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La guillotina-piano por Josep Izquierdo

La Factoría de Ultramarinos Imperiales ofrecerá a sus clientes, a través de la guillotina-piano —su dispositivo más acomodaticio—, un sinfín de discusiones vehementes sobre el arte y la cultura, y nada más. Josep Izquierdo es recargador de sentidos, contribuyente neto al imperio simbólico que define lo humano. Y si escribe, escritor.

Duchamp y el violinista en el metro

“¿Puede trascender la belleza en un contexto banal y en un momento inadecuado?” Se pregunta superfluamente Gene Weingarten en el Washington Post, y decide poner en práctica la prueba del nueve ante una supuesta división de opiniones: Joshua Bell y su Stradivarius actúa de incógnito en L’Enfant Plaza Station, Washington DC, con resultados descorazonadores para quienes creyesen platónicamente que la belleza, como la bondad, se difunde por ella misma. El autor del experimento y del reportaje concluye, moldeando un apriorismo kantiano a martillazos, que la capacidad de apreciación estética depende del contexto, quod erat demostrandum.

“¿Y esto qué prueba o refuta?” Clama un empleado federal en un post, quejoso de sus múltiples ocupaciones laborales y familiares que le impiden tener siquiera un momento para detenerse durante sus trayectos diarios. “¿Soy un ignorante, por ello? Disculpe, pero su artículo me parece bastante banal en el planteamiento y la ejecución”. Y el periodista responde: “No pretendía criticarle a usted personalmente. Espere, quizás sí quería”. ¿Qué quería? ¿Avergonzar a quien no acompañan ni el tiempo ni las circunstancias, ni las habilidades necesarias para distinguir a Bell del violinista en el tejado?

Esperen un momento: ¿el experimento pretendía establecer las condiciones de recepción de la obra artística o poner en cuestión la capacidad de un público plebeyo para obviar las circunstancias de su percepción? “Más plebeya que la mayoría”, así es definida L’Enfant Plaza Station en el WP. ¿Será una cuestión de clase social? Un cierto determinismo económico subyace incluso en la excepción: hubo un cultural hero (sic, en el reportaje): un transeúnte se detuvo nueve minutos para escuchar a Joshua Bell, el único que, al parecer, no tenía las prioridades erróneas. Un auténtico creyente en el Arte entre una legión de infieles. Aunque el hecho que fuese instruido de joven en la buena nueva violinística parece no restarle mérito a oídos del reportero, ni que su trabajo como supervisor del servicio postal le sitúe en una clase media acomodada.

Marcel Duchamp sometió la percepción de la obra artística a una extrema tensión hace noventa años, enviando bajo pseudónimo un urinario al consejo de la Sociedad de Artistas Independientes, del que formaba parte, y que preparaba una exposición en la que supuestamente podría participar cualquier artista pues no había ni jurado ni premios. La Fuente fue rechazada. Lo verdaderamente relevante, artístico de hecho, del experimento duchampiano fue su cuestionamiento del objeto y la defensa de la voluntad y las circunstancias artísticas. Años después declararía: “les lancé un urinario a la cara y ahora lo admiran por su belleza estética”, y confesó haber fantaseado con un ready-made recíproco: utilizar un Rembrandt como tabla de planchar. Su objetivo era abolir el monoteísmo artístico mediante la denuncia de las limitaciones, conscientes o inconscientes, de los artistas, no las de un público al fin y al cabo cautivo y desarmado, sin habilidad para identificar a Bach o Miguel Ángel.

El experimento del Washington Post no ha sido una exploración de los límites de la percepción artística: nadie ha planchado un Rembrandt. Y no hubiese sido lo mismo que lo hiciese Duchamp o quien le planchara las camisas: no hacía falta lanzar margaritas a los empleados federales para saber que las pisarían. Pero les propongo un auténtico ready-made musical. Que Bell queme su Stradivarius en escena para poder así escuchar los irrepetibles sonidos que emitirá tan maravilloso instrumento en tan maravillosa ocasión, y las reacciones de su nada plebeyo público a doscientos dólares la butaca.

20 de abril de 2007

Comentarios

  1. Cayetano
    2007-04-19 09:58

    Lo del violinista en el metro, o en el tejado, me parece una solemne estupidez. Esto, claro hay que argumentarlo, pero no me da la real gana. El texto de Josep Izquierdo es al menos elegante. Pero el fondo de la cuestión siempre queda relegado a un oportuno silencio. Ya he tratado estos temas en otras ocasiones (no en el metro, pero si en usenet que es casi un contexto parecido), pero toca frase lapidaria:

    Hay que quemar todos los museos con todos los artistas dentro. Solo el olor de la carne quemada nos salvará de eso que llaman Arte. Los ritos religiosos actuales han sustituido el chamuscar carne de artista por quemar incienso y hierbas aromáticas, antes usaban (por ejemplo corderos y ovejas). Un momento … no, siguen quemando ovejas que ahoran utilizan el metro.

    ¿Desarrollo de la sensibilidad estética? Pues no, mejor o(b)ejitas balando al unísono: ¡Que bello, que hermoso es todo esto!

  2. Marcos
    2007-04-19 10:07

    Perdón: este artículo debía NO aparecer hasta mañana, en que se estrena la sección… de hecho, hay problemas técnicos (no se ve la imagen de cabecera, etc)... mañana tempranito estará accesible desde la principal y será anunciado convenientemente.

    Saludos.

  3. Cayetano
    2007-04-19 10:12

    Pues nada, si hace falta haces desaperecer los comentario y el artículo (o viceversa) ;)

  4. Ana Lorenzo
    2007-04-25 11:23

    Supongo que en este experimento influyen cosas como las prisas, la acústica del metro (lleno de otros ruidos y normalmente no diseñado para que la música sobresalga por encima de ellos)... y los prejuicios. Yo, algún día en que regresaba del trabajo y no tenía prisa, sí que me he parado a escuchar a un grupo latino que tocaba flauta y percusión estilo andino; cuestión de gustos, claro.
    Hay un cuentito en el que un maharajá ofrece unos frutos a la puerta de su palacio y pone que son gratuitos. Nadie coge. Animado por su sabio consejero, los pone en una ostentosa bandeja de oro y pide por cada fruto un precio desorbitado. Esa misma tarde no queda ninguno, y la bandeja está llena de dinero. Según el sabio, la gente sólo da valor a lo que le cuesta conseguir. ;-)

    Un saludo.

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