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	<title type="text">Libro de Notas - Cartas desde Brasil</title>
	<subtitle type="text">diario de los mejores contenidos de la red en español</subtitle>
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	<updated>2022-09-06T17:49:23Z</updated>
	<author>
		<name>Marcos Taracido</name>
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	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2010-04-07T09:30:13Z</published>
		<updated>2010-04-07T09:30:13Z</updated>
		<title type="html">Precandidatos postlula</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<blockquote>
		<p>&laquo;Si Jesucristo estuviese aquí y Judas hubiese sido votado por un partido cualquiera, Jesús tendría que llamarlo para formar coalición&raquo;<br />
Luís Inácio Lula da Silva</p>
	</blockquote>

	<p>En Brasil las campañas políticas no terminan nunca. Los partidos tienen derecho a minutos de radio y televisión para sus cuñas publicitarias durante todo el año. Todo el tiempo, a todas horas, son anunciados con no disimulado autobombo los logros o simplemente las propuestas de ediles, diputados y senadores. Por las calles de la ciudad circula a veces una ambulancia vacía, que puede ser una simple furgoneta blanca con una cruz roja pintada en las laterales, con carteles que proclaman en letras de molde el nombre del supuesto “conseguidor” de esa maravilla de cuatro ruedas. Es el precio de las famosas listas abiertas y la expresión de una cultura política que confunde los servicios públicos del Estado con el asistencialismo más cutre y rastrero.</p>

	<p>Las elecciones en Brasil me recuerdan las votaciones para delegado de clase de cuando yo era estudiante. Siempre estuve en contra de los “delegados”. Buena parte del debate político en Brasil me hace revivir aquellos retruécanos personalistas que yo detestaba pero que tanto nos entretenían. A veces creo estar leyendo un comentario político en el periódico y cuando voy por la mitad de la columna me doy cuenta de que estoy enfrascado en un sesudo análisis prospectivo sobre los acontecimientos televisivos de “Gran Hermano”.</p>

	<p>En octubre de este año habrá elecciones presidenciales en Brasil, y Lula, por primera vez desde la restauración democrática, no podrá presentarse. Dilma Rousseff, la candidata del PT (<em>Partido dos Trabalhadores</em>), a quien la sabiduría popular ha convertido en “la mujer de Lula”, a pesar de no ser su esposa, es mandona y sin carisma. José Serra, el precandidato del <span class="caps">PSDB</span> (<em>Partido da Social Democracia Brasileira</em>), es serio y eficiente, un poco triste pero con un misterioso tirón electoral. Marina Silva, la salvaje ecologista del PV (<em>Partido Verde</em>), es carismática y reservada, prudente y religiosa. Heloísa Helena, la monjil líder del <span class="caps">PSOL</span> (<em>Partido Socialismo e Liberdade</em>), es valiente y dura, un poco histérica, aunque dice (a gritos) verdades como puños. Ciro Gomes, el quinto (¿?) en discordia, del <span class="caps">PSB</span> (:Partido Socialista Brasileiro_), es joven y está sobradamente preparado. Qué bien. Qué bonita novela. </p>

	<p>Dilma, la candidata de Lula, es la candidata de Lula. Esto es un pleonasmo, ya lo sé, pero es que no se puede decir de otra manera. Imaginemos por un instante que somos presidentes de una nación, o gobernadores de un Estado o simplemente presidentes de la comunidad de vecinos de nuestro edificio. Imaginemos que alguna disposición legal nos limita el número de mandatos. Si pertenecemos a una cultura endémicamente caudillista, tenemos solo dos opciones para continuar en el poder. Una, evidente, es liquidar por las bravas la propia limitación de mandatos, lo que, recuérdese el caso de Manuel Zelaya en Honduras, puede acabar como el rosario de la aurora. La otra es, aprovechando el carisma (e incluso la incontestable belleza, diría yo) que da el poder, colocar a alguien sin mucho apego al cargo a calentarnos la poltrona hasta que estemos de nuevo habilitados para sentar en ella nuestras reales posaderas. Sentarse por nalgas interpuestas, podríamos decir. Como además de patrimonialista y caudillista, o tal vez por eso mismo, el poder político suele ser patriarcal, una salida bastante frecuente en estas latitudes suele ser poner a la mujer de uno en el lugar de uno. La mujer tiene que tener “vocación” política y el matrimonio debe gozar de una solidez poco común. Lo que por otra parte, como enseñan consejeros matrimoniales y libros de autoayuda, solo se consigue cuando se comparten objetivos claros y concretos. ¿Y qué objetivo más claro y concreto puede haber que seguir viviendo en el palacete que ya hemos convertido en nuestro hogar?</p>

	<p>En Río tuvimos un gobernador muy gracioso, aunque nefasto, que había sido locutor de radio antes de político y que tenía un discurso religioso delirante. Este personaje, más bien gordito, que respondía al increíble nombre de Anthony Garotinho, consiguió que su amada esposa, conocida políticamente como Rosinha Garotinho, fuese elegida gobernadora, tras hacer campaña para ella con todos los recursos de que disponen los gobernantes. Tuvo y aún tiene innumerables problemas con la justicia, pero sigue alimentando espiritualmente a su público, manteniendo un cierto control sobre una parte nada despreciable del electorado fluminense.</p>

	<p>(A propósito, y esto es un comentario al margen, Garotinho fue protagonista de una huelga de hambre hilarante cuando se decía perseguido por la justicia, que nadie se tomó en serio y que solo provocó comentarios humorísticos sobre métodos radicales de adelgazamiento. Posiblemente en toda su vida política nunca Garotinho conseguirá obtener tanto apoyo incondicional e irrestricto de la opinión pública, que lo animaba en cartas y artículos de prensa, en pegatinas y carteles por las calles, a continuar la huelga de hambre hasta el final. Lo que, como no es difícil imaginar, no hizo. Quién sabe si entre la herencia política de Garotinho no debemos considerar la desdramatización en Brasil de esa tan radical medida de protesta política, que ahora, ante la estupefacta incomprensión del propio Lula, pone en un brete al régimen castrista. Fin del comentario marginal). </p>

	<p>Decir que Dilma es la mujer de Lula, además de falso en sentido estricto, puesto que el actual presidente brasileño está casado con otra mujer (que también lo acompaña a todas partes), es tremendamente injusto con su trayectoria política. Que empieza en la lucha guerrillera contra la dictadura militar y pasa por la secretaría municipal de Hacienda de Porto Alegre y la estadual de Minas y Energía, primero en el <span class="caps">PDT</span> (<em>Partido Democrático Trabalhista</em>), que ayudó a fundar, y luego en el PT (<em>Partido dos Trabalhadores</em>). En el primer gobierno de Lula fue ministra de Minas y Energía, y en el segundo y actual es Jefa de la Casa Civil, una especie de vicepresidenta de hecho. En fin, que ya es una mujer muy poderosa, aunque nunca haya pasado por unas elecciones y no tenga ningún control sobre el partido que ahora representa. En ese sentido, la candidatura de Dilma por el PT es indudablemente una imposición, y una apuesta personal, del propio Lula, que pretende transferirle los votos que promete su altísimo porcentaje de aprobación entre los brasileños (a día de hoy, el 84% de la población considera el gobierno de Lula bueno o muy bueno).</p>

	<p>José Serra, del <span class="caps">PSDB</span>, por su parte, además de ser el rival derrotado en las primeras presidenciales que Lula ganó, en 2002, había sido anteriormente ministro de Sanidad durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Ahora es gobernador del Estado de São Paulo, donde ensaya su conocida propensión a privatizarlo todo.</p>

	<p>Y ambos son los personajes principales de la novela que se avecina. El presidencialismo brasileño tiene estas cosas. Por una parte, las campañas se destinan a poner a una persona en el sillón de máximo mandatario del país. Orientadas <em>ad hominem</em>, promueven los más bajos instintos populistas de los candidatos, que acaban construyendo personajes de <em>reality show</em> para conquistar la simpatía del público. El pueblo votante descarga catárticamente sobre los hombros del elegido todas sus esperanzas y aspiraciones. Pero la elección del presidente no garantiza que el elegido pueda gobernar, y si su partido no consigue mayoría en el congreso, deberá realizar alianzas a diestro y siniestro para poder cumplir mínimamente su programa de gobierno.</p>

	<p>En Brasil la elección directa del presidente constituyó un marco histórico en el largo camino hacia la democracia, cuando al final de la dictadura militar las fuerzas progresistas lanzaron la campaña, “Diretas já”. Hoy se da una situación que me parece paradójica. La izquierda brasileña, principal protagonista de esa lucha, es decididamente presidencialista. Mientras que de vez en cuando surgen voces favorables al parlamentarismo entre los representantes de la derecha más cavernosa.</p>

	<p>Ciertamente, con este congreso que hay en el país, fragmentado y corrupto, el parlamentarismo es una opción que solo puede producir terribles pesadillas. Y ante la inevitable incertidumbre sobre lo que nos depara el futuro, pase lo que pase en las elecciones que se celebrarán este año, gane Serra o Dilma, siempre tendremos el amparo de una única certeza: que el <span class="caps">PMDB</span> (<em>Partido do Movimento Democrático Brasileiro</em>), partido bisagra dispuesto a pactar con todos, seguirá en el gobierno. </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>En octubre de este año habrá elecciones presidenciales en Brasil, y Lula, por primera vez desde la restauración democrática, no podrá presentarse. Dilma Rousseff, la candidata del PT (<em>Partido dos Trabalhadores</em>), a quien la sabiduría popular ha convertido en “la mujer de Lula”, a pesar de no ser su esposa, es mandona y sin carisma. José Serra, el precandidato del <span class="caps">PSDB</span> (<em>Partido da Social Democracia Brasileira</em>), es serio y eficiente, un poco triste pero con un misterioso tirón electoral. Marina Silva, la salvaje ecologista del PV (<em>Partido Verde</em>), es carismática y reservada, prudente y religiosa&#8230;</p>]]></summary>
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	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2010-02-19T08:00:00Z</published>
		<updated>2010-02-14T17:24:28Z</updated>
		<title type="html">Calor y desorden</title>
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		<category term="Sociedad" />
		<category term="Políticas nacionales" />
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>Quizá más tarde llueva. Este calor húmedo, pegajoso, bien que podría dar paso a una lluvia torrencial al final del día. Fue así durante casi una semana, pero ahora llevamos ya algunos días sin lluvia y esta sensación de ahogo no nos da descanso. El aire está denso y parece llegar con dificultad a los pulmones. Dicen que este es el verano más caluroso de los últimos setenta años. Yo nunca había pasado tanto calor en Río, ni por tanto tiempo.</p>

	<p>En casa teníamos un aparato de aire acondicionado en la sala-escritorio, pero lo quitamos por falta de uso. Aquí, frente a la <em>Floresta da Tijuca</em>, donde vivo, bajo el sobaco (derecho) de Cristo, la temperatura en verano suele ser más agradable que en otros lugares de la ciudad, así que casi no lo usábamos. Además prefiero los ventiladores de techo. Simple opción estética. Las sombras de las aspas del ventilador cortan la luz cenital, como fotogramas de una película en blanco y negro, creando un clima misterioso de novela policíaca, una camisa clara mojada y llena de arrugas, el rostro sudoroso de un detective en Nueva Orleáns, Rick Blaine en Casablanca… Empezamos a sudar en claroscuro y a partir de ahí cualquier cosa puede suceder.</p>

	<p>Mi ordenador echa fuego, mi cerebro hierve. Un ventilador auxiliar en el suelo, a mi lado, me enfría un poco el costado. Estoy en calzoncillos y pretendo escribir para LdN sobre el verano y el “choque de orden” en Río de Janeiro. Febrero de 2010. No tengo mucho tiempo, pienso salir dentro de poco a <em>pular carnaval</em> o a beber unas cervezas <em>estupidamente geladas</em>, o las dos cosas al mismo tiempo, aunque tal vez decida quedar sentado en algún bar, porque con este calor no tengo el ánimo muy saltarín. El carnaval no me entusiasma. Soy un tipo más bien poco entusiasmado, en general&#8230;.</p>

	<p>Pero yo quería hablar del dichoso “choque de orden”. El alcalde de Río empezó su mandato con dos propósitos fundamentales, iniciar un “choque de gestión”, que optimizase los recursos públicos para ofrecer mejores servicios a la ciudadanía, e implantar un “choque de orden”, que acabase con la bandalha, el quilombo y el caos que impera entre los cariocas en su relación con la ciudad: los coches aparcados encima de las aceras, el suelo lleno de envoltorios de helados, colillas, botellas, papeles, cajetillas de tabaco; la absoluta falta de respeto a las normas de tráfico. Como canta Adriana Calcanhoto, <em>carioca não gosta de sinal fechado</em> (a los cariocas no les gustan los semáforos cerrados).</p>

	<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/g8wjuI2joB8&hl=es_ES&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/g8wjuI2joB8&hl=es_ES&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

	<p>Y ahora que el mundo entero nos mira, que nuestro presidente es un estadista global y que Río, la postal turística de Brasil, va a ser sede de un Mundial de fútbol y de unas Olimpiadas, no podemos <em>fazer feio</em>. Nos sentimos observados, y quizá sea por eso por lo que andamos con el paso cambiado, tropezando en lugares que conocemos de memoria, calculando el alcance de nuestras zancadas, como quien ha perdido la naturalidad intentando reproducir movimientos que no son suyos. <br />
Espero que más tarde llueva, pero no mucho. La última vez que llovió, con rayos y truenos durante más o menos una hora, el agua entró por las rendijas de las ventanas de madera. Regueros de agua, como pequeñas cataratas, se deslizaban entre las persianas venecianas, y tuvimos que acudir a nuestras reservas de toallas viejas para impedir que todo se inundase. Aunque estaría bien que lloviese un poco, para refrescar el ambiente. Ahora mismo debería estar en la playa, y no aquí frente a este ordenador caliente, que también sufre, el pobre.</p>

	<p>La playa es precisamente el objetivo preferente del “choque de orden” de la alcaldía. Mi pedazo de playa habitual está entre el puesto  8 y el 7, en Ipanema. Los números corresponden a los puestos de salvamento, situados a cada kilómetro, o algo así, con baños públicos. La arena de Ipanema se divide en parcelas para las más diversas tribus. Entre el 9 y el 8 es la zona gay, frente a la calle Farme de Amoedo, que marca su territorio con una bandera multicolor. Frente al puesto 9 era un área <em>petista</em>, pero ahora no sé, porque la cosa está medio confusa. De todas formas, allí aún se reúne una peña más intelectual y politizada. Antiguamente había una vieja bandera del PT, izada cada día por un uruguayo que tenía un tenderete en el que hacía un churrasco espectacular. Más allá del puesto 9 están los deportistas, surfistas, el personal del voleibol, halterofilistas y otras especies con las que  tengo en general poca o ninguna intimidad.</p>

	<p>Las cosas en la playa funcionan más o menos así. Se puede llegar con toalla (en realidad con toalla de verdad sólo llegan los guiris, los cariocas van con <em>canga</em>, un paño leve de tejido fino para echarse en la arena, que para secarse ya está el sol), se puede llevar silla plegable, sombrilla, tumbona, los flotadores de los niños, la piscina del bebé, la nevera plástica con las bebidas, en fin, se puede ir como a cualquier otra playa del mundo en verano. Pero también es posible llegar con las manos vacías. Porque la playa es un enorme mercado al aire libre.</p>

	<p>Allí encuentras todo lo que buscas y lo que ni siquiera imaginas. A cada pocos metros hay tenderetes que alquilan sillas y sombrillas, que venden bebidas, que incluso ofrecen (algunos) una ducha para sacarse el salitre de encima antes de volver a casa. La playa es recorrida constantemente por vendedores ambulantes ofreciendo gafas de sol, bañadores, <em>cangas</em>, sombreros, protector solar, hamacas, camisas, vestidos y, por lo menos hasta ahora, también comidas diversas: sándwiches, <em>empadas</em>, pinchos de gambas, helados, ostras, queso asado (<em>queijo coalho</em>), ensaladas de frutas…</p>

	<p>Me quejo del calor, y eso que estoy sentado golpeando teclas, pero trabajar de verdad, ese castigo bíblico, es cargar enormes neveras de poliespán llenas de hielo y bebidas por la arena seca de Ipanema. Yo no sufro como un ambulante, pero aún así voy a tener que instalar un aire acondicionado en la sala, aunque me fastidie, aunque me reseque la nariz y me dé alergia, porque con este calor el cerebro late dentro del cráneo y no se puede pensar y todo parece indistinto y confuso. Debería estar en la playa. Si al menos lloviera…</p>

	<p>Decía que la playa es un hervidero de gente y experiencias, que es el único lugar de Río donde la convivencia entre_ favelados_ y habitantes del asfalto, extranjeros y <em>cariocas da gema</em>, niños y ancianos, negros y blancos, se da de forma natural y tranquila. Aunque es el lugar de trabajo de muchos, no hay ningún impedimento para que cualquiera disfrute de la playa como más le guste. Pues bien, Copacabana e Ipanema son los objetivos prioritarios del “choque de orden”. Empezaron haciendo un registro de los tenderetes, que luego fueron estandarizados. Por imperativo legal, las sombrillas ahora son todas amarillas. Después decidieron prohibir la venta de alimentos no industrializados. Adiós <em>queijo coalho</em>, adiós <em>empada praiana</em>, adiós churrasco uruguayo…</p>

	<p>Es verdad que comer ostras o gambas a pleno sol es una actividad de riesgo, pero cada uno se la  juega como quiere y tampoco es cuestión de llevar la pasión por los productos industrializados demasiado lejos. Además, no suele dar resultado. Nunca falta un vendedor de queijo coalho gritando como en sordina, para anunciar con sarcasmo su producto: “_o proibidão, está aqui o proibidão_…!”  Cuando las autoridades prohibieron la venta de mate frío casero (<em>mate-galão</em>) en la playa, una antiquísima tradición carioca, la reacción indignada fue tanta que tuvieron que retractarse poco después, y al día siguiente se podía oír a los vendedores por la playa gritando “_o liberadão, voltou o liberadão_…!”. </p>

	<p><center><img src="http://librodenotas.com/images/2038.jpg" title="tomada de http://psipanema.blogspot.com" /></center></p>

	<p>Y es que cuando a las autoridades brasileñas se les da por ponerse rigurosas, nada se salva. También quisieron prohibir el consumo de agua de coco en la arena de la playa, aunque al final triunfaron sobre los burócratas normativistas el sentido común, la tradición, la salud y la naturaleza&#8230;   </p>

	<p><center><img src="http://librodenotas.com/images/2039.jpg" title="tomada de ego.globo.com" /></center></p>

	<p>El otro día vi a unos agentes del “choque de orden” llevándose impunemente las bicicletas de unos vendedores de hielo ‘ilegales’. La línea que separa lo que algunos llaman “orden” de aquello que representa una injusticia es realmente tenue, y las autoridades brasileñas parecen complacerse en cruzarla. <br />
Ya se me ha hecho de noche. Y no, parece que no va a llover.    </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Pero yo quería hablar del dichoso “choque de orden”. El alcalde de Río empezó su mandato con dos propósitos fundamentales, iniciar un “choque de gestión”, que optimizase los recursos públicos para ofrecer mejores servicios a la ciudadanía, e implantar un “choque de orden”, que acabase con la bandalha, el quilombo y el caos que impera entre los cariocas en su relación con la ciudad: los coches aparcados encima de las aceras, el suelo lleno de envoltorios de helados, colillas, botellas, papeles, cajetillas de tabaco; la absoluta falta de respeto a las normas de tráfico.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2009-11-07T10:43:33Z</published>
		<updated>2009-11-07T10:43:33Z</updated>
		<title type="html">La muerte y la muerte de Hélio Oiticica</title>
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		<category term="Arte" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>Habíamos bebido unas cuantas cervezas en el mítico bar Luís, en la Rua da Carioca. Nos dirigimos no sé cómo a la inauguración del Museo Hélio Oiticica, porque se nos estaba acabando el dinero y alguien nos había dicho que allí habría güisqui gratis. Atravesamos aquellas oscuras calles de adoquines del centro de la ciudad, inventando sensaciones que no consigo recordar. Alguno de nosotros hizo una aguda observación sobre la curiosa paradoja que se contenía en la reunión de esas tres simples palabras, Museo-Hélio-Oiticica, pero no le hicimos ni caso.</p>

