plenitud, sabiendo que todo es pasajero, que todo se acaba, que no hay más allá. Aunque el más allá sea asequible en cualquier tienda de diseño.

Cuando alguien es inmune a los reclamos de consumo que encontramos a cada paso por nuestras ciudades, esa persona resulta amenazante. Pero yo prefiero no juzgar a nadie, no considerar a nadie mejor ni peor porque cree en una religión, en la del consumo, llamada glamour, o en cualquiera de las otras. Precisamente, escribo esta columna porque quien me la pidió, el amigo Colom, me consideraba extraño. Podría decir que la escribo para intentar explicarle que sin religión también es posible vivir bien.


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