	<p>La flor y nata del arte local estaba allí, en la planta baja, atiborrándose de Johnnie Walker. Camareros de un blanco impoluto. Jurásicos guardias jurados. En el piso de arriba, solitaria, una representativa parte de la obra del artista neoconcreto, expuesta.</p>

	<p>¿Expuesta?</p>

	<p>Subimos a verla, a olerla, a oírla, a incorporarla. Entramos en un gran <a href="http://pt.wikipedia.org/wiki/Penetr%C3%A1vel">penetrable</a> laberíntico. En su interior, materiales de construcción, de demolición, deshechos, altavoces con ruidos urbanos, llenos de ecos, olor de plástico, tierra en los ojos. Vimos tres <a href="http://pt.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9lio_Oiticica">parangolés</a> colgados en una de las paredes y corrimos hacia ellos. Nos los pusimos. No, no nos los pusimos. Los inventamos sobre nuestros cuerpos, al ritmo de un baile descoyuntado, patético, sin pies ni cabeza. Como un mantel sobre el cuerpo, exactamente. Alguien preguntó ¿cómo se pone esto? y fue inmediatamente reprendido por los otros, que al unísono le gritamos que no había una manera de ponérselo, que no había en realidad cómo ponérselo, al mismo tiempo que nos enredábamos en las telas de colores, una cabeza aquí, un brazo allá, girando en una danza psicotrópica, con el estómago en la boca, en un equilibrio imposible, por un hilo.</p>

	<p><center><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/dJTr8I2M6Ps&hl=es&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/dJTr8I2M6Ps&hl=es&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></center></p>

	<p>Después, uno de nosotros, completamente tomado del espíritu de la cosa, se acercó a unos <a href="http://www.itaucultural.org.br/aplicexternas/enciclopedia/ho/index.cfm?fuseaction=Detalhe&amp;pesquisa=simples&amp;CD_Verbete=4297">bólides</a>, impregnó su mano derecha de un pigmento verde que estaba dentro de la caja que tenía a su lado y se la pasó por el pelo. Al vigilante de seguridad que nos observaba desde hacía tiempo aquello no le hizo la menor gracia. Con pasos lentos y firmes, exhalando un aura de inapelable autoridad, se aproximó hasta nuestro amigo del pelo verde y lo invitó amablemente a retirarse de la exposición. Mientras hacía tan educado convite, agarraba con delicadeza su brazo y paseaba su mirada sobre nosotros. Nos dimos por aludidos y decidimos acompañarlos hasta la calle. Pasamos al lado de unas fotos de <a href="http://forumpermanente.incubadora.fapesp.br/portal/.referencias/HO_img/maileryn/">cosmococas</a>, Marilyn nos siguió con aquellos hermosos ojos tristes, su rostro tatuado de cocaína. Bajamos las escaleras en la compañía del vigilante, que por algún motivo que desconozco apoyaba todo el tiempo la mano derecha en la pistola de la cintura. Nos despedimos, adiós agente del orden, y nos fuimos por las calles oscuras del centro de la ciudad en dirección a algún otro lugar que no recuerdo.</p>

	<p>No fuimos marginales ni héroes, cada uno se fue a su casa a dormir, cada uno se puso su pijama, cada uno dio la última meada tambaleante en su retrete, salpicando las baldosas que habían acabado de limpiar nuestras respectivas empleadas domésticas. Al día siguiente, como ejecutando una coreografía meticulosamente improvisada, bajamos, cada uno de nosotros, en silencio, hasta la farmacia para comprar medicamentos que nos permitiesen sobrellevar la resaca.</p>

	<p><center><img src="http://librodenotas.com/images/1870.jpg" width="400" height="347" /></center></p>

	<p>Uno de nosotros está muerto, se tiró por la ventana hace unos años. La obra de Hélio acaba de quemarse casi totalmente en la casa de su hermano, que la custodiaba  él mismo por causa de no sé qué desacuerdos con las administraciones públicas. <br />
Y estos días la prensa escrita, entre los partes de la guerra urbana, fotos de helicópteros derribados y cadáveres en carritos de supermercado, no deja de dedicar páginas y páginas a un interesantísimo debate sobre herencias y patrimonio.</p>

	<p>Post Scriptum: El incendio ocurrió el 16 de octubre de 2009. Al principio se estimó que se había quemado el 90% de la obra del artista. Una posterior evaluación de los daños, realizada por especialistas del Ministerio de Cultura brasileño, concluyó que, del acervo conservado en casa de su hermano, en el barrio Jardim Botânico, donde se produjo el incendio, el 70% del material era recuperable.</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Habíamos bebido unas cuantas cervezas en el mítico bar Luís, en la Rua da Carioca. Nos dirigimos no sé cómo a la inauguración del Museo Hélio Oiticica, porque se nos estaba acabando el dinero y alguien nos había dicho que allí habría güisqui gratis. Atravesamos aquellas oscuras calles de adoquines del centro de la ciudad, inventando sensaciones que no consigo recordar. Alguno de nosotros hizo una aguda observación sobre la curiosa paradoja que se contenía en la reunión de esas tres simples palabras, Museo-Hélio-Oiticica, pero no le hicimos ni caso.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2009-08-27T08:53:44Z</published>
		<updated>2009-08-27T09:05:38Z</updated>
		<title type="html">El español en Brasil: negocio o educación</title>
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		<category term="Politica-internacional" />
		<category term="Lengua" />
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em> </p>

<p align="right"><em>Amicus Plato, sed magis amica veritas</em><br />

Cicerón</p>

	<p>Suelo leer con distancia irónica los titulares de la prensa española sobre la imparable difusión de la lengua española en Brasil, esa “isla” de portugués rodeada por todas partes de países castellanoparlantes. Lo de la insularidad lingüística de Brasil me recuerda siempre aquel dicho inglés sobre el aislamiento del continente europeo. Supongo que muchos lectores de esos medios propagandísticos, quiero decir, informativos, deben pensar que dentro de nada podrán andar por este inmenso país de América del Sur hablando su castizo castellano sin necesidad de hacer ningún esfuerzo para ser comprendidos. Nada más lejos de la realidad. Por si acaso, quiero empezar aclarando que por aquí casi todo el mundo habla portugués (y más de 180 lenguas indígenas, además de italiano, alemán o japonés en históricas comunidades de inmigrantes). </p>

	<p>En el año 2005 se aprobó <a href="http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/_Ato2004-2006/2005/Lei/L11161.htm" title="planalto.gov.br">una ley</a> que establece la oferta obligatoria del español como lengua extranjera en los currículos escolares de la última fase de la enseñanza fundamental y en la secundaria. Es decir, que los centros de enseñanza públicos y privados deben ofrecer el español como asignatura obligatoria u optativa para los estudiantes, a criterio de las comunidades escolares. La aprobación de esa ley deflagró aquel torrente de comentarios y noticias delirantes sobre la transformación de Brasil en un <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/Brasil/bilingue/elpepucul/20081014elpepicul_4/Tes" title="El País">país bilingüe</a> del que hablaba al principio. También se destacaba la necesidad de que España asumiese un papel preponderante en la formación de profesores de español en Brasil. Sólo así se conseguiría regimentar el contingente necesario (utilizando el léxico bélico que los agentes del español internacional gustan de emplear) para acometer tal empresa de dimensiones continentales.  </p>

	<p>La política lingüística española que considera la <a href="http://www.elpais.com/articulo/educacion/BRASIL/EL_PAIS/INSTITUTO_CERVANTES/espanol/conquista/Brasil/elpedupor/20000508elpepiedu_1/Tes" title="El País">conquista de Brasil</a> un objetivo prioritario es la misma que invierte fuertemente en el valor económico de la lengua, pasando por arriba de cualquier consideración relacionada con la ecología lingüística, el respeto a la diferencia o el equilibrio multilingüe.  </p>

	<p>Además, para la ideología  “liberal” española, tan comprometida con el valor instrumental y productivo del castellano, la promoción de “las demás lenguas españolas” sería una aberración económica, pues le quitaría poder de persuasión a la política expansionista del español. ¿Cómo podría difundir su poder comunicativo por el mundo un idioma que no es capaz de ser completamente hegemónico ni en su propia casa? Cual bala perdida, los tiros nos llegan de rebote a los indisciplinados hablantes minoritarios, que nos negamos a participar en esa magna empresa de expansión internacional. </p>

	<p>Como la guerra de las lenguas es una batalla sin cuartel en busca de rendimientos económicos, no se ahorran esfuerzos para la conquista de mercados. Los discursos que intentan persuadir de la bondad y necesidad de esa política convierten el español en puro instrumento de comunicación, intentando <a href="http://miradassobrelalengua.blogia.com/2007/061102-jose-del-valle-la-lengua-patria-comun-politica-linguistica-politica-exterior-y-e.php;" title="Miradas sobre la lengua">desvincular la lengua de la cultura e incluso de la historia</a> si por un lado exaltan los valores del mestizaje y del hibridismo (para los otros), también proponen un férreo control sobre la lengua, en nombre del hegemonismo y de la centralidad normativa. Como los discursos propagandísticos suelen disparar para todos los lados, es frecuente que se argumente sin tapujos sobre el valor económico del español para España (representaría el 15% de su <span class="caps">PIB</span>, como se repite hasta la saciedad), al mismo tiempo que se enaltece la integración latinoamericana, aunque no parece que los países americanos de lengua oficial española sean llamados a beneficiarse de esa operación económica. </p>

	<p>Cuando se aprobó  la famosa Ley del español en Brasil, los propios medios oficiales brasileños relacionaban el acuerdo con la condonación de una parte de la deuda con España. Es decir, <a href="http://www.fundep.ufmg.br/homepage/noticias/3966.asp" title="fundep">España cambiaba deuda por enseñanza del español</a> en el sistema educativo brasileño. Y además se disponía a realizar inversiones para garantizar la implementación de la ley, posiblemente confiando en conquistar una posición privilegiada en un mercado emergente que no para de agregar nuevos consumidores.   </p>

	<p>El plazo que la ley se daba a sí misma para su completa implementación era de cinco años. Expira por tanto en 2010. Como el Estado brasileño no se ha esforzado mucho por hacerla realidad (por ejemplo, contratando a los profesores de español que ya están en el mercado o que salen cada año de las más de trescientas facultades que ofrecen estudios de letras orientados hacia esa lengua), el gobierno español y empresas asociadas han tomado la iniciativa, siempre de forma precipitada y arrogante. Hace dos años, por ejemplo, el banco de Santander propuso al Estado de São Paulo formar profesores de español con un curso a distancia del Instituto Cervantes. Las universidades paulistas se opusieron con determinación a esa medida absurda que pasaba como una apisonadora por arriba de su función constitucional de formar profesores para la enseñanza regular brasileña, devaluando el título de sus licenciados.  </p>

	<p>Ahora parece que vuelven a la carga. El pasado 4 de agosto se firmó un acuerdo al más alto nivel, entre el ministro de Educación brasileño y la vicepresidenta del gobierno español, para el uso de un programa de enseñanza de español a distancia del Instituto Cervantes en el sistema público de educación. Nuevamente la maquinaria pesada intenta atropellar el trabajo de los profesionales del español en Brasil. Los profesores de las universidades públicas, las asociaciones de profesores de español de los Estados y la Asociación Brasileña de Hispanistas hemos manifestado nuestro rechazo a esa medida y pedido explicaciones al Ministerio, aunque de momento ni siquiera hemos conseguido tener acceso al texto de la Carta de Intenciones que fue firmada por ambos gobiernos. Desde entonces no ha cesado la movilización.  </p>

	<p>Es un insulto a la inteligencia pretender usar una metodología de enseñanza de español a distancia, construida según las directrices del Marco Común Europeo de Referencia, en los colegios brasileños. La asignatura de  lengua extranjera en la enseñanza regular brasileña no tiene un carácter estrictamente instrumental, sino que pretende cumplir objetivos educativos más amplios, como poner al estudiante en relación con otras realidades culturales, hacerlo reflexionar sobre su propia lengua y sobre la diversidad lingüística, derribar estereotipos, dialogar con otras materias del currículo para cumplir objetivos transversales y contribuir, en suma, a una educación lingüística que vaya mucho más allá del simple dominio de la lengua como “puro instrumento comunicativo”. Eso es algo que la escuela puede y debe hacer, y en las universidades brasileñas trabajamos con empeño para formar a los profesores que puedan actuar críticamente en ese modelo educativo. </p>

	<p>En Brasil, por otra parte, ya se han puesto en marcha interesantes medidas de integración lingüística que funcionan bien, como las <a href="http://edubilinguedefronteramisiones.blogia.com/" title="edubilinguedefronteramisiones.blogia.com">Escuelas Interculturales Bilingües de Frontera</a>, en las que se utilizan métodos de inmersión lingüística, con profesorado de ambos lados de la frontera trabajando en conjunto. Hay también acuerdos entre Brasil y los otros países del Mercosur en los que prima la horizontalidad y la reciprocidad de las políticas lingüísticas, de manera que las mismas medidas educativas son adoptadas por todos.  </p>

	<p>El propio gobierno español, a través de la Consejería de Educación de la Embajada, aplica auténticas políticas de cooperación, creando Centros de Recursos Didácticos en colaboración con centros de enseñanza superior de Brasil u organizando cursos interuniversitarios de actualización para profesores. Yo mismo he impartido, como profesor de una universidad brasileña, uno de esos cursos, formando parte de un equipo interuniversitario de profesores brasileños y españoles. Eso es cooperación y difusión razonable del idioma. Lo otro es simple negocio y delirio imperial. El gobierno español y los consorcios empresariales que alientan ese tipo de políticas lingüísticas pueden poner el castellano a la venta en Brasil, si eso es lo que quieren. Pero que nadie se sorprenda si los brasileños deciden no comprarlo. Al final, el tiro les saldrá por la culata.  </p>

	<p><strong>Más información:</strong></p>

	<ul>
		<li><a href="http://espanholdobrasil.wordpress.com/">Plataforma Permanente para o Acompanhamento da Implantação do Espanhol no Sistema Educativo Brasileiro</a></li>
	</ul>

	<ul>
		<li><a href="http://addendaetcorrigenda.blogia.com/2008/100201-situacion-actual-de-la-ensenanza-de-espanol-en-brasil.php" title="Addenda et Corrigenda">Situación actual de la enseñanza de español en Brasil</a></li>
	</ul>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Lo de la insularidad lingüística de Brasil me recuerda siempre aquel dicho inglés sobre el aislamiento del continente europeo. Supongo que muchos lectores de esos medios propagandísticos, quiero decir, informativos, deben pensar que dentro de nada podrán andar por este inmenso país de América del Sur hablando su castizo castellano sin necesidad de hacer ningún esfuerzo para ser comprendidos. Nada más lejos de la realidad. Por si acaso, quiero empezar aclarando que por aquí casi todo el mundo habla portugués (y más de 180 lenguas indígenas, además de italiano, alemán o japonés en históricas comunidades de inmigrantes). </p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2009-04-22T08:13:56Z</published>
		<updated>2009-04-21T18:30:29Z</updated>
		<title type="html">(In)consistencias: Lula, los muros y la sagrada familia</title>
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		<category term="Politica-internacional" />
		<category term="Políticas nacionales" />
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>Es posible que me entregue sin culpa con demasiada frecuencia a la incoherencia verbal o que ande por ahí sin preocuparme demasiado por el sentido último de mis acciones. Además, tengo poco talento para proponer nuevas doctrinas y me falta fe para seguir las ya existentes, de manera que no me considero un individuo dogmático. Y sin embargo, me molesta la inconsistencia. Ya sé que, en estos tiempos líquidos, no debería preocuparme por la falta de bases sólidas sobre las que edificar un discurso o una acción política, pero confieso que me incomoda ese va-y-viene retórico, ese baile de ideas que vuelve del revés lo que ya está patas arriba, que representa un eterno más-de-lo-mismo con otra cara y que, al final, nos impide ver qué coño está pasando e imaginar alguna salida.</p>

	<p><strong>Uno</strong><br />
En un encuentro con Gordon Brown, Lula dice ante la prensa que la culpa de la crisis económica mundial es de personas blancas de ojos azules. Un periodista inglés finge no haber entendido la afirmación y le propone con malicia que desarrolle la idea. El presidente brasileño explica entonces que le parece injusto que los países más pobres paguen la cuenta de una situación que no han provocado. La prensa brasileña se muestra avergonzada por el papelón de Lula ante el primer ministro británico, que, siendo como es blanco (aunque no parece tener ojos azules), se habría quedado aún más pálido ante tal acusación. Artículos de opinión y cartas al director se dicen indignados por la repercusión internacional que pueda tener la metáfora “racista” del presidente. Algunos piden incluso que se le aplique la rigurosa ley brasileña contra crímenes de discriminación racial. </p>

	<p>Poco tiempo después, en el encuentro del G-20, la cumbre de líderes planetarios que iba a re-fundar el capitalismo, en rueda de prensa compartida con Barack Obama, Gordon Brown le devuelve la jugada a Lula, revelando que en una conversación privada este le habría confesado que se pasó toda la vida echándole la culpa a los otros: cuando era sindicalista, a los empresarios; cuando estaba en la oposición, al gobierno; y ahora en la presidencia de Brasil, a los Estados Unidos o a Europa. Lula concluía y Brown repetía que era el momento de que todo el mundo asumiera sus propias responsabilidades. Obama, con su sonrisa abierta y seductora, se mostraba totalmente de acuerdo. </p>

	<p>La estrella de Lula brilla de forma cegadora porque, como presidente de Brasil, el ex-metalúrgico ha alcanzado el don de la ubicuidad, el entre-lugar desde el que representar con convicción cualquier papel. Su autoridad reside, precisamente, en sus cualidades de camaleón, que le otorgan superpoderes de político perfecto. No hace mucho tiempo un prejuicioso artículo de <em>El País</em> mostraba su sorpresa por la naturalidad con que Lula, a pesar de sus orígenes humildes, vestía trajes de diseño. Pero es que el principal talento del presidente brasileño es precisamente el de saber vestir todos los trajes con la misma soltura. Desde los humildes frijoles con los que mataba el hambre en el brasileño estado de Pernambuco hasta las cenas de gala en el palacio de Buckingham, Lula ha desarrollado la extraordinaria capacidad de saber exactamente lo que debe decir ante cada auditorio, de modelar su discurso según las circunstancias, apoyándose siempre en la sólida base de su propia y vasta experiencia personal. Así es como se puede erigir portavoz de los países del Tercer Mundo sin por ello dejar de ser considerado miembro del exclusivo y elitista club de los países más poderosos del planeta (una aparente contradicción, por otra parte, perfectamente brasileña). Sólo hay que ver las fotos de los periódicos para comprobar cómo Lula resulta convincente con todas las ropas, en todas las situaciones: con la visera del <span class="caps">MST</span> o con traje blanco y sombrero panamá, al lado de grandes propietarios rurales; con mono y casco de la Petrobrás o conduciendo un tractor; con camisa, bañador o corbata. En todas las ocasiones es él, es real, su postura y su biografía lo avalan. Sospecho que Lula es sincero incluso cuando miente.</p>

	<p><strong>Dos</strong><br />
Hace tiempo que circula la propuesta de colocar muros alrededor de las favelas que están enclavadas en los montes de la Zona Sul de Rio de Janeiro, el gueto privilegiado de la ciudad, el reducto de las clases media y alta, la postal turística de Brasil. Es una propuesta que ya había sido presentada hace unos años por un político y arquitecto carioca, que fue alcalde de la ciudad, como solución para frenar la expansión y combatir el tráfico de drogas en A Rocinha, la favela más grande y posiblemente la más famosa de Río. No sé de quién ha partido esta vez la iniciativa, pero las autoridades municipales la estudian seriamente y han empezado a aplicarla en Dona Marta, en el barrio de Botafogo, con la aquiescencia de la prensa local, que considera que la oposición de algunos grupos de izquierda es sólo consecuencia de sus propios prejuicios ideológicos.</p>

	<p>La coartada es ahora políticamente correcta. Los muros serían, en realidad, “eco-límites” destinados a proteger la flora y la fauna de las reservas forestales urbanas. La favela, <a href="http://librodenotas.com/cartasdesdebrasil/8297/la-solucion" title="La solución / Cartas desde Brasil">como ya habíamos señalado en otra ocasión</a>, es fundamentalmente, para el sentido común que expresa la prensa carioca, un problema de paisaje. También se habla de “remoción”, algo así como extirpar un tumor, sin que nadie parezca dispuesto a discutir seriamente qué hacer con las personas que la habitan, vidas desnudas, individuos sin derechos que pueden ser sacrificados para mayor gloria del orden social imperante.</p>

	<p>Surge el debate (sobre los muros). Argumentos a favor y en contra. En entrevista al periódico Globo, que ha iniciado una auténtica campaña para que sean construidos, un líder comunitario afirma ser partidario de que se erijan esas grandes paredes. Este supuesto portavoz de los “favelados” se dice a favor por los motivos ecológicos aducidos y por una cuestión de seguridad, pues le permitirían sentirse como si viviera en un “condominio”, las urbanizaciones fortaleza en las que se encastilla la “clase media” (me cansa escribir una y otra vez, en mis cartas, este sintagma, en el que ni siquiera creo). Yo pienso en Valle Inclán. En Luces de Bohemia, cuando el preso anarquista le dice a Max Estrella que espera que la policía le aplique la “ley de fugas” y que lo maten por la espalda (algo, por otra parte, bastante común por estos pagos), exclamando: “¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas!”, el poeta ciego lo corrige afirmando que son los ricos y los pobres, que la barbarie ibérica (brasileña) es unánime. Y me pregunto por qué lo simple y consistente, lo que afirmaba el refrán de un viejo samba, que la favela es un problema social, se queda siempre fuera de foco. Discursos y acciones coherentes se apoyan en muros poco sólidos, y nada parece poder acabar con este círculo infernal de hipocresía y miseria.</p>

	<p><strong>Tres</strong><br />
Estoy harto de leer noticias sobre casos de corrupción en el Congreso y el Senado brasileños. Cientos de congresistas viven a cuerpo de rey, una corte hipertrofiada quema dinero público como si fuese un montón de hojas secas. Son miles de cargos y subcargos de confianza, millones de reales destinados a pagar los lujos de sus señorías, sus coches oficiales, sus “apartamentos funcionales” en Brasilia, sus teléfonos móviles, sus tarjetas de crédito institucionales, sus viajes por el ancho mundo. El penúltimo escándalo fugaz (mientras escribo esto ya habrán surgido otros) es la constatación de que los congresistas utilizan sus cuotas de billetes pagos por el erario público para costearles paseos turísticos en París o Nueva York a sus mujeres, novias, amantes o incluso suegras. Siempre respetando las normas del Congreso, que ellos mismo han aprobado. El fisiologismo, la patrimonialización del Estado, el ultra-conservadurismo de un sistema de castas, que funcionan como organizaciones mafiosas, forman parte del <em>modus vivendi</em> de sus señorías, que consideran todo eso de lo más natural.</p>

	<p>Cuando inquirido sobre esa particular malversación de fondos públicos que consiste en pagarles viajes de turismo a los familiares con dinero del Congreso, un diputado del ER, partido evangélico, se mostró sorprendido e incluso indignado. La respuesta del diputado ante la <em>infundada</em> acusación de corrupción tiene la solidez de las verdades eternas. Dice su señoría, que pleonásticamente responde al nombre de Inocencio, que “la familia es sagrada”. </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Lula da Silva achaca la crisis económica mundial a los blancos de ojos azules; las autoridades de Río de Janeiro estudian tapar las favelas con una muralla con la excusa de proteger la flora y la fauna de las reservas forestales urbanas; mientras, no cesan las noticias sobre casos de corrupción en el Congreso y el Senado brasileños.</p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2009-03-17T08:59:26Z</published>
		<updated>2009-03-13T20:02:31Z</updated>
		<title type="html">El dogma o la vida (cuando Dios no es brasileño)</title>
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		<id>tag:librodenotas.com,2009-03-13:77c262b7562572606450a68115f67ab6/0080cf83812b677570055528c111f968</id>
		<category term="Moral-y-Religion" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>La <em>Demanda do Santo Graal</em> es la versión gallego-portuguesa, del siglo <span class="caps">XIII</span>, de una serie de novelas que tuvieron un extraordinario éxito en la Europa medieval, con el rey Arturo y su corte como protagonistas. El libro de ese ciclo que sirve directamente de base a la recreación gallego-portuguesa (en la Edad Media toda traducción es en realidad una libre adaptación) es el titulado <em>Le Conte du Graal</em>, escrito unos años antes por Chrétien de Troyes, aunque, como es común también en esa época, la versión ibérica recoge elementos de otras e incluye situaciones y personajes de su propia cosecha. En esta versión, el héroe que conseguirá encontrar el Grial es Galaaz, o Galahad o Gwalchavad, el hijo de Elena de Carbonek con Lanzarote, o Lancelot.  <br />
El Grial sólo podrá ser alcanzado por el caballero más puro. Ese adjetivo, que condensa las cualidades cristianas del héroe, se refiere especialmente, claro está, a su castidad. Por ello, el caballero elegido siempre es puesto a prueba en ese sentido. Los Monty Phyton, en su parodia de la leyenda artúrica, sitúan al héroe en un castillo, huyendo apavorado de mil vírgenes ansiosas para dejar de serlo, que lo persiguen como locas arriba y abajo por pasillos de piedra.</p>

	<p>La “prueba” en la Demanda aparece narrada de la siguiente manera, si no recuerdo mal. Galaaz es recibido como huésped en un castillo y la hija del anfitrión se enamora de él. Una noche la doncella aparece en camisón y empuñando una espada en la habitación donde Galaaz dormía, sin quitarse la malla metálica, en posición de firmes, como corresponde a un caballero-monje que desprecia su propio cuerpo. La joven hija del señor del castillo se le declara y amenaza con hacerse el harakiri (no en esos términos, claro está) si no accede a acostarse con ella (como vemos, estamos ante una virgen no menos histérica que las de los Monty Phyton). Galaaz se encuentra ante un dilema moral de difícil solución: o cede a las exigencias de la doncella, perdiendo su pureza y cualquier posibilidad de encontrar el Grial, o se niega a satisfacer sus deseos y se hace así culpable de su muerte. En ese momento, y el narrador anónimo no deja de contarlo con todo detalle, el héroe duda, y al dudar se hace humano.</p>

	<p>Para salvar el relato, y al héroe y su misión, el dilema se resuelve <em>ex machina</em>, si podemos decirlo así. La doncella se mata antes de que Galaaz haya tomado una decisión, en realidad, un microsegundo antes de que acceda a sus deseos, de manera que no tiene ocasión para pecar y tampoco se le puede culpar por su muerte. En cualquier caso, el relato medieval, se supone que escrito por un creyente católico, muestra que ningún dogma resiste al confronto con la realidad, que la vida humana en sus muchas y variadas circunstancias no se deja aprisionar en reglas rígidas, en leyes severas, en axiomas inapelables. El héroe gana aún mayor altura porque se humaniza al renunciar al Grial para salvar una vida, haciendo el sacrificio de ceder a los requerimientos sexuales de la doncella (no me resisto a intuir una irónica y maliciosa sonrisa en la boca y la pluma del anónimo narrador, por muy medieval que sea).</p>

	<p>La <em>Demanda do Santo Graal</em> ya ha sido leída, también, como una crítica contundente a la Iglesia católica, a su hipocresía y corruptelas. De hecho, el segundo héroe de la trama, el otro caballero perfecto, es Palamedes, un “moro” que se niega rotundamente, con razones más que convincentes, a convertirse al cristianismo.   
 ¿Y qué tiene que ver todo esto con Brasil?, os preguntaréis.</p>

	<p>Nada. O casi nada. La alegre sabiduría del anónimo narrador de la <em>Demanda</em> se me apareció estos días en la memoria como agudo contrapunto a la dramática estupidez de algunos representantes de la Iglesia católica en Brasil (y no hablo de las otras porque en este caso han tenido la prudencia de mantenerse calladas). En el nordestino estado de Pernambuco una niña de 9 años, violada por su padrastro, se queda embarazada de gemelos. En el hospital público donde está internada, y con el consentimiento de la madre, se le practica un aborto, en el marco de las leyes brasileñas, que contemplan esa posibilidad en casos de violación y cuando corre riesgo la vida de la madre. Los dos supuestos se dan en este caso, pues la niña, medio desnutrida y sin posibilidades físicas de llevar adelante un embarazo (y menos aún de gemelos) debido a su corta edad, corre serio riesgo de muerte. La niña se recupera de la operación con cierta rapidez y sale del hospital sin llegar a entender lo que le ha ocurrido.</p>

	<p>¿Qué hace la Iglesia católica a través de uno de sus máximos representantes, el arzobispo de Olinda y Recife?  En primer lugar, al hacerse públicos los hechos de la violación, se manifiesta contra la posibilidad de aborto, en lo que coincide, curiosamente, con el padrastro violador, cuya opinión, como es obvio, a nadie importa, pero que los periódicos aún así tienen el cuidado de recoger. Una vez realizada la intervención, la Iglesia decide excomulgar a los médicos y a la madre de la niña. El Vaticano corrobora la decisión. El arzobispo argumenta, haciendo una comparación odiosa, que el pecado del aborto es peor que el de la violación de una menor (y quizás por eso no excomulgaron también al hijoputa del padrastro). Que la ley de Dios, que ellos dicen interpretar, no tiene nada que ver con la ley de los hombres, es decir, el dogma está por encima de la vida de una niña de nueve años que ha sufrido lo que nadie debería sufrir.</p>

	<p>Debe ser triste para quien es católico encontrarse en una situación de esas, rechazado y despreciado por la comunidad a la que se desea pertenecer justo en el momento en el que más se necesita de apoyo y comprensión. A los demás, aunque nos sintamos tocados por algo que podemos llamar compasión, o tal vez empatía, todo esto no nos importaría demasiado sino fuera porque la Iglesia actúa como grupo de presión política, pretendiendo provocar cambios en la legislación (en las leyes de los hombres, como ellos dicen), que restrinjan las libertades también de los que no nos sometemos a sus principios.</p>

	<p>La posición moral de la Iglesia católica en ese asunto es monstruosa, es literalmente (puesto que se pretende “divina”) inhumana. A pesar de lo que se suele decir en estos casos, y por lo que hemos visto en el larguísimo preámbulo de esta carta, sólo no podemos afirmar sin más que sea una actitud medieval… </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>En el nordestino estado de Pernambuco una niña de 9 años, violada por su padrastro, se queda embarazada de gemelos. En el hospital público donde está internada, y con el consentimiento de la madre, se le practica un aborto, en el marco de las leyes brasileñas, que contemplan esa posibilidad en casos de violación y cuando corre riesgo la vida de la madre. La Iglesia decide excomulgar a los médicos y a la madre de la niña. El Vaticano corrobora la decisión. El arzobispo argumenta, haciendo una comparación odiosa, que el pecado del aborto es peor que el de la violación de una menor.</p>]]></summary>
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	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2008-12-12T08:48:25Z</published>
		<updated>2008-12-12T00:47:14Z</updated>
		<title type="html">Ahora que ya no hay negros (¿ni blancos?)</title>
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		<category term="Derechos-Humanos" />
		<category term="Políticas nacionales" />
		<content type="html"><![CDATA[<p>Está científicamente demostrado que las razas humanas no existen, así que muchos ya se han lanzado a propagar el siguiente silogismo que, en nombre del rigor conceptual, da cobertura a sus propias ideas políticas: si no hay razas, entonces, en buena lógica, tampoco tiene sentido hablar de racismo. En realidad, en Brasil algunos aprovechan para decir que este país vanguardista ya había descubierto esa simple verdad hace mucho mucho tiempo, allá cuando los primeros “senhores de engenho”, los terratenientes de la caña de azúcar o del café, decidieron salir a hurtadillas de la casa grande para darse un revolcón en la “senzala” con aquella graciosa morena traída de África, que insistía en contonearse provocativamente mientras servía  la mesa. Posiblemente, el gusto por el mestizaje fecundo ya se manifestaba en todo su esplendor en aquellas escenas domésticas del Brasil colonial, cuando bebés rubiecitos y rechonchos se colgaban ávidos de los enormes pechos nutricios de su ama de cría, y mamaban allí la negra leche blanca que los mantendría fuertes y relativamente a salvo de enfermedades tropicales.</p>

	<p>El mito del Brasil como país mestizo, como “democracia racial”, se encuentra en la misma fundación de su identidad nacional, y me parece que tiene alguna responsabilidad en el hecho de que durante tanto tiempo se desconsideraran las terribles consecuencias sociales causadas por siglos de esclavismo (que sufrían, no es necesario aclararlo, los de piel oscura, traídos a la fuerza de lo que se conocía como “África negra”). Ese mito también debe tener alguna relación con el hecho de que Brasil fuese uno de los últimos países del mundo en prohibir la esclavitud. <br />
Uno de los temas más controvertidos de la política nacional, durante todos estos años de gobierno Lula, es precisamente el de la cuota para negros, mestizos e indios en las universidades federales. Una medida de discriminación positiva que supone un desesperado intento por cambiar la cara de las universidades públicas brasileñas, donde hasta hoy la presencia de negros (es decir, de personas de piel oscura) es ínfima.</p>

	<p>El sistema de cuotas tiene, sin duda, muchos problemas, empezando por la dificultad de decidir quién es negro y quién no lo es. Como es obvio, los criterios fisionómicos son muy limitados. Como en aquel cuento de Cortázar en el que un fama, dejándose llevar por su fe en las ciencias, resuelve clasificar a un grupo de cronopios según sus características físicas. Para ello usa como anzuelo un banquete, reuniendo a los cronopios alrededor de una mesa de comida. Los chatos (o ñatos) a un lado, los de nariz aguileña a otro, y entre unos y otros se ve en la necesidad de sub-clasificar los de nuca prominente…, no sé (no recuerdo bien), los de hombros anchos&#8230; Al final, cada individuo acaba representando exclusivamente a su propio sub-grupo, quitándole todo valor a esa operación clasificatoria, y además, cansados del juego, los cronopios se abalanzan sobre la mesa y devoran por su cuenta los manjares del banquete, abalando así, de una vez por todas, la confianza científica y la paciencia del pobre fama.</p>

	<p>Ante las dificultades taxonómicas que ofrecen las características físicas de los individuos, el sistema de cuotas en Brasil ha optado por la auto-declaración. Es negro, mestizo (aquí le dicen “pardo”) o indio quien se declare como tal. Sin duda, ninguna medida urgente puede sustituir una auténtica política igualitaria, que invierta los recursos necesarios para conseguir una educación pública de calidad, haciendo que las oportunidades de todos para llegar a la universidad sean exactamente las mismas. Sin embargo, siempre me había provocado una enorme desconfianza la radical oposición que algunos comentaristas en la prensa mostraban hacia ese tipo de políticas de discriminación positiva, destinadas a provocar una ruptura en inercias sociales históricas que siempre desfavorecían a los mismos.</p>

	<p>La elección en los <span class="caps">EEUU</span> de Barack Obama como presidente ha proporcionado un arsenal de argumentos a los enemigos de políticas especiales para la población negra, que ahora ya cuestionan incluso la propia existencia en el gobierno de un Ministerio de la Igualdad Racial, o que critican con especial inquina a las oenegés o agrupaciones que dirigen su acción social preferentemente a la población negra. Si con la elección de Obama (que según los criterios brasileños ni siquiera sería negro, sino mulato) se abre una era histórica post-racial, no tendría ningún sentido continuar formulando políticas basadas en la cuestión de la raza. Siendo todos, como somos, mestizos, los que insisten en hablar de raza serían, ellos mismos, los racistas. Para los que apoyan medidas de discriminación positiva han inventado un nuevo término, “racialistas”.</p>

	<p>No sé, no sé. Personalmente, no necesitaba que análisis de <span class="caps">ADN</span> o argumentaciones fenotípicas en contraste con evidencias genotípicas me demostrasen que las razas humanas no existen, tal vez porque mi poca fe en las ciencias ya me mostraba la debilidad de cualquier intento clasificatorio de los seres humanos según el grado de melanina de su piel, o utilizando cualquier otro criterio. Por otra parte, es evidente, es decir, es algo que salta a la vista, que las diferencias sociales tienen marcas físicas visibles en Brasil. Que casi todos los presos de las cárceles que veo en la tele o en documentales (nunca visité una prisión) son morenos o muy morenos, que casi todos los niños que veo en la calle con uniforme de colegio público municipal son morenos o muy morenos, que casi todos los que viven en favelas, los que trabajan en la construcción, los que sirven mesas en los bares, son morenos o muy morenos. Que en la puerta de los colegios privados los niños que veo son todos más bien de piel blanquita, y que abundan los rubios, y son morenos o muy morenos el portero, las niñeras…; que en las pocas ocasiones que me permito cenar en un restaurante caro el único ser humano de piel oscura que encuentro está en la puerta, como vigilante de seguridad o aparcando coches.</p>

	<p>Por eso, saber que las razas no existen no me sirve de nada. Nadie podrá negar que el color de la piel es un dato socialmente relevante. La “raza” es, sin duda, una construcción social, pero como representación tiene un poder evidente, que se nos impone a todos, querámoslo o no. No por casualidad, Brasil tiene una dura legislación contra crímenes de discriminación racial, que muchas veces sorprende a extranjeros idiotas que acaban pagando muy caro sus comentarios despectivos o sus actitudes prejuiciosas.</p>

	<p>Me temo que la situación no va a cambiar por el simple hecho de que repitamos, satisfechos con nosotros mismos, el discurso del mestizaje y de la hibridación. El discurso podrá ser post-racial, pero la realidad insiste en no serlo. Mi desconfianza ante ciertas categorías, que parecen más bien destinadas a ocultar los conflictos, se transforma en pura indignación cuando veo que el discurso del mestizaje se utiliza para negar la realidad social, para hacer pasar a las víctimas por verdugos, para mirar hacia otro lado. Y yo, que nunca creí en las razas, estoy convencido de que en Brasil existe una histórica “cuestión racial”, y que es necesario y urgente plantarle cara. </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>El mito del Brasil como país mestizo, como “democracia racial”, se encuentra en la misma fundación de su identidad nacional, y me parece que tiene alguna responsabilidad en el hecho de que durante tanto tiempo se desconsideraran las terribles consecuencias sociales causadas por siglos de esclavismo (que sufrían, no es necesario aclararlo, los de piel oscura, traídos a la fuerza de lo que se conocía como “África negra”). Ese mito también debe tener alguna relación con el hecho de que Brasil fuese uno de los últimos países del mundo en prohibir la esclavitud.</p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2008-03-13T10:18:12Z</published>
		<updated>2008-03-14T16:39:21Z</updated>
		<title type="html">&quot;La coladera&quot; y los bárbaros</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="https://librodenotas.com/cartasdesdebrasil/13329/la-coladera-y-los-barbaros" />
		<id>tag:librodenotas.com,2008-03-13:77c262b7562572606450a68115f67ab6/9c509c3f86299f7ff5c83421d9771026</id>
		<category term="Politica-internacional" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>Para el líder de la oposición, Mariano Rajoy, España (pronúnciese como en un grito, de un sólo golpe de voz y con un taconazo marcial, por favor) se ha convertido en los años de gobierno de Zapatero en una “coladera”, por donde extranjeros sin trabajo y sin escrúpulos entran libremente, amenazando con cambiar la faz de <em>nuestro</em> país, con demoler <em>nuestros</em> usos y costumbres, además de destruir <em>nuestra</em> prosperidad. Tal vez por ello, en pleno período electoral, a las autoridades españolas se les ha dado por cumplir a rajatabla la normativa europea para controlar la inmigración. Con rigor, y parece que incluso con entusiasmo, la policía se dedica a evitar que extranjeros indeseables pisen la tierra de promisión española, mandándolos de vuelta por donde han venido.</p>

	<p>El otro día desayuné leyendo en la primera página del Globo una noticia que, según el titular, ponía en crisis las relaciones diplomáticas entre España y Brasil. Luego me extrañó que en los medios españoles que consulté el mismo día y los siguientes no se hiciese ni una sola mención al asunto. Y yo que, entre un sorbo y otro de café brasileño tipo-exportación, ya me sentía como un japonés en Manhattan en plena Segunda Guerra Mundial&#8230; [<em>nota aclaratoria</em>: “tipo-exportación” aún es la denominación común en los supermercados para los productos nacionales de calidad [<em>sub-nota nostálgica y levemente ideológica</em>: cuando hace unos años pasé unos meses en Recife, nordeste del país, me sorprendió comprobar que la gente que yo conocía sólo tenía en su casa café soluble de la marca suiza Nestlé]].</p>

	<p>El escándalo estalló cuando cayeron en la fina red de los cazadores de inmigrantes ilegales dos estudiantes de tercer ciclo de Ciencia Política, que pretendían participar en un congreso de su especialidad en Lisboa. No era la primera vez que los medios brasileños noticiaban un caso semejante. Para los Canes Cerberos españoles, aquellos visitantes ocasionales no cumplían con los requisitos para entrar en Europa, que son, a saber, tener billete de ida y vuelta, demostrar que se dispone de una cantidad mínima de dinero, unos 70 euros por día, poseer tarjeta de crédito y extracto bancario con el saldo exigido, además de poder exhibir un comprobante de reserva de un hotel o algún documento que demuestre que se tiene alojamiento para el tiempo que dure la estancia.</p>

	<p>Como los estudiantes en cuestión no tenían tarjeta de crédito [<em>nota indagatoria y sutilmente biográfica</em>: ¿tanto han engordado las vacas desde que estoy fuera del país que hoy todos los estudiantes españoles tienen tarjeta de crédito y disponen de 70 euros por día?], fueron sumariamente extraditados. En el ínterin, estuvieron retenidos en una sala abarrotada y sin asientos, en la que pasaron diez horas sin comer ni beber, sin poder hacer llamadas, lejos de su equipaje y sin tener idea de lo que estaba ocurriendo. <br />
Sólo la punta del iceberg. La cantidad anual de brasileños repatriados, deportados y expulsados es asustadora. <a href="https://librodenotas.com/.http://g1.globo.com/Noticias/Mundo/0,,MUL310175-5602,00-ESPANHA+E+O+PAIS+QUE+MAIS+DEPORTOU+BRASILEIROS+EM.html">El año pasado fueron mil doscientos diecisiete</a>. La mayoría debían ser realmente miserables, y quizás por eso el asunto ha llegado a los papeles y a las oficinas diplomáticas sólo ahora, cuando los implicados son hijos de la cada vez más exigua pero resistente clase media.</p>

	<p>España se ha convertido en referencia para mucha gente que pretende buscarse la vida fuera de Brasil, pero también es un destino preferente para estudiantes de doctorado, muchos de ellos becados incluso por el gobierno español. Lo que demuestra el caso es, en primer lugar, la extensión del prejuicio que considera que todo brasileño es un muerto de hambre y que como a tal se le debe tratar [<em>nota ilustrativa</em>: uno de los estudiantes deportados contó que cuando se quejó por el tratamiento canino que estaban recibiendo, un policía nacional le respondió que estaban siendo tratados como lo que eran, perros].  La declaración del embajador español en Brasil no hace sino corroborar lo que ya sabemos. Según él, la rigurosa aplicación de la normativa es aleatoria, lo que se debe entender de la siguiente manera, la actitud prejuiciosa no es excepción, forma parte del procedimiento. Si eres brasileño lo empiezas a tener difícil. Si eres morenito, la cosa se complica aún más. Si además eres mujer, estás jodida [<em>nota escéptica</em>: siempre me he preguntado cómo es posible que mujeres inmigrantes vivan como esclavas en casas de putas que son, al fin y al cabo, lugares públicos, que no es difícil conocer, susceptibles de fiscalización]. En vez de luchar contra las mafias que contratan trabajadores en régimen de (semi-)esclavitud, la respuesta del Estado es humillar y colocar bajo sospecha a los ciudadanos de los países que nutren las alcantarillas del lucro empresarial.</p>

	<p>La reacción del Estado brasileño no se hizo esperar. La llamada reciprocidad diplomática. Ojo por ojo, diente por diente. Exigir a los viajeros españoles exactamente lo mismo que se exige allá a los brasileños. La prensa jaleando la revancha, las cartas al director de los periódicos rebosando de expresiones de odio a <em>ellos</em>, los españoles, por maltratarnos a <em>nosotros</em>, los brasileños. No niego que una de mis primeras reacciones fue más bien sarcástica. Como si el Estado brasileño estuviese pleiteando su exclusivo derecho de maltratar a los ciudadanos de Brasil.</p>

	<p>En mi condición de extranjero, me resulta extremadamente difícil considerarme parte de <em>ellos</em> o de <em>nosotros</em>, sea cual sea la perspectiva adoptada. Lo mismo me pasa cuando oigo hablar de los intereses (económicos) españoles, que no me siento ni un poco concernido. Esa especie de filiación emocional que produce la nación no me conmueve. Mis filiaciones se sitúan en otros lugares.</p>

	<p>Lo percibo nítidamente cuando leo, por ejemplo, a raíz de aquel desaforo del rey con Chávez, un editorial de El País hablando sobre los intereses del país (el de verdad, no el periódico) en Latinoamérica, sobre la participación de las corporaciones españolas en la mejora de infraestructuras, en la “modernización de los sistemas financieros” de los países en desarrollo [<em>nota histórica</em>: recuérdese que el monarca impaciente le soltó aquel exabrupto al charlatán de Chavez, pero sólo abandonó, indignado, la cumbre cuando el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, criticó la actuación de las empresas españolas en el continente]. Sólo hay que ver lo que hicieron las empresas españolas en Argentina, <a href="http://www.labutaca.net/films/24/memoriadelsaqueo.htm">con su política de tierra quemada</a>. Y después hay que tener cara para hablar, desde la responsabilidad y la razón, de la necesidad de frenar el movimiento migratorio desde ese país, por ejemplo, hacia España.</p>

	<p>Supongo que es por filantropía, para modernizar este obsoleto sistema financiero, por lo que el Banco Santander cobra a sus clientes brasileños en algunos casos intereses de entorno al 139%. ¿Será por eso que el mismo banco puede ofrecer en España créditos de hasta tres mil euros por seis meses al 0% de interés? [<em>nota biográfico-económica</em>: por imperativo legal soy cliente de ese banco español. Cuando aprobé una oposición en la Universidad de São Paulo fui obligado a cobrar mi sueldo a través del Banespa, antiguo banco público que en aquel momento ya había sido privatizado y comprado por el Santander. Como ahora mi agencia está en Ipanema (a escasos cincuenta metros de la playa, ¡oh, consuelo!), se me aplican esas estrategias modernizadoras. Siendo así, en términos financieros soy rotundamente brasileño, sumergido en esa maraña de intereses estratosféricos, amenaza de inflación y deuda pública del que tanto se aprovechan los bancos].</p>

	<p>Por esas y por otras, dado el tamaño de esta selva económica, Brasil es un chollo para las empresas españolas, una inmejorable oportunidad de negocio. A esta altura no es necesario aclarar que quienes pagan el pato son los brasileños. Sobre todo esos que se buscan la vida donde pueden. Para que luego me digan que es necesario poner racionalidad en la política migratoria. ¿De qué racionalidad me hablas, cara pálida? </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>El otro día desayuné leyendo en la primera página del Globo una noticia que, según el titular, ponía en crisis las relaciones diplomáticas entre España y Brasil. Luego me extrañó que en los medios españoles que consulté el mismo día y los siguientes no se hiciese ni una sola mención al asunto. Y yo que, entre un sorbo y otro de café brasileño tipo-exportación, ya me sentía como un japonés en Manhattan en plena Segunda Guerra Mundial&#8230; <em>nota aclaratoria</em>: “tipo-exportación” aún es la denominación común en los supermercados para los productos nacionales de calidad <em>sub-nota nostálgica y levemente ideológica</em>: cuando hace unos años pasé unos meses en Recife, nordeste del país, me sorprendió comprobar que la gente que yo conocía sólo tenía en su casa café soluble de la marca suiza Nestlé]].</p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2008-01-30T07:54:19Z</published>
		<updated>2008-03-14T16:30:43Z</updated>
		<title type="html">Todo sobre el carnaval carioca</title>
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		<category term="Sociedad" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<blockquote>
		<p>Quem me vê sempre parado, distante, garante que eu não sei sambar,<br />
Tô me guardando pra quando o carnaval chegar.<br />
<em>Chico Buarque</em></p>
	</blockquote>

	<p>Los tópicos nunca andan solos. Tiras de uno y te encuentras con un racimo de prejuicios entrelazados, como cerezas en una gran cesta. No sé si será una exageración o un recuerdo inventado, pero siempre por estas fechas me vienen a la cabeza aquellas imágenes de cierre de telediario español con sus textos correspondientes sobre el carnaval carioca. Antes o después del vídeo con las mulatas semidesnudas desmontándose al ritmo enloquecido de la música, siempre se ofrece, cual parte de guerra, el número de muertes violentas durante los días que dura el jolgorio. Recuerdo (¿lo recuerdo realmente?) haberle preguntado a mi padre, siendo yo niño, de  qué se morían todas aquellas personas que parecían divertirse tanto en la tele. La respuesta de mi padre no era original, ya la tenía preparada y me la había soltado en otras ocasiones, por ejemplo, para explicarme las causas de la muerte de Elvis Presley. Según él, los cariocas, igual que el rey del rock-and-roll, se morían de agotamiento&#8230;</p>

	<p>Supongo que siendo como es conocida la violencia criminal que se padece en Río de Janeiro, cualquier ocasión es buena para hacernos tragar estadísticas siniestras, que (por desgracia) no son sensiblemente diferentes a las de otras épocas del año, pero que vienen que ni pintadas cuando la noticia se centra en la capital fluminense.  No importa que la mayoría de los muertos por armas de fuego sean, como el resto del año, insisto, víctimas de enfrentamientos entre bandas rivales del narcotráfico o entre narcos y policías. La mente periodística en cuestión debe de funcionar más o menos así: Brasil igual a carnaval; Brasil igual a violencia; ergo, Carnaval igual a Violencia. Punto. Buenas noches y hasta la próxima edición. </p>

	<p>Siempre digo a quien quiera oírme, y pocos me creen, que la época del año más tranquila para visitar Río de Janeiro es precisamente el carnaval. Mucho más tranquila, por ejemplo, que la navidad, cuando se respira en la ciudad una especie de agresividad latente. Aquellos que pueden comprar, los <em>incluidos</em>, estresados haciendo filas en los centros comerciales, corriendo atrás del penúltimo regalo, pasando por arriba, codos y piernas en ristre, de todo aquel que ose cruzarse en su camino. Y los que no pueden comprar, los <em>excluidos</em>, destilando su frustración a golpe de atraco, o bien intentando vender a cualquier precio y de malos modos lo que tengan para vender, inconformes con su papel de espectadores en la gran bacanal consumista.</p>

	<p>Durante el carnaval, sin embargo, hay menos tráfico en las calles, las playas urbanas están más vacías, es fácil encontrar mesa en los restaurantes y no es necesario hacer grandes filas para ver una película en el cine o asistir a un espectáculo. Eso porque una enorme cantidad de cariocas suele abandonar la ciudad para ir a las playas del litoral del Estado, lo que convierte las carreteras, dígase de paso, en la más perfecta versión terrena de los círculos infernales, y los que se quedan, cuando no están de resaca, andan sambando por las calles detrás de los “blocos” carnavalescos. La verdadera fraternidad y el buen rollito los encontramos ahí, en las fiestas rabelaisianas por las calles, más que en las familiares guerras de baja intensidad de las cenas navideñas. </p>

	<p>Esas charangas tienen nombres tan sugerentes, incluso groseramente traducidos, como  “Carmelitas” (porque dice la leyenda que una monja de clausura del barrio de Santa Teresa saltó el muro del convento para perderse en el carnaval), “Cariño, no tardo nada” (las últimas palabras de un amante esposo en un sábado de carnaval, y que no volvió hasta el miércoles de ceniza), “Ven a mí, que soy muy fácil” (sin comentarios), “¿Qué mierda es esa?” (dicen que lo dijo algún integrante de la tradicional Banda de Ipanema, declarada patrimonio cultural de la ciudad, cuando vio venir en dirección contraria un “bloco” con más afición que talento musical, que transformó la pregunta inmediatamente en nombre), “Simpatía es casi amor”,   “Bésame que soy cineasta” (sin comentarios), o el “Sobaco de Cristo” (que circula por el barrio Jardín Botánico, justo a la altura del sobaco derecho del famoso Cristo que está sobre el monte Corcovado), por  poner sólo algunos ejemplos. Puede servir como prueba de la buena voluntad reinante algo que presencié hace dos carnavales en mi barrio. Justo en la calle por la que pasaría el “Sobaco de Cristo” hay una iglesia metodista, que decidió expresar su malestar con el nombre del “bloco” colocando una pancarta en la puerta del templo con los siguientes decires: “No te quedes sólo en el sobaco. Conoce a Cristo por entero”. Un incomparable ejemplo de oportunismo y, al mismo tiempo, de delicadeza.</p>

	<p>A pesar de los tópicos persistentes sobre el caos en que se transforma Brasil durante el carnaval, la verdad es que en esa época del año el país entero exhibe una gran capacidad de organización, porque lo que tiene que funcionar en tan señaladas fechas (cuando casi todo el mundo se toma unos días libres) funciona milimétricamente, con precisión y rigor prusianos. El mejor ejemplo es el desfile de las escuelas de samba en la avenida Marqués de Sapucaí, que, por tener gradas construidas especialmente para esas ocasiones, recibe el popular nombre de <a href="http://www.papodesamba.com.br/site/index.php?a=lc&#38;c=sambodromo">sambódromo</a>. El desfile, que produce esas imágenes planetarias de mulatas semidesnudas moviendo cadenciosamente sus sinuosas curvas, es en realidad un concurso en el que un jurado puntúa la actuación de cada escuela, juzgando la letra de la canción (llamada “samba enredo”), la calidad y originalidad de los carros alegóricos, la sincronización de la “batería”, y muchos otros aspectos que transforman la fiesta en una cosa complicadísima. Lo sé porque lo he visto por la tele. Hay incluso comentaristas profesionales, con peinados graciosísimos y  perennes gafas de sol. Además, las escuelas tienen un tiempo determinado para acabar el desfile, así que todos los participantes deben completar disciplinadamente el trayecto marcado. Es como una parada militar, sólo que con plumas y lentejuelas, algo así como una multitud de legionarios en espíritu drag-queen. Todo lo que se dice sobre la subversión carnavalesca es cierto, las escuelas pertenecen a comunidades pobres y sus estrellas son seres anónimos el resto del año, pero esos días brillan como artistas globales. El desfile es un gran negocio, en el que se invierten cifras astronómicas de dinero, que no se sabe muy bien de dónde viene ni a dónde va, lo cual parece no importar especialmente a nadie. En la fiesta planetaria participan muchos turistas, artistas mediáticos y personas de clase media, que pagan para enfundarse una de aquellas “fantasías” estrambóticas y, con suerte, salir en la tele atropellando una música trepidante. </p>

	<p>En fin. Hay una abundantísima literatura sobre el carnaval en Brasil, su valor antropológico, sus orígenes y filiaciones, que si las fiestas saturninas, que si los momos de las cortes medievales portuguesas, pero a quién le interesan esas cosas cuando ya se oyen a lo lejos los  “batuques” y sabemos que “vai passaaaar nessa avenida o samba populaaar&#8230;”</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Durante el carnaval, sin embargo, hay menos tráfico en las calles, las playas urbanas están más vacías, es fácil encontrar mesa en los restaurantes y no es necesario hacer grandes filas para ver una película en el cine o asistir a un espectáculo. Eso porque una enorme cantidad de cariocas suele abandonar la ciudad para ir a las playas del litoral del Estado, lo que convierte las carreteras, dígase de paso, en la más perfecta versión terrena de los círculos infernales.</p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2007-12-04T09:46:03Z</published>
		<updated>2008-03-14T16:30:36Z</updated>
		<title type="html">La vida en las palabras</title>
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		<id>tag:librodenotas.com,2007-12-04:77c262b7562572606450a68115f67ab6/0f8bc1efd6c13b4e91295de77409dcad</id>
		<category term="Lengua" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>Delirios esquizoglósicos a parte, me gusta sentir que los sonidos, las palabras, los sintagmas tienen también una historia privada, una especie de intra-historia que los hace palpitar. La vida transcurre dentro de las palabras, que son como un olor intenso, una música inspiradora, un momento grabado con fuego en la memoria. Para mí algunas palabras del portugués de Brasil están tan llenas de sugerencias, acumulan tantos recuerdos, me resultan tan instigadoras que me parece obsceno reducirlas a un simple pacto semiótico entre significado y significante. </p>

	<p>Hace algún tiempo que intento conseguir un artículo de Einar Haugen citado por el lingüista francés Louis-Jean Calvet en <em>Pour une écologie des langues du monde</em>. En ese texto, titulado “Schizoglossia and the Linguistic Norm”, Haugen habla irónicamente sobre los “síntomas” de una cierta “enfermedad” que presentan hablantes expuestos a más de una variedad de su lengua. Un cierto mal del diafragma y de las cuerdas vocales, inseguridad general y un exagerado interés por los aspectos estrictamente formales de las lenguas. En casos extremos, afirma Haugen según Calvet, el esquizoglósico se acaba convirtiendo en lingüista profesional, del mismo modo que muchos individuos trastornados acaban estudiando psicología, psiquiatría o psicoanálisis con la vana ilusión de entender sus propios males. </p>

	<p>De algún modo me sentí identificado. Soy inseguro, estoy medio obcecado por cuestiones lingüísticas a las que nadie en su sano juicio dedicaría mucho tiempo, y tengo una historia personal de exposición a dos lenguas próximas, el gallego y el español; y en los últimos años también al portugués europeo y sobre todo, obviamente, al brasileño, que son variedades de una lengua histórica denominada gallego-portugués. El conflicto de normas diferentes de una misma lengua, usando el término “norma” en el sentido de conjunto de usos propios de una determinada comunidad lingüística, debe tener alguna consecuencia en mi forma de expresarme, que no seré yo quien valore, y sin duda influye en mi perverso interés por cuestiones relacionadas con aspectos estructurales de la(s) lengua(s). En realidad, es esa perversión formalista la que permite que alguien pueda saber mucho de una lengua, que conozca sus sutilezas gramaticales, y que sin embargo sea incapaz de hablarla. Los métodos de enseñanza del inglés en nuestro sistema educativo se han mostrado especialmente dotados para realizar esa hazaña. Es algo así como saberse de memoria un completo compendio sobre natación (descripción técnica de los diversos estilos, historia de la natación entre los deportes náuticos, la natación como arte, las asociaciones de nadadores&#8230;) y sin embargo ser incapaz de dar dos brazadas en la más plácida de las piscinas. Ahondando en la metáfora, no es tan raro encontrar auténticos eruditos del mundo de la natación que le tienen miedo al agua. </p>

	<p>En la última copa del mundo tuve una experiencia que me dejó preocupado. Estábamos viendo un grupo de amigos la final Francia-Italia en la tele mientras comíamos churrasco. Todos brasileños menos una francesa que estudiaba letras en Río y su novio, un profesor de historia parisiense que sufrió a mares durante todo el partido mientras devoraba medio buey entre sudores nerviosos. La mujer del anfitrión, de origen italiano, hizo un comentario malicioso sobre lo bien que la nación gala integraba a los habitantes de sus ex-colonias, a juzgar por el color (de piel) de su victoriosa selección, dejando sin efecto, provisionalmente y para mayor gloria deportiva de la France, todos los prejuicios y discriminaciones que sufren con frecuencia aquellos que son llamados <a href="http://fr.wikipedia.org/wiki/Pieds-Noirs" title="wikipedia">pieds noirs</a> y <a href="http://fr.wikipedia.org/wiki/Harki" title="wikipedia">harkis</a>. Al hilo del comentario, alguien preguntó de dónde procedía Vieira (apellido claramente portugués que el locutor brasileño pronunciaba a la francesa, <em>Vieghá</em>). Capté la pregunta de refilón, mientras hincaba el diente en un suculento pedazo de <a href="http://pt.wikipedia.org/wiki/Picanha" title="wikipedia">picanha</a>, con un ojo en la pantalla, y me lancé sin pensarlo a aclarar esa duda contando que procedía de vĕnĕrĭa, adjetivo latino formado a partir del nombre de Venus, la diosa del amor romana. Me disponía a perorar sobre la representación de Venus surgiendo del mar sobre esa concha, como muestra el famoso cuadro de Boticelli, la concha y el mar como elementos simbólicos de clarísimo contenido sexual, y sobre el hecho curioso de que el molusco en cuestión sea más conocido en Brasil por su nombre francés, sin duda por haber entrado a formar parte de la gastronomía local a través de la cocina francesa, <em>coquille Sant-Jacques</em>, nombre que, a su vez, remite al hecho de que esa concha sea también el símbolo que identifica a los peregrinos que llegan desde Roncesvalles a Galicia, donde precisamente, cerrando un círculo en cierta medida paradójico, habría nacido la palabra portuguesa <em>vieira</em>. Digo que me disponía a ello, porque la mirada entre asombrada y reprobadora de todos me hizo entender que la pregunta no se refería, como era lógico, a la palabra <em>vieira</em>, sino a la persona que así se llamaba. Me callé la boca, aunque sin cerrarla totalmente (la carne estaba muy buena). El conocimiento de la lengua al servicio de la incompetencia comunicativa. </p>

	<p>Delirios esquizoglósicos a parte, me gusta sentir que los sonidos, las palabras, los sintagmas tienen también una historia privada, una especie de intra-historia que los hace palpitar. La vida transcurre dentro de las palabras, que son como un olor intenso, una música inspiradora, un momento grabado con fuego en la memoria. Para mí algunas palabras del portugués de Brasil están tan llenas de sugerencias, acumulan tantos recuerdos, me resultan tan instigadoras que me parece obsceno reducirlas a un simple pacto semiótico entre significado y significante. Me pasa, por ejemplo, cuando escucho la palabra <em>pipoca</em>. Me acuerdo siempre de Recife, en el estado de Pernambuco, la primera ciudad brasileña que conocí cuando en 1997 me vine a pasar aquí cuatro meses con una beca Intercampus. Conocí esa palabra de origen tupí en su sentido connotado, cuando me invitaron a ir de <em>pipoca</em> al Recifolia. </p>

	<p>El Recifolia es un carnaval fuera de época. El carnaval allí es tan bueno y junta tanta gente que se dan el lujo de hacer dos por año, intentando doblar así de paso los rendimientos turísticos. Sigue el modelo del carnaval bahiano, con un desfile de grandes camiones sobre los que actúan grupos de música, seguidos por <em>foliões</em> que han pagado para formar parte del “bloco” y que lucen una camiseta que los identifica. Por motivos de seguridad, para marcar jerarquías o con ánimo de discriminar, el caso es que los miembros del “bloco” bailan en un espacio delimitado por una cuerda. En algunos casos, en los extremos hay guardias jurados contratados por la organización. Los que están fuera del “bloco”, esa multitud de cabezas que no han pagado y que saltan con fervor, prácticamente unas por encima de las otras, es lo que recibe el nombre de <em>pipoca</em>. Es decir, palomitas de maíz (y al escribir este sintagma que hace tiempo que no utilizo, por la distancia y el extrañamiento, estoy viendo literalmente pequeñas palomas blancas revoloteando en una cazuela).  </p>

	<p>Es también mi propia historia con la palabra <em>marimbondo</em> la que le da al sustantivo un valor que ningún diccionario conseguirá nunca recoger. De origen africano, procedente del quimbundo, la oí primero en la voz de un cantante portugués, <a href="http://www.attambur.com/Noticias/20021t/fausto.htm" title="attambur.com">Fausto</a>, en un disco llamado A preto e branco, donde interpreta poemas de autores africanos de lengua portuguesa. Los versos finales de un poema de Ernesto Lara Filho dicen: <em>Marimbondo /Mordeu tua filha no olho</em> y después <em>Marimbondo /Foi branco quem inventou</em>...</p>

	<p>Ese ser mordedor se me aparecía en la imaginación como una especie de monstruo fabuloso. Si la pereza no me lo impidiese habría consultado un diccionario y resuelto todas mis dudas. Pero no lo hice. </p>

	<p>Un día, ya en Río, estaba yo acostado en la hamaca en el balcón de casa, contemplando somnoliento la <em>floresta da Tijuca</em>, el Cristo sobre el Corcovado al fondo, cuando mi mujer me alertó: “¡Cuidado con el <em>marimbondo</em>!” Salté de la hamaca pensando que estaba siendo atacado por un ser mitológico. Una especie de helicóptero me rondaba la cabeza, un mosquito aquejado de gigantismo, un bicho de proporciones colosales. Se trataba simplemente de un insecto. ¡Pero de qué dimensiones! Me fui apartando despacito para no enfadarlo. Parece que su picada es realmente dolorosa. Después descubrí que en algunas variedades de portugués se utiliza el verbo “morder” para referirse a las maldades que los insectos hacen con nosotros. Es una exageración en la mayoría de los casos, ya que casi todos los mosquitos utilizan como armamento un pequeño aguijón. Sin embargo, un insecto mínimo, que aquí se llama <em>borrachudo</em>, realmente muerde con sus fauces diminutas, que pellizcan y dejan una gotita de sangre bajo la piel y un pequeño hinchazón que arde durante días. </p>

	<p>También me emociona descubrir la reorganización de formas derivadas de palabras gallego-portuguesas. Como la inexistencia en Brasil de <em>trapalheiros</em>, habiendo sin embargo, como los hay, <em>trapalhões</em>, ambos a partir del verbo gallego-portugués-brasileño, <em>atrapalhar</em> (‘confudir, perturbar, hacer algo mal’...). Se me vienen muchas cosas a la cabeza al escribir este verbo, pero eso ya es otra historia.   </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Delirios esquizoglósicos a parte, me gusta sentir que los sonidos, las palabras, los sintagmas tienen también una historia privada, una especie de intra-historia que los hace palpitar. La vida transcurre dentro de las palabras, que son como un olor intenso, una música inspiradora, un momento grabado con fuego en la memoria. Para mí algunas palabras del portugués de Brasil están tan llenas de sugerencias, acumulan tantos recuerdos, me resultan tan instigadoras que me parece obsceno reducirlas a un simple pacto semiótico entre significado y significante.</p>]]></summary>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2007-10-30T07:34:01Z</published>
		<updated>2007-10-30T09:35:32Z</updated>
		<title type="html">Cine, realidad y espectáculo</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="https://librodenotas.com/cartasdesdebrasil/12392/cine-realidad-y-espectaculo" />
		<id>tag:librodenotas.com,2007-10-26:77c262b7562572606450a68115f67ab6/aa0db133bdb4c89f5450570f7a89f0ef</id>
		<category term="Cine" />
		<category term="Critica-social" />
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>En Brasil se ha creado una interesante polémica en torno a una película que se estrenó en el último festival de cine de Río. Dirigida por José Padilha, <a href="http://librodenotas.com/www.tropadeeliteofilme.com.br/">Tropa de Elite</a> retrata la guerra entre la policía, sobre todo sus cuerpos especializados en combates urbanos, y el narcotráfico que domina las principales favelas de Río de Janeiro. Basada en el libro de ficción que describe el cotidiano de la policía carioca, <em>Elite da Tropa</em>, escrito por el antropólogo Luiz Eduardo Soares y los policías André Batista y Rodrigo Pimentel, este último también guionista de la versión cinematográfica, la película fue calificada de fascista por el periodista Arnaldo Bloch. En un artículo publicado en <a href="http://oglobo.globo.com/blogs/arnaldo/post.asp?cod_Post=74806&#38;a=4" title="O Globo">O Globo</a> el periodista describe su indignación en el estreno ante la reacción del público, que jaleaba las torturas y asesinatos de la policía y celebraba las críticas brutales que se hacen a los usuarios de drogas, considerados cómplices de la violencia del tráfico. Poco tiempo después, el actor protagonista, uno de los grandes nombres actuales del cine brasileño, Wagner Moura, publicaba en el mismo medio su respuesta con <a href="http://oglobo.globo.com/cultura/mat/2007/09/24/297856410.asp" title="O Globo">un artículo</a> en el que decía no compartir el punto de vista de su personaje y advertía que la película se limitaba a mostrar una realidad sin emitir ningún juicio de valor sobre ella, trasladando al espectador la responsabilidad sobre sus posibles sentidos. Padilha, en las entrevistas que está dando desde entonces, insiste en su intención inicial de generar un amplio debate sobre la violencia, lo que, sin duda, ha conseguido. Lo que podemos cuestionar es el alcance del debate propuesto, como veremos. Por otro lado, todo el mundo elogia su calidad técnica, la eficacia de su guión y el magnífico trabajo de sus intérpretes.</p>

	<p>De la obra del director de <em>Tropa de Elite</em>, yo sólo conocía el extraordinario documental <a href="http://joseantoniogalloso.blogspot.com/2006/04/autobus-174-el-precio-de-la-miseria.html">Ônibus 174</a> (2002), que cuenta la historia de un chaval que secuestró un autobús en junio de 2000 en la Avenida Jardín Botánico. El secuestro había sido retransmitido en directo por los principales canales de televisión y se resolvió trágicamente con la muerte de una rehén, víctima de una operación desastrosa de la policía, que acabó disparando contra ella, y también la del propio secuestrador, asfixiado y vapuleado mientras estaba bajo la custodia de las fuerzas del orden. Lo interesante del documental es precisamente el hecho de esforzarse por intentar entender quién era el secuestrador, qué lo había llevado a aquella situación, dando una versión compleja de la realidad, distante del maniqueísmo con el que los medios de comunicación sensacionalistas (casi todos) suelen actuar en estos casos. Por eso me extrañó la noticia de que la misma persona había hecho ahora una película sobre la violencia en Río con un mensaje fascista. O que, por lo menos, así es como lo veía el público. Me dije, ¡manda carallo! (es que yo hablo así en la intimidad), realmente nadie es dueño de sus propias palabras. Una cosa es lo que se quiere decir y otra muy distinta lo que realmente se dice, como no se cansan de repetirnos los teóricos del análisis del discurso. Mi curiosidad estaba a mil. Pensaba, claro, ir a verla al cine.</p>

	<p>Hasta que, el otro día, andando yo distraídamente por el centro de la ciudad, me encontré un vendedor ambulante que exponía sobre una manta en la acera varias películas en <span class="caps">DVD</span>, entre las que se encontraba precisamente <em>Tropa de Elite</em>. No me pude resistir y, como soy partidario de la libre difusión de los productos culturales, la compré. Además, el <em>camelô</em>, como le llaman en Brasil al que vende cosas en la calle, ofrecía también en una excelente promoción una película cuya carátula decía <em>Tropa de Elite 2</em>, e incluso otra que él afirmaba ser la tercera parte. En realidad, la polémica sobre la película había empezado ya antes incluso del estreno, pues se convirtió en poco tiempo en un auténtico fenómeno de piratería. Había leído en el periódico que, en una estrategia de marketing propia de las multinacionales del entretenimiento, los camelôs vendían como segunda parte el también estupendo documental de João Moreira Salles, <a href="http://www.imdb.com/title/tt0296108/">Notícias de uma guerra particular</a> (1999) [<a href="http://www.youtube.com/watch?v=K9TS_N2YbZ4">En youtube</a>], donde es entrevistado precisamente Rodrigo Pimentel, el policía guionista. Aunque ya la había visto en la tele, me llevé las dos por cuatro duros. La tercera, un documental sobre la policía, no me interesó.  </p>

	<p>Tuve la feliz idea de ver primero el documental de Moreira Salles, que entrevista policías, traficantes y habitantes de la <em>favela</em> Santa Marta, en el barrio de Botafogo. <em>Tropa de Elite</em> no me decepcionó como película, y sin embargo me pareció sorprendentemente reaccionaria. Voy a intentar explicarme.</p>

	<p>La película tiene como protagonista al capitán Nascimento, un endurecido oficial de la tropa de elite de la Policía Militar (el <span class="caps">BOPE</span>), que es un cuerpo militarizado de la policía, como la Guardia Civil. Cansado y estresado, acosado por su mujer, que le pide que deje el trabajo, el capitán Nascimento busca un sustituto a su altura, antes de despedirse de la guerra diaria en los <em>morros</em> cariocas (las laderas en donde se sitúan muchas <em>favelas</em> de Río). Para ello cuenta con dos candidatos, uno arriesgado y valeroso, otro inteligente y calculador. No se entiende bien por qué no se puede despedir sin más, pero bueno, el tipo está medio pirado con eso de la guerra, toma pastillas para mantener la calma, así que suponemos que la obsesión debe formar parte de su cuadro clínico. </p>

	<p>El primer problema de la película, me parece a mí, está precisamente en el punto de vista asumido en la narración. Toda la historia es contada por la voz en <em>off</em> del capitán Nascimento, que describe personajes y comenta acontecimientos, actuando como una especie de narrador-protagonista y, en ocasiones, también como narrador-testigo. Sin embargo, eso no deja de ser una ilusión, pues ese personaje nos cuenta cosas que, de respetarse el principio de verosimilitud, no podría conocer, introduce escenas en las que no participa y que no ha visto, describe situaciones en ámbitos que se le escapan, como la universidad donde estudia uno de los candidatos a sucederlo, portándose más bien como un narrador-omnisciente. Así, todo, absolutamente todo lo que pasa en la película responde al punto de vista, autoritario y omnipresente, del capitán Nascimento, un tipo sufrido pero que, ¿para qué negarlo?, tiene una visión del mundo bastante limitada. Claro, para él, que vive esa guerra diaria, los habitantes de la <em>favela</em> son siempre, y hasta que se demuestre lo contrario, sospechosos de connivencia con el tráfico (por eso, para conseguir información, tortura con palizas y con bolsas de plástico en la cabeza a quien le parece), la clase media y alta intelectualizada, esos pesados que viven dando la vara con la constante letanía de los derechos humanos, está constituida por porreros e hipócritas (y la caricatura de sus debates en la universidad es sonrojante, por lo ridícula), y la corrupción en la sociedad es general e irrestricta, con la única, notable y honrosa excepción de su propio cuerpo de elite, el <span class="caps">BOPE</span>. Y eso es todo lo que la película muestra. </p>

	<p>Sabemos que el sentido de cualquier enunciado depende no sólo de lo que se dice, sino también de lo que no se dice. Y en <em>Tropa de Elite</em> dejan de decirse demasiadas cosas. No hay ninguna mención a la clase media y alta no intelectualizada, la que, a diferencia de esa que se ridiculiza en la película, no lee a Freud, a Foucault ni a Deleuze, ni falta que le hace porque encuentra todo lo que necesita para construir su visión de mundo en las noticias de la tele y en la detestable y ultraderechista revista <a href="http://vejaonline.abril.com.br/notitia/servlet/newstorm.ns.presentation.NavigationServlet?publicationCode=1">Veja</a>. No se pregunta por qué el problema de la droga, una cuestión de salud pública (sí, niños, las drogas son malas) en todo el mundo, no causa en otros lugares conflictos armados de igual intensidad que en Brasil. No se reflexiona sobre el problema social de la <em>favela</em>, donde la inmensa mayoría de las personas son honrados trabajadores que cobran un salario de miseria y que no tienen absolutamente nada que ver con el tráfico de drogas. No se pregunta quién arma a los traficantes, que usan un moderno arsenal fabricado en su mayor parte en los Estados Unidos y en la civilizadísima Suiza&#8230;</p>

	<p>Otra característica de la película contribuye a causar ese cortocircuito que alimenta los más bestias sentimientos fascistas del público brasileño de clase media. Distribuida por la Universal Pictures, seleccionada para competir en Sundance y en Berlín el año que viene, <em>Tropa de Elite</em> aspira a conquistar un público internacional como película de acción, con todos los clichés propios de ese género del cine de entretenimiento. Si, por una parte, se configura como película-denuncia, por otra se vende con algunas características del cine más narcotizante (¡oh, ironía!). Así se entienden esas escenas, que ocupan una buena parte de la película, retratando los ritos de iniciación de los aspirantes, al más puro estilo de esas películas hollywoodianas que nos cuentan en tono épico los sufrimientos y las humillaciones de los candidatos a marines del glorioso ejército norteamericano. Así se explica el propio capitán Nascimento, con todos los atributos del héroe de acción, que entra en la batalla sin atisbo de miedo, impávido, sabiéndose indestructible, precisamente como deben ser los héroes. Un tipo que recuerda demasiado al Harry el sucio de Eastwood, o a cualquiera de esos personajes de Bruce Willis o de Mel Gibson, justicieros más allá del bien y del mal, siempre por encima de la ley, banalizadores de la violencia más obtusa. </p>

	<p>La esmerada fotografía, que se esfuerza por conferirle apariencia de documental, no hace más que amplificar el cortocircuito, así como esa cámara en hombro, nerviosa, que se mueve entre las callejuelas de la <em>favela</em>. En <a href="http://www.cineismo.com/criticas/ciudad-de-dios.htm">Cidade de Deus</a>, ese retrato de la miseria con estética de video-clip que tuvo tanto éxito internacional, lo que me incomodaba era exactamente lo contrario, la profusión de grúas y steadycams que hacían la cámara volar, ingrávida, entre los sufridos personajes. Pero el resultado era parecido, falta de correspondencia, o simplemente una extraña relación, entre lo que se narra y el cómo se narra.</p>

	<p>En este sentido, me parece que la gente del cine no tiene derecho a ser inocente. ¿Acaso lo es, o puede serlo? ¿Qué se puede decir sobre la violencia cuando se convierte en espectáculo? A mí sólo se me ocurre una tautología, la guerra es la guerra.</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>En Brasil se ha creado una interesante polémica en torno a una película que se estrenó en el último festival de cine de Río. Dirigida por José Padilha, <a href="http://librodenotas.com/www.tropadeeliteofilme.com.br/">Tropa de Elite</a> retrata la guerra entre la policía, sobre todo sus cuerpos especializados en combates urbanos, y el narcotráfico que domina las principales favelas de Río de Janeiro. Basada en el libro de ficción que describe el cotidiano de la policía carioca, <em>Elite da Tropa</em>, escrito por el antropólogo Luiz Eduardo Soares y los policías André Batista y Rodrigo Pimentel, este último también guionista de la versión cinematográfica, la película fue calificada de fascista por el periodista Arnaldo Bloch.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2007-09-26T07:54:20Z</published>
		<updated>2008-03-14T16:32:06Z</updated>
		<title type="html">Sao Paulo, la ciudad desnuda</title>
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		<id>tag:librodenotas.com,2007-09-21:77c262b7562572606450a68115f67ab6/3d431d9395bf080a1988f4b356d0b26e</id>
		<category term="Sociedad" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>por <em>Xoán Carlos Lagares</em></p>

	<p>En São Paulo aprobaron una ley que obliga a retirar toda la publicidad estática de la ciudad, que elimina las vallas publicitarias, prohíbe pegar carteles en las paredes y estandariza la colocación de anuncios y letreros comerciales. Hacía algún tiempo que no visitaba la ciudad, desde que dejé de trabajar allí sólo había vuelto en dos ocasiones, y cuando supe la noticia, sólo podía imaginar vagamente lo que sería la Avenida Paulista sin sus anuncios de neón, São Paulo sin sus excesos de imágenes y palabras disparando mensajes publicitarios desde cada fachada, a la vuelta de cada esquina. </p>

	<p>Mi primera reacción fue de incredulidad. Había leído en alguna ocasión una noticia sobre las dificultades de la Prefeitura (el Ayuntamiento) para poner disciplina en el uso de vallas publicitarias, colocadas en los lugares más insospechados sin tener en cuenta las mínimas condiciones de seguridad. La nueva norma me pareció por eso una especie de reacción exagerada ante las dificultades de aplicación de las leyes ya existentes. Una medida radical que nadie iba a tomarse muy en serio, dado que en Brasil las leyes siempre van muy por delante de la realidad. Como si bastase simplemente con aprobarlas, como si el país real fuera inalcanzable y circulara por caminos transversales, siempre al margen del mundo oficial, de ese país de papel satisfecho con sus proclamas igualitarias y sus discursos democráticos.</p>

	<p>Hace dos semanas volví a São Paulo, ya tras la aplicación de la nueva ley, y me sorprendí al descubrir una realidad antes oculta atrás de los mensajes publicitarios (¿y no es esa precisamente la función de la publicidad?), sus largas avenidas al desnudo, las fachadas de sus edificios al descubierto. Una vez desaparecido el maquillaje de papel, la cara real se muestra en toda su crudeza. </p>

	<p>No siempre es bonita. Inmensas vallas publicitarias ocultaban pequeñas favelas por todas partes, miserables conglomerados de chabolas de lata y madera, que antes apenas se veían y que ahora respiran libremente el humo negro que vamos dejando atrás cuando pasamos en coche por las grandes avenidas. Edificios en progresiva descomposición, como cadáveres en pie que fuesen a desmoronarse de un momento a otro y que servían apenas de inestable base de apoyo para carteles gigantescos, ahora se muestran inútiles en su precaria grandeza.</p>

	<p>No siempre es fea. Edificios magníficos, soberbias construcciones de los años cincuenta, aparecen en (casi) todo su esplendor. Surgen árboles entre los edificios, pequeñas masas vegetales que se van arrastrando por las calles y que ahora, cuando miramos a lo lejos, percibimos por fin como una línea de horizonte razonablemente verde.</p>

	<p>São Paulo es una megalópolis que creció vertiginosa y desordenamente en el último siglo. En 1895 tenía 130.000 habitantes (de los cuales 75.000 eran extranjeros), y en sólo cinco años, hasta el 1900, casi duplicó esa cifra, alcanzando los 239.820 habitantes. Desde entonces, no ha hecho más que multiplicar su población en proporción geométrica. En la última década pasó de diez a dieciséis millones de habitantes, aglomerados en rascacielos que conviven con casitas de dos plantas en lo que parece ser un desorden radical. Hoy São Paulo es una ciudad de ciudades, que contiene en sus calles el Nordeste brasileño, Italia, Japón&#8230;, una especie de mundo condensado, interesante, múltiple, veloz. Una ciudad de tráfico imposible, que ha establecido turnos, según el número final de la matrícula del coche, para circular por lo que se llama el “centro expandido”, medida desesperada para aliviar la congestión brutal de sus principales vías. </p>

	<p>En esas condiciones, para los millones de humildes trabajadores que dependen del escaso, precario y caótico transporte público, ir de casa al trabajo y del trabajo a casa es simplemente un suplicio que se repite a diario. Sólo hay que verlos a las seis de la mañana, agarrados a las barras metálicas del vagón del metro, dormitando de pie en autobuses abarrotados. Esclavos de un mundo infernal que no han elegido, que no les pertenece, que nadie merece. </p>

	<p>La primera vez que vi São Paulo fue desde el aire. Aterrizar en el aeropuerto de Congonhas era (y después del último accidente no sé si lo seguirá siendo, por lo menos para mí) una experiencia inquietante. Tras atravesar una masa blanca, aparecía allí abajo una extensión inagotable de edificios y casas, en desordenada acumulación, una especie de <em>horror vacui</em> urbanístico. Conforme íbamos bajando, los pequeños edificios que parecían de cartón piedra, diminutos, se iban haciendo más grandes, cada vez más grandes, hasta que por fin podíamos divisar los tejados, algunos con heliportos, y después las ventanas, a veces con gente asomada, y desde la ventanilla del avión podíamos adivinar quizá una escena doméstica detrás de las cortinas de un piso veintitantos, mientras seguíamos adelante y abajo, con la extraña sensación de que entrábamos en una maqueta, y las formas apenas diseñadas que veíamos desde el aire tomaban la consistencia dura de las cosas físicas de nuestro mundo. La sensación de irrealidad que traíamos de nuestro paseo por las nubes se transformaba en cuestión de segundos en un exceso de realidad, de olores y humos y luces. Asfixiante, un exceso casi intolerable. </p>

	<p>Al salir del aeropuerto un cartel electrónico advierte sobre la calidad del aire. Nunca pasa de “regular”, algunos días es francamente “mala”. Por eso, no estoy seguro de lo que la Prefeitura pretende en realidad enfrentando con tal ardor lo que llaman contaminación visual, en una ciudad que es, como se puede imaginar, un pozo de polución. A la ciudadanía parece que la iniciativa le ha gustado, la mayoría la aprueba y, como consecuencia, ha subido el índice de aprobación del prefeito (alcalde). </p>

	<p>Los únicos que han puesto el grito en el cielo son los publicitarios, que consideran la medida un atropello a la libre iniciativa y a la creatividad. La verdad es que existen otras muchas prioridades que no pueden esperar para mejorar la vida de millones de personas. Hay demasiadas imágenes que contaminan mi retina, mucho más que los carteles pringosos en las paredes y la publicidad estática, pero no seré yo quien mueva un dedo sobre este teclado para defender el derecho de los publicitarios a bombardearnos con sus mensajes. Porque, ¿limitando la publicidad nos perdemos algo realmente importante? ¿Acaso dependemos de la publicidad para experimentar los límites del lenguaje, para desde el equívoco, la metáfora y el juego verbal desatar las amarras de los significados y crear otros mundos posibles? ¿No estará, en realidad, el lenguaje publicitario “contaminando” también otros lenguajes, en un mundo en el que las relaciones sociales se asimilan cada vez más a las de compra-venta? </p>

	<p>En fin, imagino que no era esa la razón de semejante medida legislativa, pero São Paulo al desnudo me parece estar más abierta a otras posibilidades de intervención ciudadana, donde el desarrollo de la creatividad no dependa únicamente de las necesidades del mercado.</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Hoy São Paulo es una ciudad de ciudades, que contiene en sus calles el Nordeste brasileño, Italia, Japón&#8230;, una especie de mundo condensado, interesante, múltiple, veloz. Una ciudad de tráfico imposible, que ha establecido turnos, según el número final de la matrícula del coche, para circular por lo que se llama el “centro expandido”, medida desesperada para aliviar la congestión brutal de sus principales vías.</p>]]></summary>
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	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2007-08-02T08:29:41Z</published>
		<updated>2007-08-01T08:30:26Z</updated>
		<title type="html">Caos aéreo en el país del futuro</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoán Carlos Lagares</cite></p>

	<p>Haciendo un repaso de las misivas anteriores, me he dado cuenta de que estaba dibujando un panorama más bien oscuro de Brasil en esta sección. Me pareció injusto. Pero es que la terca realidad no me dejaba enfocar otras facetas más luminosas. Se me pasó el carnaval intentando contar, sin conseguirlo, la fiesta en las calles, el barroquismo exacerbado de las escuelas de samba, la alegre participación de todos, atravesado por las noticias macabras que nos dejaban entrever otros mundos horribles.</p>

	<p>Como aquel en el que un niño de pocos años era brutalmente asesinado durante el robo de un coche, arrastrado a través de varios kilómetros, preso en el cinturón de seguridad que su madre no había conseguido desabrochar, mientras otros niños, los ladrones, un poco más mayores, de piel más oscura y mucho más pobres, huían enloquecidos de la escena del crimen, conduciendo a toda velocidad su nuevo instrumento de tortura. O como las reacciones, también enloquecidas, de los “ciudadanos de bien”, queriendo reducir la edad penal para encarcelar (¿y donde?) a los pequeños delincuentes que, según la prensa, surgen como hongos por todas partes para hacernos la vida imposible. El miedo de los niños. Es decir, por más insólito que resulte esta lectura del sintagma, los niños como fuente de miedo, como agentes aterrorizadores y no como víctimas de ancestrales temores.   </p>

	<p>La visión de la barbarie nos asusta, claro. La insensibilidad de quien sólo ve monstruos, también. Lo decía Nietzsche del cristianismo, su obsesión en ver el mundo feo y triste había hecho el mundo feo y triste. Mientras me escandalizaba la respuesta brutal y moralista de la llamada clase media (o de la opinión pública, o de los creadores de opinión, o vete a saber de quién), me daba cuenta de que yo mismo me estaba entregando a una especie de fatalismo crónico, instalado en el impronunciable tópico de los tristes trópicos.</p>

	<p>Iba a cambiar de asunto y de tono. Me las prometía felices, dispuesto a hablaros despreocupadamente de la conquista del <span class="caps">PAN</span> (de los Juegos Panamericanos, no del libro de Kropotkin) cuando un avión con unas doscientas personas se me estrella en Congonhas, el aeropuerto doméstico de São Paulo. Hace poco más de diez meses se cayó otro avión en Mato Grosso y se desencadenó un pequeño caos en la aviación brasileña, con atrasos monumentales en casi todos los aeropuertos. Se descubrió entonces que al sistema de comunicación que controla (?) el espacio aéreo se le va la olla de vez en cuando. Que los controladores (?) aéreos son militares de carrera, porque en este país la aviación civil está en manos del ejército, y que cobran un sueldo de miseria, se matan a hacer horas con equipamientos ultrapasados que a veces no funcionan, con una formación precaria (parece que algunos se comunican con los pilotos en un inglés macarrónico, casi incomprensible) y trabajando bajo las órdenes de superiores jerárquicos que de aviación saben tanto como yo de física cuántica (no es necesario decirlo, nada). Como no tienen derecho a huelga, hace pocos meses se amotinaron para reclamar mejores condiciones de trabajo, y hubo que frenar a los comandantes y brigaderos, que dicen que son cargos muy muy altos del escalafón militar, para que no los arrestasen a todos, dejando, entonces sí, completamente descontrolado el espacio aéreo brasileño. Todo para mantener la disciplina y la jerarquía, pilares básicos, según sus propias declaraciones a la prensa, de la institución. Eso es lo que llaman inteligencia militar. Por supuesto, de desmilitarizar el asunto, los tipos del uniforme caqui no quieren ni oír hablar. </p>

	<p>Ante lo que es una gigantesca crisis de gestión, nadie en el gobierno parece sentirse especialmente concernido, por no decir levemente responsable, incomodado, no sé, con algún peso en la conciencia. Hace poco más de un mes, antes del accidente más reciente, la ministra de turismo, Marta Suplicy (PT), respondía sobre los atrasos en un número exorbitante de vuelos invitando a todos aquellos que pasaban parte de sus vacaciones empantanados en los aeropuertos brasileños a relajarse y gozar. Claro, sólo hay que pensar en la de gente que se conoce mientras se espera durante horas en un aeropuerto. Mientras la oía hablar, yo, que tengo una imaginación calenturienta, ya veía las bacanales en las salas de embarque, todo el mundo gozando en público por recomendación gobernativa. </p>

	<p>La verdad es que para entrar en un cilindro metálico que vuela hay que tener mucha fe en la correcta aplicación de los principios físicos necesarios, en la experiencia y buen estado de salud del piloto, en las óptimas condiciones del aeropuerto, en fin, es necesaria mucha relajación para entregar la vida a un enmarañado de variables que no están bajo nuestro control y en las que es mejor ni pensar. Sabiendo además de esa tendencia a estrellarse que tienen las aeronaves en Brasil, se necesita mucha sangre fría para coger un avión y una sangre caliente de actor/actriz porno para coger (léase a la argentina) en un avión. Pero bueno, los ministros tienen informes técnicos, asesores y consultores, y supongo que saben lo que dicen.</p>

	<p>Cuando me vine a vivir a Brasil, aún bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (<span class="caps">PSDB</span>), el país estaba inmerso en otra crisis colosal, esta vez energética. Se había producido un apagón en casi todo el sudeste, como el de Barcelona pero a lo bestia. El problema no era de producción de energía eléctrica, sino de distribución. Brasil es un país continental que no aún no se ha adaptado a su propio tamaño, como un gigante de movimientos torpes que en determinados momentos entrase en colapso por su incapacidad para dominar el propio cuerpo. Todo el país tenía la electricidad racionada, según el número de habitantes cada domicilio disponía de una cuota de energía que no podía sobrepasar, so pena de pagar una multa. En ese momento, en esas condiciones, oí un anuncio institucional en la radio que me llamó poderosamente la atención. Una voz así como de graciosillo decía “yo no pongo más el aire acondicionado, ahora duermo en el bosque; ni uso calentador de agua, me baño en un río; y para qué quiero luz, con esta luna&#8230;!”. Después una voz tipo documental de Cousteau advertía en tono conciliador: “Tampoco es necesario exagerar! Siga las indicaciones del Ministerio de Energia y ayude a Brasil ahorrando electricidad”, o algo así. O sea que la incompetencia gobernativa provoca un inmenso apagón, impone racionamiento de energía en pleno verano, cuando el aire acondicionado es un artilugio vital, y aún se permiten vacilar&#8230;    </p>

	<p>Si yo fuese Stefan Zweig, además de escribir magistralmente, podría vislumbrar alguna esperanza en la crisis. En su famoso libro, <em>Brasil, un país del futuro</em>, publicado en 1941, el escritor alemán teje una impresionante oda a la potencialidad de este inmenso país. Parece que el libro fue escrito en pago al gobierno de Getúlio Vargas, durante la dictadura del Estado Novo, por  haberle concedido un visado de residencia en el país cuando escapaba del nazismo. Pero no importa. Además de primorosas descripciones de las bellezas naturales brasileñas, Zweig hace una lectura más que optimista de las sucesivas crisis económicas que padeció el país. La del oro, que frenó el desarrollo del Estado de Minas Gerais, la del caucho, que hizo lo mismo con la región amazónica, la del café, la del azúcar&#8230; Para el autor, todas las crisis eran oportunidades para redirigir el desarrollo económico del país, todas habían lanzado Brasil con sus riquezas mucho más lejos. De crisis en crisis el futuro sólo podía ser esperanzador. </p>

	<p>Es mejor ni pensar que poco después de acabarlo, y tras haber pasado el carnaval en Río de Janeiro, Stefan Zweig se suicidó con su mujer, Lotte, en Petrópolis, ciudad serrana a pocos kilómetros de la capital carioca. Su libro se reeditó varias veces en muchos idiomas, su título se transformó en profecía o, según otras lecturas, en maldición. Como si el sueño se fuese a postergar indefinidamente, perdido en un porvenir perpetuo, que nunca se hace presente. Por eso es mejor pasar de las promesas de futuro. Hasta la próxima crisis.</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2006-11-08T06:40:12Z</published>
		<updated>2006-11-08T09:16:49Z</updated>
		<title type="html">Canibalismo y realpolitik</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoán Carlos Lagares</cite></p>

	<p>Se sabe que algunos pueblos que habitaban las tierras brasileñas cuando aquí llegaron los portugueses eran antropófagos, y que tenían la costumbre de comerse a sus enemigos. Ciertos episodios de canibalismo se hicieron famosos y ultrapasaron los siglos para que su memoria llegase hasta nuestros días. Una de las historias más curiosas es la del holandés Hans Staden, que en un libro titulado “Mi cautiverio entre los salvajes de Brasil” cuenta cómo, tras sobrevivir a un naufragio, cayó en manos de los tupinambás y consiguió librarse varias veces de ser devorado gracias a la protección divina, que es patrimonio exclusivo, por lo visto, de los europeos. Lo cierto es que, según su propio relato, acabó haciendo amistad con algunos de sus captores, y consiguió ser lo bastante diplomático para que no le tomasen a mal que no compartiera la mesa con ellos. Algunos grabados que ilustraban la primera edición, de 1557, mostraban escenas de grandiosos churrascos comunales al aire libre, con enormes parrillas sobre las que se asaba a fuego lento un muslito, un brazo, un lomo&#8230;</p>

	<p>Pero, sin duda, la víctima más famosa del hambre humana de los indios brasileños fue el obispo Sardinha, devorado por una tribu que habitaba lo que hoy es el estado de Alagoas. El poeta José Paulo Paes inmortalizó el caso en un poema publicado en 1954, titulado “L’affaire Sardinha”, y que podríamos traducir más o menos así:</p>

	<blockquote>
		<p>El obispo le enseñó al indio,<br />
Que el pan no es pan, sino Dios <br />
Presente en la eucaristía.</p>
	</blockquote>

	<blockquote>
		<p>Y como un día le faltase <br />
El pan al indio, este se comió <br />
Al obispo, eucarísticamente. </p>
	</blockquote>

	<p>Los modernistas asumieron precisamente esa herencia caníbal expresando en su “Manifiesto antropófago” el deseo de devorar y deglutir toda y cualquier influencia extranjera, en la construcción de una cultura que sólo a falta de mejor nombre podría denominarse nacional. “Tupi or not Tupi, esa es la cuestión”.</p>

	<p>Es casi imposible no recordar toda esa tradición antropófaga al leer en los periódicos que, en los últimos días de campaña, una alckimista le arrancó de un mordisco un pedazo de dedo a una lulista, en una ardorosa manifestación política vivida en la civilizada Zona Sur de Río de Janeiro. La tibia campaña del primer turno se fue poniendo, como vemos, peligrosa.</p>

	<p>Por otra parte, es también medio caníbal el comportamiento político, común en los segundos turnos, de devorar a los adversarios derrotados, que dejan de serlo para convertirse en parte de la candidatura sobreviviente. En la campaña presidencial que llevó a Lula a la reelección no se dio ese fenómeno de una forma tan clara, aunque muchos antiguos adversarios se hayan colocado desde su primera victoria al lado del líder petista. Famosos reaccionarios, como , e incluso activos colaboradores de la dictadura militar, como . En la elección de gobernador de Río de Janeiro, sin embargo, asistimos a inéditas e inauditas alianzas de segundo turno, cuando la cosa estaba entre el pemedebista Sérgio Cabral y la candidata del <span class="caps">PPS</span>, Denise Frossard.</p>

	<p>El antiguo gobernador de Río, conocido como Anthony Garotinho, y la actual gobernadora, su mujer, que responde al nombre de Rosinha Garotinho, apoyaban, claro, a Cabral, que es de su mismo partido. Cabral, por su parte, apoyaba a Lula para las presidenciales. Los Garotinho, sin embargo, le dieron su público apoyo (envenenado, porque parece que le quitó más votos de los que le dio) a Alckmin, mientras que el candidato a gobernador de su propio partido, Eduardo Paes, derrotado en el primer turno, decidió apoyar a Cabral en el segundo. Paradojicamente, era la otra candidata, la jueza Denise Frossard, quien relacionaba su candidatura con la de Alckmin, pues se presentaba a las elecciones coaligada con el <span class="caps">PFL</span>, partido ligado al <span class="caps">PSDB</span> de Geraldo en el ámbito federal. <br />
No sé si se ha entendido, pero no me pidáis que lo repita.</p>

	<p>El realismo político de Lula, que hoy, embellecido por la reciente victoria, se presenta como una opción de fecundo diálogo entre fuerzas políticas, me parece en realidad una especie de cheque en blanco para el , el partido brasileño con más horas de vuelo gobernista (y también, al mismo tiempo y sin que haya contradicción alguna, de oposición) del complejo espectro parlamentario. El <span class="caps">PMDB</span> es un caso digno de estudio de partido-para-todo. La anterior legislatura se la pasó dividido entre el gobierno, incluso asumiendo la titularidad de varios ministerios, y la oposición más clamorosa. Después de estas elecciones es el partido con más parlamentarios en el congreso y el que domina más Estados. Su presencia en el próximo gobierno de Lula y su peso en las decisiones políticas será muy importante. De momento, el sector oposicionista está reconsiderando su posición y hará valer su poder de chantaje para poder disfrutar de su parcela de poder.</p>

	<p>Después de toda aquella intensa campaña mediática por la ética en la política, en la que los tiros siempre iban en la misma dirección, denunciando la compra y venta de informes contra adversarios, los recientes resultados electorales han creado situaciones embarazosas. Vuelve a Brasilia, ahora como senador, el ex-presidente que padeció un <em>impeachment</em>, . Un ex-gobernador paulista, Paulo Maluf, presunto campeón mundial en sobrefacturación de obras públicas, y que ya estuvo preso por evasión de divisas, es el segundo diputado federal más votado del país. <br />
Con ese panorama, Lula va a tener que estar muy atento para que la reelección no se le acabe indigestando.</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2006-09-21T07:04:00Z</published>
		<updated>2006-09-20T16:05:54Z</updated>
		<title type="html">Sobre las elecciones presidenciales y otras perplejidades</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoan Carlos Lagares</cite></p>
	<p>Quién vivió hace cuatro años la campaña electoral que llevó a Lula a la presidencia de Brasil consigue sólo con mucha dificultad identificar a los mismos actores en la actual campaña, que terminará con las próximas elecciones del 1 de octubre. Había entonces adhesivos por todas partes, insignias con la estrella blanca luciendo en muchas camisas, banderas rojas, pancartas en las ventanas y cientos de militantes del PT en las calles, en manifestaciones musicales y “danzantes”, que empezaban con las músicas de campaña pero que acababan invariablemente con aquellos “sambas-canção” de siempre, como un carnaval fuera de época. Hoy, como consecuencia de una política económica, digamos, continuista y de una sucesión de escándalos de corrupción que acabaron con buena parte de la cúpula petista, la militancia anda deprimida o avergonzada o asustada. En cualquier caso, anda invisible. Casi no se ven carteles de los candidatos, casi no hay manifestaciones políticas en las calles, y, como parte de una estrategia para enfriar aún más esta gélida campaña, Lula, en su calidad de candidato a la reelección, no participa en debates en televisión y reduce lo máximo posible el contacto con la prensa.</p>
	<p>Dicen los analistas políticos que las campañas desapasionadas son un índice de madurez democrática, que climas de ilusión desmedida o de miedo con los posibles cambios políticos muestran una sociedad dividida, y que son peligrosos para la convivencia. Que incluso un cierto nivel de abstención es saludable, y la participación masiva de los electores, al contrario, debe ser vista con preocupación. Aquí no existe exactamente ese problema porque el voto es obligatorio, un penoso deber que la mayoría va a cumplir sin convicción. Simplemente, este año tal vez aumente de modo significativo el voto nulo. </p>
	<p>Según las últimas encuestas, Lula vencería con facilidad en la primera vuelta. En estos momentos está con el 48 % de intención de voto. La campaña desatada por la oposición y sus agentes en la prensa brasileña intentando asimilar el nombre de Lula y del PT a la corrupción, con motes como “nunca hubo en Brasil un período de tamaña degeneración moral, etcétera”, parece no haber funcionado tan bien como esperaban sus creadores. Dicen los “opinadores”, que se autodenominan “opinión pública”, que eso se debe a las políticas populistas del gobierno, que compra las voluntades de los más pobres con limosnas repartidas masivamente, sobre todo en el Nordeste del país, donde Lula consigue sus mejores resultados. La verdad es que el “Bolsa-Família” es el mayor programa de transferencia de renta ya implementado en este país (y posiblemente en cualquier otro), y que, sin resolver el problema de la pobreza, salva del hambre a muchas familias e inyecta algún capital en lugares económicamente paralizados y abandonados por el Estado desde hace mucho tiempo. Es una vergüenza ver o leer “reportajes de investigación” descubriendo que algunos beneficiarios del programa no son suficientemente pobres para recibir el beneficio, y mostrando eso como un caso más de corrupción. </p>
	<p>En lo económico, el gobierno Lula consigue mantener un extraño equilibrio. Con metas de superávit primario y control de la inflación satisface al Mercado, al mismo tiempo que ha parado la onda privatizadora iniciada por el anterior gobierno y mantiene un diálogo constante con los principales movimientos sociales. Si los escándalos de corrupción no parecen afectarle es, me imagino, porque está suficientemente claro que ninguno de los actores políticos actuales tiene legitimidad para acusarlo. Cuando un tercio del congreso está siendo investigado por crímenes económicos, con casi todos los partidos políticos implicados, el argumento de que la corrupción es sistémica, que Lula repite cuando se le pregunta sobre el tema, debe resultar suficiente para los electores. En ese sentido, si todo el mundo tiene claro que los casos de corrupción desvendados no son nuevos, la novedad consiste en el simple hecho de que estén siendo investigados. Una lectura optimista diría que eso demuestra la independencia con que actúan en este gobierno la Policía Federal y las autoridades judiciales. Otra lectura más pesimista (habrá quien diga que más realista) sería que, simplemente, este gobierno, por su debilidad en el congreso, no ha tenido capacidad para ahogar las denuncias que iban surgiendo, como hacían los anteriores. </p>
	<p>En cualquier caso, parece que la imagen de Lula se mantiene intocable, mientras que la auténtica víctima de toda esa situación es el Partido dos Trabalhadores, el único partido brasileño que podía ser llamado por tal nombre, con militancia organizada y actuante, ideología definida y esas cosas que se supone que deben tener los partidos políticos. Por increíble que parezca, la principal estrategia de Lula para esta campaña consiste en enumerar los logros del gobierno evitando toda referencia al partido que él mismo fundó. Se acabaron las mareas rojas y las estrellas, la nueva propaganda lulista es verde y azul. Para que continúe el vuelo de la presidencia, no ha dudado en soltar el lastre del PT, cuyo logotipo aparece sólo en letras diminutas, como las cláusulas polémicas de los contratos. Las malas compañías del primer mandato, todos esos partidos de ocasión que están siempre a la sombra de los gobiernos, sean del color que sean, son ahora compañeras de campaña. Según la implacable lógica del presidente, dada la fragmentación política que caracteriza el congreso, es imposible conseguir una mayoría que permita gobernar sin pactar, y sólo se puede pactar con eso que está ahí. En Rio de Janeiro, por ejemplo, Lula participó en un acto de campaña de un nuevo partido “evangélico”, el PRB (¿Partido Reformista Brasileiro?), de la mano del ex-obispo Crivella, candidato a gobernador por estos pagos, y por lo visto citó ocho veces el nombre de dios en tan sólo dieciocho minutos, para delirio de la audiencia congregada. </p>
	<p>El segundo candidato mejor colocado en las encuestas, con el 27 % de intención de voto, es el ex-gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, del PSDB. Tras enfrentar un proceso difícil en su propio partido para imponerse como candidato, este político conservador con pinta de seminarista y relaciones poco claras con el Opus Dei no ha conseguido calentar la campaña. Sus propuestas se reducen a un “choque de gestión” para acabar con los problemas del país, sólo que el gestor experto que dice ser no es capaz de explicar el alcance de su responsabilidad en la situación carcelaria y en los ataques violentos del PCC, que nació y creció durante su mandato en São Paulo. Por si fuera poco, su partido tampoco ayuda. Hace unos días el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso hizo pública una carta en la que criticaba la campaña de su colega, que evita identificarse con los ocho años de gobierno federal pesedebista, y animaba a los miembros de su partido a no avergonzarse de la política de privatizaciones que marcó su mandato, al mismo tiempo que proponía para Brasil un “choque de capitalismo” (!). </p>
	<p>Durante la precampaña, Alckmin justificaba su desventaja en las encuestas por el hecho de ser poco conocido fuera de São Paulo y decía que eso cambiaría con el horario electoral gratuito en televisión. No contaba, claro, con que al volverse más conocido en el país también aumentara considerablemente el nivel de rechazo entre los electores. Y de nada sirve que todo el material propagandístico de su campaña insista en llamarlo sólo por el nombre propio, “o Geraldo”. Esas confianzas con el elector no se construyen en un día.<br />
La sorpresa de esta campaña sin sorpresas es la tercera colocada, con el 9% de intención de voto. La hasta ahora senadora Heloísa Helena saltó a la fama mediática cuando, dentro del PT, se opuso a la llamada “Reforma da Previdencia” (la Seguridad Social de aquí) y votó contra su propio grupo parlamentario. Eso provocó su expulsión del partido y la llevó a fundar  una nueva leyenda, el PSOL (Partido Socialismo e Liberdade), que está atrayendo un número cada vez mayor de descontentos del PT. </p>
	<p>No se le puede negar a HH un estilo característico. Vestida siempre de pantalones vaqueros y camisa blanca, cola de caballo y gafas finas, con pinta de monja de la teología de la liberación, su discurso encendido atrae el voto descontento, de protesta, ante el descalabro ético del partido que defendía un país decente. Y poco más. Lo de la apariencia de monja no es maldad mía. Ella, que se opone al aborto por motivos “espirituales”, dice ser muy religiosa, de adscripción evangélica, al mismo tiempo que se declara marxista. En realidad, Heloísa Helena representa una izquierda vociferante, de vocación opositora y sin ideas claras. Que sabe que sus propuestas no son posibles en el actual marco político, que tampoco sabe cómo hacer para transformar la situación, y que no reconoce ni una cosa ni la otra. En pocos meses ya se produjo una quiebra en la alianza de (sólo) dos partidos que sustenta su candidatura, que no se ponen de acuerdo sobre el programa de gobierno. En una reciente entrevista ella reconocía que el programa electoral no tenía por qué coincidir exactamente con el programa de gobierno, sobre todo cuando se trata de cuestiones económicas serias, como el pago de la deuda pública o las estrategias para controlar la inflación. “O Geraldo” evita la confrontación con ella, esperando que le siga robando votos a Lula y le ayude así indirectamente a llegar al segundo turno. </p>
	<p>Si digo que Cristovam Buarque, el cuarto candidato en disputa, con el 1% de intención de voto, parece un cura, van a pensar que padezco una extraña manía persecutoria causada por el trauma de haber estudiado durante mis primeros años escolares en un colegio religioso. Puede ser. La verdad es que Cristovam fue una de las primeras  decepciones del gobierno Lula, donde asumió el Ministerio de Educación y fue cesado por teléfono tras una gestión de tonos grises. Ex-rector de la Universidad de Brasilia y ex-gobernador del Distrito Federal, es quizá un buen ejemplo de intelectual interesante y político mediocre. Desengañado con el PT, emigró para el PDT (Partido Democrático Trabalhista), desde donde lanzó su candidatura, aunque sin mucha convicción, a la presidencia de la República. A pesar de ser el único candidato que deja el nombre de dios en paz, dice que la suya es una “cruzada” (¡vaya por dios!) por la educación. Últimamente ya está pidiendo el voto hasta para Alckmin, argumentando que es importante que Lula no gane en la primera vuelta. Resulta difícil no ver en todo eso un poco de despecho y algunas ganas de venganza.</p>
	<p>El hecho de que se elijan diputados federales, senadores, diputados estaduales y gobernadores    al mismo tiempo que el Presidente hace esta campaña aún más interesante y aumenta considerablemente el número de perplejidades. Si, como dicen, la política hace extraños compañeros de cama, el panorama político brasileño presenta características orgiásticas, de todos con todos (o, lo que es lo mismo, todos contra todos). Como veis, no es fácil seguirle el hilo a los vaivenes políticos en este país. ¡Ya me estoy preparando para enfrentar el desafío de intentar explicar(me) la situación post-electoral!</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2006-05-18T06:52:00Z</published>
		<updated>2006-05-17T05:49:34Z</updated>
		<title type="html">Estado de sitio</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		<category term="Derechos-Humanos" />
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoán Carlos Lagares</cite></p>
	<p>Vivo en Río de Janeiro pero trabajo la mitad de la semana en São Paulo. El lunes, 15 de mayo, llegué a las cinco de la tarde a la estación de autobuses y me encontré una ciudad sumergida en el caos, el metro abarrotado, pocos buses, embotellamientos quilométricos, todo el mundo intentando volver a casa antes de que cayese la noche. Una sensación de miedo generalizada. Una ciudad sitiada, en estado de guerra. Cuando, tras diversas peripecias que no voy a relatar, llegué a la facultad de la Universidad de São Paulo, me encontré las puertas cerradas, el campus desolado. Algunas personas esperaban que el tráfico mejorase un poco para poder volver a casa. Las clases nocturnas habían sido canceladas. </p>
	<p>Todo tipo de rumores corrían por las calles, que si el metro había sido amenazado, que si habían cerrado el aeropuerto, que si una universidad privada había sido atacada con bombas. Todo mentira, ¿pero eso qué importa cuando, de hecho, comisarías, cuarteles de bomberos y oficinas bancarias fueron atacadas a tiros, si se quemaron buses, se tomaron presidios y varios policías fueron asesinados en sus propias casas? Cuando llegué a mi calle  todo estaba oscuro, los restaurantes ya estaban cerrados y ni un sólo coche circulaba por la calzada. </p>
	<p>Parece que los ataques fueron una respuesta al traslado de más de setecientos presos, dirigentes del grupo criminal &#8220;Primeiro Comando da Capital&#8221;, a presidios de mayor seguridad. Esa operación coincidió con el indulto concedido a doce mil presos para que pasasen el Dia de la Madre, que en Brasil es el tercer domingo de mayo, en sus casas. El trato que el Estado da a los presidiarios es de una crueldad asustadora, pero en estas ocasiones, curiosamente, las autoridades se ponen sentimentales, tal vez queriendo ofrecer materia fresca para esas noticias “humanas” que cierran el telediario de las diez. A fin de cuentas, todo el mundo tiene madre. Las buenas intenciones de la hipocresía política pusieron en la calle, de un día para otro, un auténtico ejército con instrucciones precisas para cazar policías y sembrar el pánico.</p>
	<p>Ante esta situación grotesca, Cláudio Lembo, del derechista PFL, actual gobernador de São Paulo tras la renuncia de Alckmin, decide culpar a los abogados de los presos por la organización de esas acciones guerrilleras. Especialistas en (in)seguridad atribuyen toda la responsabilidad a las compañías de telefonía móvil, por no bloquear la señal en las prisiones y por permitir así que los capos de la mafia dirijan los ataques desde la cárcel.</p>
	<p>El Estado se declara impotente y asume su incompetencia. No consigue ofrecer condiciones de vida dignas a muchos de sus ciudadanos, generando marginalidad y dejando en manos de facciones criminales el control de parte de las ciudades Después amontona a los presos en cárceles infernales, superando en hasta cuatro veces la capacidad real de las celdas, donde comparten el poco espacio disponible con las ratas. Y ni siquiera es capaz de impedir la entrada de armas y móviles en sus depauperadas prisiones, auténticas micro-sociedades independientes con reglas propias.</p>
	<p>Como suele suceder, el miedo provoca más violencia. En dos de las más populares cadenas de televisión abierta (RedeTV y sbt) fue entrevistado esa misma noche el siniestro ex-coronel Ubiratan Guimarães, responsable por la matanza de 111 presos amotinados en Carandiru, acontecida hace algunos años, y que, impune, sigue haciendo constante apología del exterminio de &#8220;bandidos&#8221;. Brasil tiene un &#8220;modernísimo&#8221; sistema electoral de listas abiertas, con urnas electrónicas donde el elector debe marcar el número atribuído al candidato de su preferencia. Pues bien, el tal Ubiratan se presentó a las elecciones estaduales y escogió precisamente el número 111 para identificar su candidatura. El exterminio como distintivo, el crimen como medalla. Lo peor es que consiguió salir elegido y hoy es invitado a participar en programas televisivos como diputado especialista en cuestiones de seguridad.</p>
	<p>Estamos en guerra. Una vez, cuando estudiaba latín en el instituto, traduciendo un episodio de la guerra de las Galias, de Julio César, usé el verbo “asesinar” y fui corregido por la profesora, que me recordó que los soldados en las guerras simplemente matan, no asesinan. Pues eso. Los criminales se vuelven héroes y los sentidos se reorganizan en una lógica macabra.</p>
	<p>Una de las más precisas definiciones de Brasil que conozco consiste en una única palabra,  Belíndia, es decir, una mezcla de Bélgica con la India, porque aquí conviven el primero y el tercer mundo en cada esquina. La guerra está aquí mismo, no es sólo una imagen en la pantalla de la televisión, qualquiera puede tropezar com ella en la calle, está latente en cada ciudad, en cada barrio, en cada casa, en las relaciones sociales envenenadas por una desigualdad económica lacerante. La historia de Brasil es la de una permanente explosión contenida, con poderosísimas válvulas de escape (carnaval, religión, fútbol, samba, exhuberancia natural y &#8220;a alegria é a prova dos nove&#8230;, etcétera”.) que consiguen de momento controlar la presión. Sin embargo, la incómoda sensación, y la clara evidencia, de que estamos sentados en un barril de pólvora es cada vez más persistente.</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Filipe Diez</name>
		</author>
		<published>2006-04-26T06:48:00Z</published>
		<updated>2006-04-26T07:00:14Z</updated>
		<title type="html">Galería de tipos: bicheiros, doleiros y grileiros</title>
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		<id>tag:librodenotas.com,2006-04-22:77c262b7562572606450a68115f67ab6/4b20529b58747247a99f51bb98d51fdb</id>
		<category term="Políticas nacionales" />
		<category term="Critica-social" />
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Filipe Diez</cite></p>
	<p>Como un Narciso tuerto de un ojo, Brasil se mira en el espejo y se ama, seguramente porque no se ve. No, al menos, de cuerpo entero. No, desde luego, con todos sus rostros. Faltan muchos, demasiados rostros de este país, en los retratos que se producen para el consumo tanto interno como externo.</p>
	<p>Y no me refiero solo a los rostros más humildes, ya acostumbrados al olvido, sino también a algunos retratos menos inocentes, tan crueles como necesarios para completar la imagen en el espejo. Veamos algunos ejemplos.</p>
	<p>No encontrará nuestro Narciso ningún río mejor para mirarse que Rio de Janeiro. En la periferia de la metrópolis tropical, en permanente estado de guerra no declarada, los amos del territorio son los <strong>bicheiros</strong>. Ellos controlan el llamado jogo do bicho (“juego de los bichos”), un juego de azar originario y exclusivo de Brasil, cuya existencia atraviesa al menos los últimos tres siglos. Tan popular que se realizan tres extracciones diarias, la lotería de los pobres mueve un volumen de dinero de tal magnitud que hace figurar a los principales bicheiros entre las mayores fortunas del país.</p>
	<p>En sus respectivos territorios, los <em>bicheiros</em> dictan la ley y disponen de un ejército privado bien armado capaz de imponerla por la fuerza si se hace necesario; cuidan de los intereses de la comunidad y ejercen como sus portavoces ante el poder político oficial; y, por si eso fuese poco, financian las actividades de recreo en el barrio. En pocas palabras, articulan &mdash;junto a los jefes del narcotráfico, cuando no son ellos mismos&mdash; eso que se ha dado en llamar el “Estado paralelo”, que ya es una realidad en las comunidades urbanas periféricas de todo el país (vulgo <em>favelas</em>), acostumbradas a vibrar al ritmo de las tragedias durante 51 semanas por año y al ritmo de la samba en la intensa y efímera semana de Carnaval, imperio del mundo al revés que, en el caso de Rio de Janeiro, es financiado &mdash;cómo no&mdash; por los <em>bicheiros</em>.</p>
	<p>En esa frenética semana, la elite social brasileña tolera (y fomenta) la exhibición colorista de las <em>favelas</em> en pasarelas <em>ad hoc</em>, e incluso comparte mesa con los <em>bicheiros</em>, pero durante el resto del año busca otras compañías más útiles para sus negocios. En un país donde la evasión fiscal es una obligación moral para las clases medias y altas, y donde la economía sumergida responde por más de la mitad del PIB, los magos de las finanzas son personajes clave, con una vida mucho más discreta que la de los bicheiros, pero no menos lujosa. Son los <strong>doleiros</strong>, término derivado de “dólar”, aunque bien podría serlo de “dolo”. En la época de las tasas de inflación astronómicas, los <em>doleiros</em>, dueños de las casas de cambio alternativas, se hicieron de oro especulando con el cambio del dólar y, claro está, con la evasión de divisas. El control de la inflación les privó de una lucrativa ventanilla de negocios, pero, al coincidir con el auge del crimen organizado, les abrió de par en par las puertas del lavado de dinero.</p>
	<p>Si necesita usted abrir una empresa fantasma, colocar a un hombre de paja (incluso o principalmente sin que él lo sepa) al frente de sus negocios, abrir cuentas secretas en el exterior, desviar dinero público, conseguir documentos falsos, legalizar cargamentos de productos robados o falsificados, o simplemente lavar dinero negro, no dude en entrar en contacto con un doleiro. Esos funambulistas de la ley nunca faltan en ningún sarao que se precie, desde una red de corrupción local hasta los más altos escalones del poder.</p>
	<p>Pero no todo en Brasil es jungla de asfalto. En el interior, la truculencia puede llegar a ser mayor que en las grandes ciudades. Candidatos bien colocados a personajes más despreciables de la sociedad brasileña, los <strong>grileiros</strong> constituyen la cara más áspera del atraso. Su actividad básica se resume en invadir tierras cuyos propietarios no pueden defenderse (comunidades indígenas o labradores aislados), amenazando de muerte a quien no abandone sus tierras en el plazo marcado y ejecutando dichas amenazas sin el menor escrúpulo, en caso de encontrar resistencia.</p>
	<p>Los <em>grileiros</em> son responsables &mdash;en solitario o con la complicidad de terratenientes, madereros, políticos y funcionarios corruptos)&mdash; de la persecución y el asesinato de líderes campesinos, trabajadores rurales, políticos de izquierdas y religiosos comprometidos con la causa de los pobres; del genocidio o el exilio forzoso de pueblos indígenas enteros; de la extracción y el tráfico ilegales de madera y de animales en vías de extinción; y de la sujeción a condiciones de esclavitud de jornaleros atraídos desde lugares distantes con falsas promesas de empleo bien remunerado.</p>
	<p>Seres despreciables, que causan escalofríos. Y miseria. Y desesperación. Y muerte. Gentuza de la peor especie, de esa que estropearía cualquier retrato. Que haría a cualquier persona con un mínimo, si no de ética, al menos de estómago, rebelarse. Por eso, Brasil prefiere seguir siendo tuerto. Tuerto del ojo izquierdo, y con cataratas en el derecho. </p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2006-01-25T06:00:00Z</published>
		<updated>2006-03-30T10:27:20Z</updated>
		<title type="html">La solución</title>
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		<category term="Critica-social" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoán Carlos Lagares</cite></p>
	<p>La primera vez que estuve en Brasil, y cuando llevaba a penas unos dos meses sobre este suelo, me lancé después de algunas cervezas a argumentar con pasión y a levantar espontáneas hipótesis sobre la realidad brasileña. Mi colega Filipe, misivista en este mismo Libro de Notas, a quien estaba visitando en Salvador, me miró entonces con ironía y comentó, como quien ya había sentido en algún momento los mismos impulsos, “nadie se resiste a la tentación de intentar explicar Brasil”. Es verdad, nadie se resiste. Cuando volví a Brasil, esta vez para quedarme, leí durante una noche de insomnio (insisto, había venido para quedarme), un libro titulado precisamente <em>Para entender o Brasil</em>, de la editorial Allegro, con textos de políticos, músicos, escritores, economistas, humoristas, profesores&#8230; No se si entonces creí entender algo, pero ahora tengo claro que ningún país, o mejor aún, que la realidad no se despliega ante nuestros ojos como una ecuación que se deba resolver. No todo lo que vivimos se deja encerrar en los estrechos límites de nuestra comprensión.  </p>
	<p>Con ese espíritu leo el periódico diariamente. Así me deparé hace unos meses, y aún no había estallado el escándalo de la financiación irregular de los partidos políticos (que la prensa ha convertido en el escándalo del “mensalão” del PT), con una información en la <em>Folha de São Paulo</em> sobre la inauguración de un centro comercial descomunal y lujoso, con grandes columnas y paredes de mármol, llamado <em>Daslu</em>. Una especie de supermercado para millonarios, con todo tipo de objetos carísimos para las pijas paulistanas. Según la gerente del local, la tienda contaba con una planta dedicada a productos para caballeros, para que ellos también se pudieran entretener en cuanto sus mujercitas iban de compras. Destacaba entre esos objetos un helicóptero (un helicóptero, sí, de verdad) colgado del techo en una de las cúpulas de la galería. La gerente enfatizaba, con sus rubias madejas sobre los hombros, que todo lo que se podía ver alrededor, entre esas cuatro paredes, todo, estaba a la venta. Entre las empleadas, seguía diciendo el periódico, estaba la hija del gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, del PSDB (Partido Social-Democrata Brasileiro), actual pre-candidato a la presidencia de la República, que encontraba todo “lindísimo” buscando la aprobación de su poderoso papá. </p>
	<p>Poco tiempo después se presentaba en Río de Janeiro una marca de ropa con el nombre <em>Daspu</em> (entiéndase, en español, <em>De las pu</em>...), con la intención de recaudar fondos para una ONG llamada <em>Davida</em>, que lucha por los derechos de las prostitutas brasileñas. La ropa, que se define como “moda para prostitutas que cualquier mujer puede usar” se divide en cuatro colecciones: la línea batalla, con modelitos cortos y escotados; la línea ocio, de biquinis; la línea fiesta, con “fantasías” y camisetas de carnaval; y la línea activismo, con mensajes políticos sobre prostitución. </p>
	<p>El equipo de abogados de la <em>Daslu</em> presentó entonces una demanda contra las socias de la Daspu, argumentando que el parecido de los nombres denegría y dañaba la imagen de sus clientes. Los abogados después tuvieron que abandonar, supongo, ese frente de guerra, para responder a las acusaciones de la justicia sobre evasión de divisas y fraude fiscal de la Daslu, en escala proporcional a sus colosales dimensiones. En esa época, parte de la prensa y algunos políticos pesedebistas creyeron ver la mano del gobierno en la operación policial que acabó con la rubia gerente de la macrotienda entre rejas. Estábamos en los inicios del culebrón de comisiones de investigación que hacen sangrar al gobierno Lula. Queda claro que ser socialdemócrata en Brasil es ser inequívocamente de derechas. </p>
	<p>Pero no es de eso de lo que quería hablar. Leyendo esas noticias no pude evitar sacar algunas conclusiones, provisionales, sobre la hipocresía y la rotunda mala educación de la elite económica brasileña. Las elites suelen ser hipócritas en todas partes, y su educación consiste casi siempre en un conjunto de maneras (buenas o malas) para empertigarse sobre las masas, que ven sus desfiles de modelitos por televisión. Una determinada elite brasileña, la que de una forma u otra siempre gobierna, la que controla los medios de comunicación, tiene horror o asco o pánico de los pobres. En un país tan desigual como este, pretende vivir como si los cincuenta millones de pobres alrededor no existiesen. O como si fuesen un problema del paisaje. <br />
La presencia de gente sin-techo durmiendo bajo los puentes se convierte en un problema de higiene, porque, sólo hay que leer los periódicos, los desgraciados mean y cagan y follan en la calle. Las favelas son un problema de orden público y el Estado sólo puede ofrecer para resolverlo más intervenciones policiales indiscriminadas. Hace unos meses un grupo de niños negros robaron a unas mujeres que paseaban por la playa en el Leblón, barrio noble de Río de Janeiro. La imagen fue captada por un fotógrafo y reproducida incansablemente en todos los medios. El periódico <em>Globo</em> ofreció al día siguiente una entrevista para hablar sobre el asunto&#8230; con el responsable de turismo del ayuntamiento. Para el Globo, la favelización de Río nos jode el paisaje a los que pagamos impuestos y ha iniciado por eso una campaña para su remoción de algunos puntos emblemáticos. Un titular llamaba especialmente la atención, era algo así como ‘Ya se puede ver una favela desde el Leblón’, como si el problema no fuera la existencia de la favela sino el hecho de que estuviera a la vista.</p>
	<p>Uno de los tópicos que permean el discurso político habitual en Brasil es que hay en el país un problema de educación. Un candidato a diputado, no sé quien, un listillo cualquiera con dinero para hacer campaña en este sistema electoral de listas abiertas, con partidos que son sólo coaliciones electorales para la ocasión, disparaba desde un cartel orgullosamente su eslogan definitivo: “Educación es la solución”. Es verdad que el estado necesita invertir en educación pública de calidad para todos, pero no es eso lo que los políticos oportunistas y una buena parte de la clase media desea. Lo que se esconde por debajo de ese tópico es que el pueblo está muy mal educado, porque los pobres se visten mal y hablan peor, “todo errado”, y siempre a gritos. Y si son pobres, en el fondo, es por su culpa. Si yo fuese partidario de soluciones definitivas, con todo el peso histórico que ese sintagma soporta sobre los hombros, defendería un programa de reeducación para la clase media y, sobre todo, para las elites económicas, tipo campo de trabajo de la China maoísta. Mientras tanto, simplemente, no dejo de denunciar siempre que puedo esa insoportable falta de educación.</p>]]></content>
	</entry>
	<entry>
		<author>
			<name>Filipe Diez</name>
		</author>
		<published>2005-10-26T07:17:00Z</published>
		<updated>2006-03-31T16:56:09Z</updated>
		<title type="html">Terra Brasilis, semper incognita</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Filipe Diez</cite></p>
	<p>Cuando los mapas informaban de los monstruos que habitaban el mar, cuando los imperios llegaban en naos, creyeron los navegadores portugueses haber descubierto, de este lado del océano, una especie de paraíso terrenal. Una tierra virgen, de aguas abundantes y exuberante naturaleza, de gentes pacíficas y clima ameno. Una tierra que, después de diversas peripecias &mdash;en las cuales me detendré otro día&mdash;, acabaría llamándose Brasil.</p>
	<p>Hasta hoy, esa imagen de paraíso terrenal sigue formando parte del imaginario nacional brasileño, a pesar de tanta y tan cruenta tozuda realidad. Sin embargo, esa idílica representación no agota, ni mucho menos, el análisis del acontecer de esta sociedad. Lo cierto es que Brasil necesita ser descubierto aún muchas veces, diríase que a cada día.</p>
	<p>El último episodio notable de esta sociedad ocurrió el pasado domingo día 23: fue realizado un <strong>referendum</strong> para ratificar la prohibición del comercio legal de armas y munición en el país. Háganse una idea: Brasil es un país de 180 millones de personas, lo que da una cifra de 50 millones de hogares (pues la media actual, según datos de 2003, es de 3,6 personas por domicilio); y en 15 millones de esos hogares, existen armas de fuego. O sea, hay el doble de armas que de conexiones a Internet.</p>
	<p>Al mismo tiempo, todos los años mueren en Brasil 36 mil personas por disparos de armas de fuego. Una media de 99 personas por día, bastante más que en los peores días de terror en el Irak ocupado. En la inmensa mayoría de los casos, las víctimas ni siquiera consiguen ser noticia en los medios de comunicación locales, de modo que la violencia no trasciende por esa vía. A menos que estén vistiendo la camisa de un equipo de fútbol y sean asesinados por hinchas de algún equipo rival: exactamente una semana antes de la votación, un aficionado del Palmeiras y otro de la Ponte Preta (equipos de São Paulo) fueron asesinados por fanáticos rivales. En fin, el panorama de violencia crea un clima de inseguridad difusa, de baja magnitud pero extremamente poderosa y constante, que hace que la sensación de falta de seguridad se extienda por toda la sociedad: no solo entre quienes la padecen, que son casi siempre los pobres, sino también entre la clase media, que rara vez sufre la violencia en carne propia, pero que se escandaliza cuando la ve retratada en la televisión.</p>
	<p>Pues bien, en ese clima de opinión, Brasil votó en el referendum. Y pásmense: casi un 64% votó contra la prohibición, por lo tanto a favor de que el comercio de armas continúe siendo legal. El voto ‘no’ venció en todos los estados de este país federal, y solo en la región Nordeste el resultado fue más o menos igualado. En el resto del país, el ‘no’ ganó por goleada, incluso en lugares tan civilizados como Rio Grande do Sul, sede del Forum Social Mundial, donde el voto ‘no’ obtuvo más del 86% de apoyo.</p>
	<p>Si alguien piensa que se trata de un reflejo del lejano oeste, seguramente se equivoca: el voto contrario a la prohibición obtuvo los mayores índices de adhesión entre la clase alta y media, en las regiones más desarrolladas, entre los más jóvenes y, sobre todo, entre las personas con más escolaridad. En conclusión: la quiebra del Estado, como resultado de más de una década de política neoliberal y de la dejación de sus funciones de carácter social, ahora es un hecho sancionado por la sociedad. Quien puede pagar una arma legalizada (al precio de unos €1.100, en un país donde el salario mínimo es de €110 y la media salarial es €220), prefiere defenderse a sí mismo antes que dejar esa función en manos del Estado; y quien no puede pagar, en muchos casos tampoco quiere renunciar a lo que, eufemísticamente, se denomina “autodefensa” &mdash;legalizada, o no.</p>
	<p>Quien definió el Estado moderno como detentor del monopolio de la violencia, ¿cómo definiría Brasil? Lo dicho, Brasil es una <em>terra semper incognita</em>, salvo mejor opinión en contrario.</p>
	<p>Pero no todo fue referendum durante la semana pasada: llamaron mi atención otros dos hechos curiosos, que me gustaría compartir con los lectores.</p>
	<p>El primero: el jueves, día 20, la Cámara Municipal de Foz do Iguaçu aprobó el cambio de grafía del municipio, que a partir de ahora pasará a llamarse <em>Foz do <strong>Iguassu</strong></em>. El motivo podría ser resumido en una sola palabra: Google. Y es que, en un municipio que vive del turismo y en una época en que Internet es una herramienta fundamental de acceso a la información, no hay cabida para grafías peculiares, poco comunes en el ámbito internacional y, sobre todo, no anglosajonas. Y es que, hoy en día, los imperios ya no navegan en naos, pero siguen navegando.</p>
	<p>Paradójicamente, desde hace unos meses es posible introducir en las direcciones de Internet símbolos gráficos antes no aceptados (p.ej., vocales acentuadas, <em>ç</em> o incluso <em>ñ</em>). Esperpénticamente, la Academia de Letras de la región se opuso radicalmente, por considerar que con esta medida se atenta contra la lengua portuguesa. Irónicamente, nadie parece haberse acordado de que Iguassu no es palabra anglosajona, ni portuguesa, sino guaraní, por lo que los argumentos deberían pasar por la historia de esta palabra y el modo de representación gráfica más coherente en la lengua original. En fin, el guaraní sigue siendo tratado como una lengua subsidiaria, cuya grafía se hizo depender primeramente de la del portugués, ahora de la del inglés. Sobredosis de colonización.</p>
	<p>Por cierto, no estaría de más que las autoridades de la lengua española hiciesen una reflexión sobre este asunto, pues en el guaraní paraguayo se produce la misma subordinación gráfica al español que la aquí criticada respecto al portugués.</p>
	<p>La última. El sábado, en la víspera de la elección, el presidente Lula presidió la entrega de diplomas, en Rio de Janeiro, a los alumnos de los cursos de <strong>alfabetización para adultos</strong>. El presidente obrero llegó en helicóptero, mientras una voz en <em>off</em>, a modo de locutor deportivo, proclamaba, “Brasil!!! Brasil!!!” para mayor euforia de los presentes. Y aun hay quien defiende que la educación es una arma cargada de futuro&#8230; La educación siempre ha sido y sigue siendo conservadora, en su misma esencia, que es la de la inculturación: ello no impide la existencia de núcleos de educación alternativa, pero en términos generales y como factor social, la educación es un instrumento de dominación.</p>
	<p>Es más, según el presidente Lula, aquello no fue solamente una ceremonia cívica, sino que poseía un profundo sentido religioso: cualquier ateo que allí estuviese, se convencería de la existencia de Dios, pues solo la fe en Dios lleva a las personas a superar sus límites. Lula dixit.</p>
	<p>Por mi parte, continúo a la espera de pruebas más convincentes. Saludos desde Salvador, Bahía, Brasil!!!</p>]]></content>
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		<author>
			<name>Xoán Carlos Lagares</name>
		</author>
		<published>2005-09-21T07:20:00Z</published>
		<updated>2006-03-30T10:25:46Z</updated>
		<title type="html">¿Y ahora qué, Lula?</title>
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		<category term="Políticas nacionales" />
		<category term="Critica-social" />
		<content type="html"><![CDATA[<p><cite>Xoán Carlos Lagares</cite></p>
	<p>Pocos días después de que el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) fuese elegido presidente, en 2002, ya circulaban por Río de Janeiro pegatinas que, imitando las que habían sido usadas en la campaña electoral, transformaban el esperanzado lema &#8220;Agora é Lula&#8221;, en un preocupado y expectante &#8220;E agora, Lula?&#8221;. Esa contraversión expresaba las dificultades que un gobierno de izquierda debería enfrentar para implementar una política realmente transformadora, en uno de los países con peor distribución de renta del mundo.</p>
	<p>La llegada al poder del &#8220;retirante&#8221; nordestino, del antiguo obrero metalúrgico, mordido por el hambre, mutilado por la fábrica (que le arrancó un dedo de la mano) y preso por la dictadura militar, fue posible sólo después de cuatro intentos y tras un ostentoso encuadramiento del candidato en una imagem &#8220;presidenciable&#8221;, construída por la propaganda electoral. Sin embargo, más que el traje Armani, la barba recortada o el discurso conciliador y amigable, lo que causaba auténtica desconfianza era ver al candidato del PT saliendo triunfante de un acto de campaña en la Bolsa de São Paulo, con grupos de sonrientes inversores aparentemente satisfechos con lo que acababan de oír. Al final, ¿a quién iba dirigida realmente la campaña? En aquel episodio, resaltado por los periódicos, se escenificaba el permiso del capital financiero para la alternancia de poder. El compromiso del entonces candidato para &#8220;tranquilizar al mercado&#8221; imponía el pago de la impagable deuda pública y la aceptación de las directrices económicas del FMI. Precisamente aquellas que exigen a Brasil lo que no se exige a ningún país del llamado Primer Mundo, un control del gasto público que impide realizar las más básicas políticas sociales, con desvíos millonarios de recursos para pagar los intereses de la deuda. Era el compromiso con una política económica &#8220;responsable&#8221;, aunque (léase literalmente) criminal. </p>
	<p>Al final, la alternancia fue relativa, y el ejercicio del poder exigió también, dado que el PT no consiguió mayoría en el Congreso, establecer alianzas con partidos conservadores, algunos de ellos ya con amplia experiencia de gobierno. En los últimos meses se desveló el procedimiento empleado para establecer esas alianzas: financiación ilegal de campaña, con reparto de dinero a los partidos aliados a través de una &#8220;caja dos&#8221;, indicación de puestos ejecutivos para las empresas estatales y, aunque eso nunca fuese realmente demostrado, pago de &#8220;mensalão&#8221; (un sobresueldo) a los diputados que votaban a favor de las iniciativas legislativas del gobierno. En medio a todo eso, procesos poco claros de licitación beneficiando empresas ligadas a ese esquema de financiación electoral. Como esas prácticas no constituyen, por lo visto, ninguna novedad en el sistema político brasileño, tradicionalmente fisiologista y patrimonialista, parece claro que el encuadramiento del gobierno Lula se realizó en términos más amplios de lo que podríamos imaginar en un primer momento. ¿Y ahora qué?</p>
	<p>Ahora nos vemos forzados a asistir a las cínicas manifestaciones moralistas de la derecha, a las sonrisas amarillas de diputados casi vitalicios, que, por primera vez en la oposición, dicen representar al pueblo al mostrarse desilusionados con el PT, como si en algún momento nutriesen, precisamente ellos, alguna ilusión con respecto a un gobierno que pudiera existir sin recurrir a ese tipo de &#8220;políticas&#8221;. Se abre en este momento el peor de los escenarios posibles, con los medios de comunicación hablando de &#8220;venezolización&#8221;, extendiendo a través de sus comentaristas la imagen de un cúpula dirigente estalinista, capaz de hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder. El linchamiento del partido, la amenaza de &#8220;impeachment&#8221; a Lula, o el simple desgaste continuado de su imagen hasta las elecciones presidenciales de 2006, parece ser el camino encontrado por las fuerzas más conservadoras para conjurar la simple hipótesis de un auténtico gobierno de izquierda en el futuro.</p>
	<p>Cuando fue elegido presidente, Lula declaró ser consciente de que estaba delante de una oportunidad histórica, de que su eventual fracaso en el gobierno podría hacer más difícil cualquier posibilidad de transformación. Las élites económicas brasileñas, que supieron sobreponerse al fin del esclavismo manteniendo hasta hoy el trabajo esclavo (léase literalmente), son capaces de atravesar las más diversas situaciones sin ver peligrar sus privilegios, beneficiándose en todo momento de una estructura social radicalmente injusta. La cuestión ahora es la siguiente: ¿pasarán también impunemente por el gobierno de un partido de izquierda? Aunque pueda parecer paradójico, sospecho que eso no depende totamente del gobierno.</p>
	<p>La democracia representativa es claramente mejorable, con una reforma política que, por lo menos, regule la financiación pública de las campañas y fortalezca los partidos, reduciendo el poder de chantaje de los arrivistas, pero sólo la radicalización democrática, la democracia directa con la participación activa de los movimientos sociales y de los ciudadanos, puede provocar los cambios necesarios. Ahora sólo falta que el PT y Lula crean realmente en ese camino, reencontrándose con su propia historia.</p>
	<p>(Publicado originalmente en gallego (o portugués) em vieiros.com, el 18/08/05)</p>]]></content>
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